jueves, agosto 27, 2026
Publicidad

Snow

Inicio Snow

Isidora Assler y Club Freeride Chile: La montaña enseña primero

0

Después de abrirse camino como una de las referentes del snowboard freeride chileno, Isidora Assler decidió asumir el desafío de formar a las próximas generaciones e impulsar una manera de entender la montaña.

En el freeride no existen puertas, trazados ni recorridos obligatorios. Cada descenso comienza mucho antes del primer giro, cuando el deportista observa la montaña, interpreta las condiciones del terreno y decide cuál será su propia línea. Esa capacidad de leer el paisaje, conocerse a sí mismo y asumir las consecuencias de cada decisión es, para Isidora Assler, la verdadera esencia de un deporte que ha crecido con fuerza durante la última década en Chile.

Assler conoce bien ese camino. Ha sido tricampeona sudamericana de snowboard freeride, representó al país en el circuito internacional y, en 2026, consiguió el mejor resultado histórico de una chilena en un Mundial FIS de Freeride, al finalizar séptima en Andorra. Sin embargo, mientras su carrera deportiva sigue creciendo, comenzó a mirar hacia otro desafío que tiene que ver con acompañar a quienes recién están descubriendo la montaña.

«La montaña siempre reflejará lo que somos y lo que tenemos que trabajar».

Esa inquietud está presente en Club Freeride Chile, un proyecto que hoy lidera y que busca formar niños y jóvenes en una disciplina donde el rendimiento nunca puede estar por encima del criterio y que, como explica, “nace con la necesidad de poder acompañar a los niños en sus procesos de crecimiento como atletas enfocados mayoritariamente en la disciplina del freeride”. 

La deportista profundiza que “es un deporte que requiere mucha educación por la importante toma de decisiones que involucra elegir por dónde bajar una montaña, siendo que no existe una pista demarcada como en otras disciplinas de nieve. Hoy eso cobra todavía más fuerza pensando en los Juegos Olímpicos de 2030, donde el freeride ya fue incorporado como deporte olímpico».

Cuando comenzó a competir, el freeride era prácticamente desconocido en Chile. Las competencias reunían a un puñado de deportistas y la disciplina era vista con cierta distancia por buena parte del mundo de la nieve. En pocos años, ese escenario cambió por completo: «Hace diez años el freeride no era conocido y en las competencias participábamos cuatro personas por categoría», señala. 

«El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo».

“Hoy, en las competencias junior participan más de 10 niños por categoría y cada vez vemos más atletas interesados en iniciarse en esta disciplina. También hemos ido construyendo una cultura distinta. Poco a poco ha dejado de ser visto simplemente como un deporte peligroso. Como cualquier disciplina tiene riesgos, pero esos riesgos se pueden gestionar cuando existe educación», sostiene.

Además, advierte, «todos quieren hacer fuera de pista, todos quieren aprender a randonear, y eso es buenísimo. La pregunta es cuántos realmente conocen los riesgos y están preparados para tomar decisiones desde el conocimiento. He visto muchas personas bajando terrenos complejos sin mochila, sin casco y sin el equipamiento adecuado. Ahí todavía tenemos mucho trabajo por hacer». 

El crecimiento no solo se refleja en el número de practicantes. También aparece en una nueva forma de entender la montaña. Cada vez son más las personas interesadas en salir de las pistas demarcadas, aprender randonnée o explorar nuevos terrenos. Esa expansión entusiasma a Assler, aunque también la obliga a poner el foco en un aspecto que considera urgente.

La montaña no tiene una pista marcada

Para Assler, enseñar freeride implica mucho más que perfeccionar una técnica de descenso. Cada jornada en la montaña comienza antes de deslizarse por la nieve. Primero viene la observación, la lectura del terreno, el análisis de las condiciones y la capacidad de reconocer los propios límites. Solo después aparece el movimiento.

«Enseñar freeride hoy no es una tarea fácil. Es una disciplina que combina muchos aspectos, pero el más importante es estar conectado con uno mismo y con el entorno. Que los niños aprendan a observar la montaña, conocer sus capacidades y tomar decisiones acordes a ellas es clave. Para algunos será saltar una roca más grande; para otros, bajar una línea más técnica. Cada atleta tiene su estrategia y es importante que aprenda a conocerse para sacar el máximo provecho al terreno», relata.

