jueves, agosto 27, 2026
Publicidad

Revista HD

Inicio Revista HD

Expedición en la Cordillera Blanca Perú: la montaña, sin apuros

0

La Cordillera Blanca reunió a Galo Viguera y Chopo Díaz en una expedición de esquí que nació casi por casualidad. Pero el verdadero viaje ocurrió en otra parte. Después de décadas recorriendo montañas, ambos descubrieron que la exploración ya no se mide por la cumbre alcanzada, sino por la manera en que se habita el camino.

La montaña enseña a medir el tiempo de otra forma. No por horas ni kilómetros, sino por amaneceres, cambios de nieve, conversaciones en un refugio o largas aproximaciones donde el silencio termina ocupando más espacio que las palabras. Galo Vigueras y Chopo Díaz, los esquiadores nacionales protagonistas de esta historia, conocen esa sensación desde hace años. 

Después de haber dejado su huella escalando, esquiando y recorriendo cordilleras dentro y fuera de Chile, la expedición que realizaron a la Cordillera Blanca, en Perú, terminó por dejarles una enseñanza distinta. No fue el descenso de una línea ni la altura de una cumbre lo que marcó el viaje, sino la tranquilidad de entender que la montaña ya no les exige demostrar nada.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

La idea apareció de la forma más simple. Galo preparaba una expedición a China junto a un amigo para esquiar un siete mil, pero el proyecto se canceló de un día para otro. Al mismo tiempo, hacía tiempo que con el Chopo venían hablando de compartir una salida de esquí. 

Galo Viguera relata que «de manera natural y espontánea, conversando durante el verano, apareció la idea de ir a la Cordillera Blanca. Para el Chopo era volver; para mí era la primera vez». No hubo grandes planes ni una obsesión por encontrar la montaña perfecta. Hubo disponibilidad para cambiar el rumbo y ganas de compartir un viaje que llevaban tiempo postergando.

Cuando hablan de la Cordillera Blanca, ambos lo hacen con la fascinación de quien encuentra un paisaje familiar y completamente nuevo al mismo tiempo. «Es parte de la Cordillera de los Andes, pero se siente muy distinta a las montañas que estamos acostumbrados a recorrer en Chile. Es un lugar salvaje, remoto, con aproximaciones largas, mucha cultura de montaña y una concentración alta de cumbres sobre los seis mil metros», explican.  

Su ubicación, cerca de la línea del Ecuador, transforma por completo el paisaje. «La humedad, la radiación solar y la altitud generan una dinámica glaciar muy particular. La vegetación llega mucho más arriba que en otras cordilleras y sobre esa línea aparecen glaciares muy cargados, con formaciones de nieve y hielo que a veces parecen hongos o estructuras colgantes esculpidas por el viento y la humedad. A ratos nos recordó más a algunas montañas de Nepal que a la cordillera central de Chile», analizan. 

Una belleza que impone sus reglas

Ninguno de los dos habla de conquistar montañas ni de desafiar límites. Hablan, más bien, de respeto. «Son años haciendo deporte, moviéndose en la montaña y viviendo un poco esta vida lo que te va preparando para objetivos así. El miedo siempre está. La clave es saber manejarlo, tomar buenas decisiones y entender que en este tipo de viajes no se trata solo de llegar arriba o esquiar una línea, sino de volver bien a casa «. La experiencia, dicen, no elimina el riesgo. Solo ayuda a reconocerlo antes.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

Ese criterio apareció cuando la expedición cambió de rumbo. Después de esquiar el Quitaraju, el siguiente objetivo era el Artesonraju. Sin embargo, tres aspirantes a guía de montaña fallecieron en esa montaña mientras realizaban una salida de la escuela de guías de Perú. La búsqueda movilizó a buena parte de la comunidad local. «Cuando pasó eso cambiamos los planes de inmediato. La verdad es que no tuvimos que hablarlo mucho. Era lo correcto», relatan. La decisión fue inmediata y silenciosa. No respondía a una estrategia deportiva, sino al respeto por quienes viven y trabajan en esas montañas.

Durante casi cinco semanas alternaron jornadas de cuatro a seis días en altura con breves descensos para descansar, comer y recuperar fuerzas antes de volver a cargar las mochilas. En ese ritmo repetitivo entendieron que una expedición larga depende tanto de la técnica como de la convivencia. 

