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Bike Like a Woman: pedaleando juntas para quedarse en la montaña

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Después de convertirse en las primeras chilenas en llegar en bicicleta al campamento base del Everest, Camila Forti y Jacinta Correa siguen empujando una idea más simple que épica: que más mujeres sientan que también hay espacio para ellas en la montaña.

A más de 5.300 metros de altura, después de días pedaleando y avanzando por uno de los entornos más exigentes del planeta, la llegada al campamento base del Everest marcó un hito para el ciclismo outdoor chileno. Pero para Camila Forti y Jacinta Correa, el sentido del proyecto nunca estuvo solo en alcanzar ese punto. La experiencia terminó funcionando también como una forma de abrir una conversación sobre acceso, comunidad y presencia femenina en espacios donde históricamente las mujeres han sido minoría.

“Bike Like a Woman nace desde la necesidad de generar un espacio seguro, cercano y motivador para que más mujeres se atrevan a entrar al mundo del ciclismo. Muchas veces existe el interés, pero falta ese empujón inicial, ese ‘sí se puede’. Nosotras mismas no somos las más expertas, pero aun así decidimos hacerlo, y en ese proceso entendimos que atreverse es más importante que saberlo todo desde el principio”, explica Camila Forti . La lógica del proyecto se instala justamente ahí, en bajar la barrera de entrada antes que construir una imagen de rendimiento inaccesible.

Las vistas eran impresionantes. Rodeadas de 8 miles y montañas con mucha historia. Foto @matiasdonosophoto

Porque muchas veces el problema no pasa por la capacidad física. “Las principales barreras no son solo técnicas, también son sociales y culturales. El miedo a no estar al nivel, la falta de conocimiento, la inseguridad en espacios públicos o la sensación de que este sigue siendo un deporte muy masculino. Al principio, en muchas salidas, era común encontrarse casi solo con hombres y eso puede ser intimidante para quienes están partiendo”, sostiene.

Ese escenario empieza a cambiar, aunque lentamente. Y parte importante de ese cambio ocurre cuando las experiencias dejan de mostrarse como algo lejano. “Cuando compartimos el proyecto del Everest, muchas mujeres comenzaron a escribirnos para decirnos que se sentían identificadas o inspiradas. Ahí entendimos que construir comunidad también es mostrar procesos reales, no solo resultados. Mostrar que no hay que ser experta para empezar”, comenta Camila, poniendo en manifiesto que la expedición terminó generando algo más amplio que un logro deportivo.

De la hazaña a la experiencia compartida

En ese proceso, el acompañamiento aparece como un elemento central. No desde la instrucción más rígida, sino que desde la experiencia compartida. “Muchas veces el primer paso no ocurre por falta de capacidad, sino por falta de apoyo. Tener a alguien al lado que te espere, que entienda tus tiempos y te haga sentir segura cambia completamente la experiencia”, explica evidenciando que la progresión técnica llega después. Antes aparece la confianza.

A 2 días de llegar a nuestro objetivo, cada vez más cerca del Base Camp. Foto @matiasdonosophoto

Ahí es donde el grupo deja de ser solo compañía. “Andar en grupo transforma completamente la experiencia. Se comparten los desafíos, los avances y también los miedos. Con el tiempo se generan vínculos muy reales y muchas veces terminas formando tu propio grupo de amigas de la bici. Ahí deja de ser solamente una actividad y se convierte en una forma de vivir”, enfatiza.

Jacinta Correa, por su parte, aterriza esa experiencia en el tipo de ciclismo que practican. “Si o si te tiene que gustar estar muchas horas en el cerro y disfrutar de una subida larga y técnica. Hay que ser un poco masoquista”, comenta entre risas. La frase baja el tono épico que muchas veces rodea este tipo de proyectos y lo devuelve a algo más cotidiano, más reconocible para quienes viven el outdoor desde la experiencia y no desde la vitrina.

Ese vínculo con la montaña también les ha permitido ver cómo cambia la escena local. “Cada vez se ven más bicicletas en cerros como el Plomo o el Pintor, donde antes era muy raro encontrar gente andando. La comunidad se ha ido agrandando mucho”, plantea Jacinta. El crecimiento no solo se percibe en eventos o redes sociales, también en la ocupación del territorio.

Katmandú, la capital de Nepal y nuestro primer destino antes de partir a Lukla. Foto @matiasdonosophoto

En ese contexto, hacer espacio para más mujeres deja de ser una consigna abstracta. “En deportes donde la exigencia física es alta, normalmente se ven muchos hombres. Con la Cami estábamos acostumbradas a hacer estas aventuras rodeadas de hombres. Entonces poder hacer este proyecto como dupla femenina también puede inspirar a otras mujeres a atreverse y entender que el big MTB es un espacio donde también podemos disfrutar”, plantea. 

Esa relación con el deporte también define la forma en que se posicionan frente a la competencia. “Estamos lejos del ámbito competitivo. Nos gusta estar literalmente en la punta del cerro, sin competir por tiempo ni velocidad. Hacemos esto porque nos gusta, no por querer ganarle a alguien”, explica Jacinta, evidenciando que el valor de la experiencia está en otro lugar.

Aun así, el impacto de proyectos como el Everest empieza a ampliar el alcance de este tipo de prácticas: “Sigue siendo un deporte muy de nicho, pero mostrar que estas cosas se pueden hacer también abre posibilidades. Hay muchos lugares épicos para recorrer y muchas personas ni siquiera consideran que podrían estar ahí”. 