«Espero que competir siga siendo secundario y nunca perdamos la esencia de practicar este deporte porque nos encanta»

Ese aprendizaje tampoco ocurre de manera individual. En una disciplina donde muchas decisiones se toman lejos de un centro de esquí y en terrenos donde las condiciones cambian constantemente, comprender el valor del grupo forma parte de la formación desde el primer día. Saber esperar, comunicar una decisión o reconocer cuándo es mejor detenerse son habilidades tan importantes como elegir una línea o ejecutar un descenso. 

La confianza entre quienes comparten la montaña no aparece de manera espontánea: se construye con el tiempo, la experiencia y el cuidado mutuo. «El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo y desde entender que las personas que me acompañan en la montaña cuidan de mí y yo cuido de ellas en todo momento», destaca.

Esa relación también se fortalece a través de gestos que muchas veces pasan inadvertidos. Mantenerse atento al compañero cuando hace una bajada, compartir la lectura del terreno, observar cómo resuelve una situación compleja o celebrar el logro de otro son prácticas cotidianas que ayudan a construir una cultura donde el progreso individual nunca está por encima del bienestar del grupo.

Para Assler, esa dimensión humana es tan importante como cualquier maniobra técnica: «Queremos que los niños celebren a sus amigos cuando llegan a la meta después de competir. También buscamos que sean humildes. En el deporte hay que tener cuidado con decirles que son los mejores. Es mucho más importante que entiendan que siempre hay algo por aprender y que esa actitud los ayudará a seguir creciendo». 

En ese sentido, la montaña se convierte en algo más que un escenario para practicar deporte. Cada salida representa una oportunidad para aprender a confiar en otros, asumir responsabilidades y comprender que las mejores decisiones no siempre son las más espectaculares. En el freeride, formar buenos compañeros resulta tan importante como formar buenos deportistas.

Club de Ski La Leonera: un lugar donde la montaña se enseña en familia

0

Hace tres años, Benjamín Carvallo junto a Ignacia Valdés, decidió crear un club de esquí que siguiera un camino distinto al que él mismo había recorrido como competidor y entrenador. Hoy, La Leonera reúne a decenas de familias en torno a la idea de que la montaña puede ser una escuela donde el aprendizaje va mucho más allá de la técnica.

Hay una escena que se repite cada fin de semana en La Leonera, club de ski con base en El Colorado. Mientras algunos niños terminan un descenso, otros esperan su turno conversando, jugando con la nieve o mirando cómo sus amigos enfrentan un nuevo desafío. Acá no hay apuro por llegar primero ni una presión constante por el resultado. Lo que ocurre en la pista es apenas una parte de la experiencia. Lo importante sucede antes y después, cuando se ayudan a ponerse los esquís, celebran los avances del compañero o vuelven a subir para intentarlo una vez más.

Esa fue precisamente la idea que llevó a Benjamín Carvallo a crear el Club de Ski La Leonera en 2024. Después de años como corredor, entrenador y formador de deportistas, sintió que existía espacio para un proyecto donde la competencia no fuera el eje principal.  Fundado en conjunto con familias de Farellones, se ha ido consolidando como un espacio donde la montaña deja de ser solo un escenario para practicar esquí y se transforma en un lugar para aprender, compartir y fortalecer los lazos entre quienes la habitan.

«Lo más importante para nosotros es pasarlo bien y trabajar los valores».

Terra que «veía que no había muchos clubes que incentivaran el desarrollo sin enfocarse en competir. Al mismo tiempo, el freestyle y el freeride estaban creciendo mucho. También veía que a mi hijo, que hoy tiene seis años, no le interesaba tanto competir; le gustaba estar con sus amigos. Ahí entendí que quería crear primero un grupo de personas que disfrutara la montaña y, desde ahí, construir un club».

Ese origen sigue definiendo la identidad de La Leonera. Más que una escuela de esquí, funciona como una comunidad donde entrenadores, familias y niños comparten una misma manera de entender la montaña. «Somos un proyecto muy familiar. Mi pareja también es entrenadora, mi hermana también, nuestros hijos esquían juntos y muchos de quienes participan son vecinos de Farellones y El Colorado. Eso le da una mística mucho más cercana. Al final somos una comunidad que se encuentra en la montaña porque le gusta estar ahí». sostiene. 