Explican que «lo más importante fue el compromiso entre ambos, la disciplina y también el hecho de ser buenos amigos. Eso ayuda mucho porque hay confianza, comunicación y una forma parecida de mirar la montaña. Al final no se trata solo de saber esquiar o escalar, sino de funcionar bien como equipo durante muchos días seguidos». Esa complicidad terminó siendo una herramienta tan importante como los esquís o los crampones.

El viaje también les permitió observar una cultura de montaña profundamente arraigada. «Nuestros hermanos peruanos nos llevan años de ventaja en varios aspectos del desarrollo de montaña: los refugios, su funcionamiento, la forma de operar y el respeto por la profesión de los guías y arrieros. Todo eso funciona muy bien y se nota». 

«Hoy estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero con la misma motivación».

A esa admiración suman la hospitalidad de las personas que encontraron en el camino y una gastronomía que recuerdan con entusiasmo. “Son detalles que rara vez aparecen en los relatos de expedición, pero que terminan definiendo la experiencia tanto como una jornada sobre los glaciares”, establecen.

Con los años también cambió la manera de entender la exploración. Antes podía asociarse a abrir una ruta o alcanzar una cumbre inédita. Hoy la idea es otra: «Explorar no siempre significa ser el primero en bajar una línea o llegar a un lugar donde nadie ha estado. A veces tiene que ver con mirar una montaña desde otra perspectiva, elegir una línea distinta, moverse con autonomía o simplemente vivir una experiencia nueva en un territorio que no conoces». En una cordillera tan extensa como los Andes, aseguran, todavía queda muchísimo por descubrir. «Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

La conversación inevitablemente vuelve a Chile. Ambos creen que el país reúne condiciones excepcionales para el desarrollo del esquí de montaña, pero sigue enfrentando una barrera que limita ese crecimiento: el acceso. «Tenemos un gran problema con la privatización de las montañas, los ríos, los lagos y muchos sectores de escalada. Mientras eso no se resuelva, el desarrollo del deporte siempre se va a ver frenado. Es una pena, porque Chile podría ser una potencia mundial en deportes de montaña. Tenemos montañas, nieve, volcanes, glaciares y una geografía increíble, pero muchas veces pareciera que preferimos vender los valles antes que cuidarlos y abrirlos de buena manera para que exista una verdadera cultura de montaña».

«Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

Al regresar, no hablaron de récords ni de líneas memorables. Y muy lejos de otras pretensiones, hablan del tiempo compartido, de las decisiones tomadas y de la tranquilidad que entrega la experiencia. «Hoy podemos disfrutar la experiencia y todo lo aprendido en estos años. Sentimos que estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero también con la motivación para seguir enfrentando nuevos desafíos». Seguramente vendrán otras montañas y otros viajes. Pero algo cambió en el camino. Ya no buscan que una cumbre defina la expedición. Prefieren que sea el viaje el que les recuerde por qué siguen volviendo a la montaña.

Isidora Assler y Club Freeride Chile: La montaña enseña primero

0

Después de abrirse camino como una de las referentes del snowboard freeride chileno, Isidora Assler decidió asumir el desafío de formar a las próximas generaciones e impulsar una manera de entender la montaña.

En el freeride no existen puertas, trazados ni recorridos obligatorios. Cada descenso comienza mucho antes del primer giro, cuando el deportista observa la montaña, interpreta las condiciones del terreno y decide cuál será su propia línea. Esa capacidad de leer el paisaje, conocerse a sí mismo y asumir las consecuencias de cada decisión es, para Isidora Assler, la verdadera esencia de un deporte que ha crecido con fuerza durante la última década en Chile.

Assler conoce bien ese camino. Ha sido tricampeona sudamericana de snowboard freeride, representó al país en el circuito internacional y, en 2026, consiguió el mejor resultado histórico de una chilena en un Mundial FIS de Freeride, al finalizar séptima en Andorra. Sin embargo, mientras su carrera deportiva sigue creciendo, comenzó a mirar hacia otro desafío que tiene que ver con acompañar a quienes recién están descubriendo la montaña.

«La montaña siempre reflejará lo que somos y lo que tenemos que trabajar».

Esa inquietud está presente en Club Freeride Chile, un proyecto que hoy lidera y que busca formar niños y jóvenes en una disciplina donde el rendimiento nunca puede estar por encima del criterio y que, como explica, “nace con la necesidad de poder acompañar a los niños en sus procesos de crecimiento como atletas enfocados mayoritariamente en la disciplina del freeride”. 

