Después de más de tres décadas formando esquiadores y snowboarders, la Escuela de Ski y Snowboard de La Parva ha visto cambiar la tecnología, los equipos y las disciplinas. Sin embargo, su mayor desafío sigue siendo el mismo: enseñar a disfrutar la montaña con seguridad y formar personas que quieran volver a ella.
Hay quienes recuerdan haber aprendido a esquiar sujetándose de una cuerda mientras un instructor intentaba mantener el equilibrio de todo un grupo. Hoy esa imagen pertenece al pasado. Las cintas transportadoras reemplazaron los antiguos sistemas de arrastre, los equipos son más livianos y estables, y la comunicación entre profesores y alumnos se apoya en celulares e intercomunicadores. La experiencia cambió, pero la esencia de la enseñanza sigue siendo la misma.
Durante más de 30 años, la Escuela de Ski y Snowboard de La Parva ha acompañado esa evolución desde la primera línea. Ha visto pasar generaciones completas de familias que vuelven invierno tras invierno y que, muchas veces, llegan con la expectativa de continuar una tradición iniciada por padres o abuelos. Esa continuidad ha convertido a la escuela en uno de los espacios formativos más emblemáticos de la cordillera central.

José González, encargado de Marketing de La Parva y con más de tres décadas vinculado a la escuela sostiene que «la forma de enseñar no ha cambiado tanto. Lo que sí cambió fue todo lo que nos ayuda a enseñar mejor. Los equipos son cada vez más modernos y facilitan el aprendizaje.
“Antes trabajábamos con una cuerda; después llegaron unas manillas que tampoco eran ideales. Hoy contamos con un Magic Carpet que hace todo mucho más cómodo para los alumnos y los instructores.También la tecnología nos permite complementar la experiencia, aunque la técnica sigue siendo prácticamente la misma», explica.
La evolución de la enseñanza no pasa únicamente por la infraestructura. También responde a una comprensión más amplia de lo que necesita cada persona cuando llega por primera vez a la nieve. Niños, adolescentes y adultos enfrentan desafíos distintos y requieren metodologías adaptadas a sus propios ritmos de aprendizaje.
Enseñar mucho más que una técnica
En La Parva, los más pequeños comienzan su proceso en la Mini Escuela, un espacio diseñado para que el juego y la confianza sean parte del aprendizaje. Los adultos, en cambio, encuentran programas privados y colectivos que responden a objetivos diferentes, pero con una misma prioridad.

«La seguridad es lo primero. Queremos que cada alumno aprenda de manera segura, que lo pase bien y que se vaya con la mejor experiencia posible de nuestra escuela», afirma José González. Este principio también determina la progresión técnica. Antes de pensar en giros más rápidos o pendientes más exigentes, cada alumno debe desenvolverse en un terreno acorde con su nivel. La idea no es acelerar el aprendizaje, sino construir confianza paso a paso para que el dominio de la montaña llegue de forma natural.
La propia evolución del ski y el snowboard también ha transformado el trabajo de los instructores. Si hace algunos años la mayor parte de las clases se concentraban en el ski alpino, hoy las solicitudes incluyen disciplinas como freeride, freestyle, telemark, randonnée o splitboard. La enseñanza se diversificó junto con los intereses de quienes llegan a la montaña.
«Hoy muchas personas buscan aprender fuera de pista o desarrollar nuevas habilidades. Por eso hemos ampliado nuestra oferta y nuestros instructores deben mantenerse permanentemente capacitados. Enseñar ski implica una gran responsabilidad técnica y de seguridad, por lo que la formación continua es fundamental», destaca.

Pero más allá de la técnica, José González cree que la montaña entrega aprendizajes que permanecen mucho después de terminar una temporada. La planificación, el respeto por el entorno y el compañerismo aparecen de manera natural cuando se comparte un espacio donde las decisiones tienen consecuencias.
Plantea que «la montaña enseña rigurosidad y compañerismo. En media y alta montaña nunca es recomendable estar solo. Cada decisión debe planificarse con respeto por el entorno, porque de eso depende nuestra seguridad y la de quienes nos acompañan.
Paradójicamente, el principal desafío de la enseñanza ya no está sobre la nieve. Para González, hoy las escuelas compiten con un escenario completamente distinto: el tiempo que niños y jóvenes dedican a las pantallas.

Concluye que «nuestro gran desafío es ofrecerles una manera diferente de relacionarse con el medio ambiente y con el deporte. Queremos que descubran que la montaña también puede convertirse en un lugar donde aprender, compartir y disfrutar».
Mientras imagina una escuela con más instructores, nuevas sedes y herramientas tecnológicas que faciliten el aprendizaje, González cree que el verdadero crecimiento no dependerá únicamente de la infraestructura.
El futuro también estará marcado por la capacidad de acercar la montaña a personas que nunca antes pensaron que ese espacio podía pertenecerles. Porque aprender a esquiar no consiste solamente en dominar una técnica. También significa descubrir una forma distinta de habitar la cordillera y regresar a ella, temporada tras temporada.






