Durante años recorrió la cordillera buscando fotografías, pero con el tiempo descubrió que la imagen siempre llega después. Antes hay que detenerse, observar y aceptar que la montaña tiene sus propios tiempos.

En una época donde las imágenes parecen producirse con la misma rapidez con que desaparecen de una pantalla, el fotógrafo Francisco Boetsch trabaja exactamente al revés. Antes de sacar la cámara, observa. Camina, recorre el terreno y deja que el paisaje revele lentamente aquello que lo hace distinto. Para él, fotografiar una montaña nunca ha sido un acto impulsivo, sino la consecuencia de haber permanecido el tiempo suficiente frente a ella.

«Primero la contemplo. Casi siempre las expediciones son de ida y vuelta por el mismo lugar, así que tengo tiempo para mirarla sin cámara y después decidir cómo fotografiarla. Hay montañas que simplemente llaman más la atención que otras por su forma, sus texturas, los contrastes de luz o el ambiente que las rodea. La fotografía viene después de esa primera conexión», explica.

«Hay montañas que simplemente llaman más la atención que otras por su forma, sus texturas, los contrastes de luz o el ambiente que las rodea. La fotografía viene después de esa primera conexión».

Relata que «al principio miraba por encima. Veía un montón de cerros. Hoy los observo de otra manera. Me fijo en los detalles que les dan identidad: la forma de una arista, las grietas de una roca, cómo el viento dibuja la arena o cómo cambia una ladera según la hora del día. Mientras más conoces la montaña, más única se vuelve».

Su manera de observar el paisaje tampoco ha sido siempre la misma. Con los años, la experiencia fue afinando la mirada y permitiéndole descubrir detalles que antes pasaban inadvertidos. Lo que alguna vez fue una sucesión de cerros terminó convirtiéndose en un territorio lleno de matices, formas e historias. 

Ese aprendizaje también modificó la relación entre el fotógrafo y el tiempo. La montaña rara vez responde a los planes de quien la visita. La luz cambia, aparecen nubes inesperadas y el viento transforma el paisaje en cuestión de minutos. Para Boetsch, parte del oficio consiste precisamente en aceptar que nunca se tiene el control absoluto.

“La mirada es mucho más importante que la cámara que tengas”.

«Hay mucho de paciencia y de intuición. En expediciones largas tienes tiempo para analizar el lugar y esperar la luz, pero en montaña todo puede cambiar en minutos y hay que reaccionar rápido. Muchas veces subes un cerro convencido de que desde arriba tendrás la mejor vista para fotografiar otro, y resulta que apareció una montaña en medio y la vista era mejor desde abajo. Esa incertidumbre también es parte de la montaña», señala.

La incertidumbre es también la razón por la que nunca siente que su trabajo esté terminado. Siempre existe una imagen pendiente, un rincón que todavía no conoce o una luz que aún no logra encontrar. Esa búsqueda permanente es, en parte, lo que sigue alimentando sus expediciones: «Tengo varias fotografías pendientes. Una que llevo hace tiempo en la cabeza es recorrer el valle del Olivares hasta el Gran Salto y fotografiar ese lugar como siempre lo he imaginado. Creo que las mejores fotografías son las que todavía no has hecho».

Cuando la montaña habla

Para Francisco Boetsch la fotografía nunca ha sido el único relato que nace en la cordillera. Las imágenes registran un instante, pero las verdaderas historias aparecen en la relación que cada persona establece con ese territorio. Dos montañistas pueden recorrer el mismo valle y regresar con experiencias completamente distintas.

“Antes recorría la montaña; hoy la vivo”.

«Creo que las historias no las cuenta solamente la montaña, sino también quienes la recorren. Cada persona vive una experiencia distinta y vuelve con un relato diferente. La montaña siempre tiene la última palabra: decide si te deja pasar, si cambia el clima o si simplemente te obliga a volver otro día. De esa relación nacen las historias que terminamos contando cuando regresamos», reflexiona.

Con el paso del tiempo, la cámara también transformó su manera de habitar esos espacios. Si antes el objetivo era avanzar y llegar a una cumbre, hoy muchas veces el viaje transcurre a otro ritmo. La fotografía dejó de ser el motivo principal para salir a la montaña y pasó a convertirse en una consecuencia natural de permanecer atento a lo que ocurre alrededor.

Al respecto comenta que «la fotografía me obligó a bajar el ritmo. Antes recorría la montaña; hoy la vivo. Me detengo más, observo más y disfruto mucho más el tiempo que paso allá arriba. Al final, la fotografía dejó de ser el objetivo principal y pasó a ser una consecuencia de estar presente en ese lugar».

“La fotografía viene después de esa primera conexión con la montaña”.

Esa permanencia también le ha permitido observar cambios que a simple vista parecen imperceptibles. Después de años recorriendo los mismos lugares, ha visto cómo los glaciares retroceden, los ríos modifican su curso y algunos paisajes cambian lentamente. En ese contexto, la fotografía adquiere un valor que trasciende lo estético y se transforma en un registro del paso del tiempo.

Resalta que se trata de ser “testigo del paso del tiempo. Lo más evidente son los glaciares y los ríos. Tengo fotografías de hace diez años donde el glaciar del Plomo ocupaba una superficie enorme y hoy esa diferencia es evidente. Las montañas parecen inmóviles, pero tienen una piel que cambia constantemente. La fotografía termina siendo un registro de esas transformaciones».

Aunque sus imágenes suelen destacar por la inmensidad del paisaje, Boetsch asegura que nunca busca impresionar únicamente por la espectacularidad del escenario. Su interés está puesto en provocar una conexión con quien observa la fotografía, ya sea despertando la curiosidad por conocer ese lugar o trayendo de vuelta un recuerdo.

«Al final, la fotografía dejó de ser el objetivo principal y pasó a ser una consecuencia de estar presente en ese lugar».

«Busco dos cosas. Primero, despertar la curiosidad de conocer ese lugar, o al menos descubrir que existe. Y segundo, que quienes ya estuvieron ahí puedan volver por un momento. Si una fotografía logra hacerte imaginar el frío, el silencio o el viento de ese lugar, siento que cumplió su propósito», sostiene.

La fotografía outdoor ha experimentado un crecimiento importante en Chile durante la última década. La tecnología ha facilitado el acceso a equipos cada vez más livianos y de mejor calidad, mientras una nueva generación de fotógrafos ha encontrado en la cordillera un espacio para desarrollar una mirada propia. Boetsch valora esa evolución, aunque insiste en que el verdadero desafío nunca ha dependido del equipo.

«Primero hay que descubrir qué es lo que realmente te gusta fotografiar. Cuando encuentras ese tema, todo empieza a tener más sentido y es mucho más fácil perseverar. Es muy difícil intentar fotografiar de todo. En cambio, cuando profundizas en un solo tema, empiezas a desarrollar una mirada propia. Y esa mirada es mucho más importante que la cámara que tengas», concluye.

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