Para Carvallo, la formación deportiva comienza mucho antes de aprender una técnica. Empieza cuando un niño descubre el entorno donde se mueve, entiende cómo funciona la montaña y desarrolla confianza en sus propias capacidades: «Es muy importante partir desde chicos. Cada etapa tiene desafíos distintos y no se pueden saltar. Primero aparece la coordinación, después otras habilidades. Todo tiene su tiempo y lo importante es acompañar ese proceso».

Benja con sus hijos Kai y Maki (foto Emilio García de la Huerta)

Por eso las clases rara vez giran en torno al resultado. La progresión se construye a partir de pequeños desafíos que mantienen viva la motivación. Como relata Carvallo, “lo más importante para nosotros es pasarlo bien y trabajar los valores. Vamos proponiendo pequeños desafíos para que los niños sientan que avanzan paso a paso. Obviamente aparece la frustración, pero también aparece la satisfacción de ir logrando cosas. Lo importante es que siempre quieran volver a intentarlo».

Un aprendizaje que no cesa

La Leonera dedica buena parte de su trabajo a enseñar seguridad, autonomía y convivencia. «Estamos educando todo el tiempo. En cómo se relacionan entre ellos, cómo tratan a los entrenadores, cómo se comportan con las personas del centro de esquí. Siempre hablamos de humildad, de ponerse contento cuando al compañero le resulta algo. Finalmente queremos formar niños autónomos, que en unos años más puedan esquiar solos en la montaña tomando buenas decisiones», explica Benjamín Carvallo. 

Las familias cumplen un papel igual de importante. Para él, ningún proyecto de formación funciona si los adultos no participan del mismo espíritu que se busca transmitir a los niños. «Las familias son clave. Tenemos que generar ambientes positivos, donde todos hablen bien del club, de los entrenadores, del centro de esquí y del deporte. Los papás tienen que tener paciencia. Hay que ponerse muchas capas de ropa, preparar equipos, esperar, acompañar. Todo eso también forma parte del aprendizaje».

«Finalmente queremos formar niños autónomos, que en unos años más puedan esquiar solos en la montaña tomando buenas decisiones».

En los últimos años, el acceso al esquí ha comenzado a cambiar. La gratuidad de los andariveles para menores de cierta edad en algunos centros y una mayor oferta de equipamiento han reducido parte de las barreras de entrada. Benjamín observa ese proceso con optimismo, aunque cree que todavía queda mucho por hacer: «El esquí es un deporte profundamente familiar. Yo puedo esquiar con mi mamá, con mis hijos y con mis sobrinos al mismo tiempo. Eso no pasa en muchas disciplinas. Mientras más familias puedan acercarse a la nieve, más fuerte será la cultura de montaña». 

Sin embargo, el desafío no termina en la pista. El calentamiento global, temporadas cada vez más cortas y la necesidad de mantener viva la actividad durante todo el año obligan a pensar el esquí desde una perspectiva más amplia. También plantea la necesidad de fortalecer los pueblos de montaña y facilitar el acceso para quienes viven cerca de los centros invernales. 

«En Europa los niños de los pueblos eran los primeros en esquiar y terminaban siendo los mejores embajadores de su territorio. En Chile también podríamos potenciar mucho más lugares como Farellones, Las Trancas o Villarrica. Tenemos una cordillera increíble y una oportunidad enorme para acercar la montaña a más personas», explica. 

«El esquí es un deporte profundamente transversal y familiar. Distintas generaciones se encuentran practicando el mismo deporte, cosa que no sucede comúnmente en otros».

Más que formar campeones, La Leonera busca formar personas que quieran seguir volviendo a la montaña durante toda la vida. En ese camino, el esquí deja de ser solamente un deporte para transformarse en una herramienta de aprendizaje, convivencia y autonomía. 

Quizás por eso el mayor logro del club no se mide en podios ni en resultados. Se mide en niños que descubren la montaña junto a sus familias y entienden, desde sus primeros descensos, que el verdadero desafío nunca ha sido llegar primero, sino encontrar un lugar al que siempre quieran regresar.