La deportista profundiza que “es un deporte que requiere mucha educación por la importante toma de decisiones que involucra elegir por dónde bajar una montaña, siendo que no existe una pista demarcada como en otras disciplinas de nieve. Hoy eso cobra todavía más fuerza pensando en los Juegos Olímpicos de 2030, donde el freeride ya fue incorporado como deporte olímpico».

Cuando comenzó a competir, el freeride era prácticamente desconocido en Chile. Las competencias reunían a un puñado de deportistas y la disciplina era vista con cierta distancia por buena parte del mundo de la nieve. En pocos años, ese escenario cambió por completo: «Hace diez años el freeride no era conocido y en las competencias participábamos cuatro personas por categoría», señala. 

«El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo».

“Hoy, en las competencias junior participan más de 10 niños por categoría y cada vez vemos más atletas interesados en iniciarse en esta disciplina. También hemos ido construyendo una cultura distinta. Poco a poco ha dejado de ser visto simplemente como un deporte peligroso. Como cualquier disciplina tiene riesgos, pero esos riesgos se pueden gestionar cuando existe educación», sostiene.

Además, advierte, «todos quieren hacer fuera de pista, todos quieren aprender a randonear, y eso es buenísimo. La pregunta es cuántos realmente conocen los riesgos y están preparados para tomar decisiones desde el conocimiento. He visto muchas personas bajando terrenos complejos sin mochila, sin casco y sin el equipamiento adecuado. Ahí todavía tenemos mucho trabajo por hacer». 

El crecimiento no solo se refleja en el número de practicantes. También aparece en una nueva forma de entender la montaña. Cada vez son más las personas interesadas en salir de las pistas demarcadas, aprender randonnée o explorar nuevos terrenos. Esa expansión entusiasma a Assler, aunque también la obliga a poner el foco en un aspecto que considera urgente.

La montaña no tiene una pista marcada

Para Assler, enseñar freeride implica mucho más que perfeccionar una técnica de descenso. Cada jornada en la montaña comienza antes de deslizarse por la nieve. Primero viene la observación, la lectura del terreno, el análisis de las condiciones y la capacidad de reconocer los propios límites. Solo después aparece el movimiento.

«Enseñar freeride hoy no es una tarea fácil. Es una disciplina que combina muchos aspectos, pero el más importante es estar conectado con uno mismo y con el entorno. Que los niños aprendan a observar la montaña, conocer sus capacidades y tomar decisiones acordes a ellas es clave. Para algunos será saltar una roca más grande; para otros, bajar una línea más técnica. Cada atleta tiene su estrategia y es importante que aprenda a conocerse para sacar el máximo provecho al terreno», relata.

«Espero que competir siga siendo secundario y nunca perdamos la esencia de practicar este deporte porque nos encanta»

Ese aprendizaje tampoco ocurre de manera individual. En una disciplina donde muchas decisiones se toman lejos de un centro de esquí y en terrenos donde las condiciones cambian constantemente, comprender el valor del grupo forma parte de la formación desde el primer día. Saber esperar, comunicar una decisión o reconocer cuándo es mejor detenerse son habilidades tan importantes como elegir una línea o ejecutar un descenso. 

La confianza entre quienes comparten la montaña no aparece de manera espontánea: se construye con el tiempo, la experiencia y el cuidado mutuo. «El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo y desde entender que las personas que me acompañan en la montaña cuidan de mí y yo cuido de ellas en todo momento», destaca.

Esa relación también se fortalece a través de gestos que muchas veces pasan inadvertidos. Mantenerse atento al compañero cuando hace una bajada, compartir la lectura del terreno, observar cómo resuelve una situación compleja o celebrar el logro de otro son prácticas cotidianas que ayudan a construir una cultura donde el progreso individual nunca está por encima del bienestar del grupo.

Para Assler, esa dimensión humana es tan importante como cualquier maniobra técnica: «Queremos que los niños celebren a sus amigos cuando llegan a la meta después de competir. También buscamos que sean humildes. En el deporte hay que tener cuidado con decirles que son los mejores. Es mucho más importante que entiendan que siempre hay algo por aprender y que esa actitud los ayudará a seguir creciendo». 

En ese sentido, la montaña se convierte en algo más que un escenario para practicar deporte. Cada salida representa una oportunidad para aprender a confiar en otros, asumir responsabilidades y comprender que las mejores decisiones no siempre son las más espectaculares. En el freeride, formar buenos compañeros resulta tan importante como formar buenos deportistas.