Ese cambio de percepción también se refleja en las nuevas generaciones. “Ahora se ven muchas más niñas en el cerro. Cuando era más chica, casi siempre asociaba la montaña y la bicicleta a hombres. Hoy las niñas parten mucho antes, con más acceso y más espacios. Se vienen nuevos talentos”, observa Jacinta.

Esa relación con el deporte también define la forma en que se posicionan frente a la competencia.

En ese escenario, Bike Like a Woman no intenta construir un estándar ni transformarse en una referencia inalcanzable. Su aporte parece ir por otro lado. Mostrar que entrar al deporte no tiene por qué hacerse en soledad, que la experiencia outdoor también puede construirse desde la colaboración y que, muchas veces, lo más importante no es llegar más lejos, sino lograr que más personas sientan que también pueden partir.

Paula Jara Bianchi: cuando el deporte también es hacerse cargo

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La campeona panamericana cruza competencia, seguridad y formación para empujar un estándar que el mountain bike chileno todavía no termina de asumir

En el mountain bike, el error no es una excepción; es parte del recorrido.Caídas, golpes y decisiones mal tomadas forman parte de una práctica donde el margen es estrecho y el entorno no siempre perdona, especialmente cuando se avanza en terrenos técnicos o alejados de asistencia inmediata. En ese contexto, la seguridad suele quedar en segundo plano frente al rendimiento o la progresión técnica. Paula Jara Bianchi decidió mover ese eje y construir su carrera desde ese cruce, donde competir y hacerse cargo no son caminos separados.

“Mi trabajo en seguridad de montaña se cruza directamente con mi carrera deportiva. El mountain bike es uno de los deportes con más accidentes y por eso la conciencia de seguridad debería ser parte fundamental de cómo entendemos este deporte. Yo me certifiqué como instructora de bicicleta y desde ahí empecé a impulsar con más fuerza este tema, porque no basta solamente con enseñar a andar bien o competir, también hay que saber tomar decisiones cuando algo pasa”, explica Paula Jara Bianchi, poniendo el foco en una dimensión que muchas veces se da por sentada dentro del outdoor.

“No cualquiera debería estar haciendo clases o guiando grupos. Si estás a cargo de personas en la montaña, necesitas herramientas mínimas».

Esa lógica no se limita a su práctica individual ni a su rol como deportista. Se proyecta como una necesidad más amplia dentro del ecosistema del mountain bike. “El primer auxilio no es algo con lo que uno nace. Debería enseñarse desde chico, igual que el respeto por la naturaleza. Son las bases para poder vivir el deporte de forma responsable. Lo que estamos impulsando es una campaña de conciencia, que los riders, instructores y guías tengan herramientas reales para enfrentar situaciones de riesgo”, sostiene, insistiendo en que el conocimiento también es parte del equipamiento.

En ese punto, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural. No se trata solo de quién sabe o no sabe, sino de qué se exige como mínimo dentro del deporte. “No cualquiera debería estar haciendo clases o guiando grupos. Si estás a cargo de personas en la montaña, necesitas herramientas mínimas. El curso de primeros auxilios debería ser un estándar. Estamos trabajando con cursos enfocados en instructores, porque ahí se genera un efecto cadena. Si ellos están preparados, eso baja al resto”, plantea, apuntando a una profesionalización que aún es irregular.

Esa forma de entender el deporte también redefine su propio recorrido. No como una salida de la competencia, sino como una expansión de su rol dentro del mismo. “Quiero que mi carrera no se quede solo en competir. También quiero construir algo que aporte al deporte. Por eso nace Casa Cóndor, un refugio en Farellones pensado para deportistas. La idea es que sea un espacio donde se puedan hacer entrenamientos, recovery, cursos y actividades, tanto para alto rendimiento como para el usuario común”, explica, trasladando su enfoque a un espacio concreto.

“Quiero que mi carrera no se quede solo en competir. También quiero construir algo que aporte al deporte».

El territorio en el que se mueve refuerza esa necesidad de preparación. No es lo mismo caer en un circuito controlado que en una zona expuesta. “Hay lugares como El Parvazo donde el riesgo es alto. Si pasa algo grave, no es inmediato el acceso a ayuda. Hoy hay mucha gente circulando por esos lugares y no siempre tiene las herramientas para enfrentar una emergencia”, advierte, marcando una brecha entre el uso del espacio y el nivel de preparación de quienes lo transitan.

La mirada se amplía cuando observa el estado general del deporte en Chile, más allá de su experiencia personal. “Tenemos un tremendo recurso natural, pero el nivel de educación todavía es bajo. Falta profesionalismo en cómo se enseña y cómo se guía. Antes cualquiera podía armar un tour y salir a hacerlo. Hoy ha mejorado, pero todavía falta mucho por avanzar”, dice, poniendo el acento en una deuda que no se resuelve solo con más práctica.

Desde ahí, el rol de quienes están dentro del circuito adquiere otra dimensión, especialmente para quienes tienen visibilidad o experiencia acumulada. “Los que estamos en el deporte tenemos una responsabilidad. No es solo competir, también es devolver algo a la comunidad. Si tienes conocimiento, tienes que compartirlo. Es parte de dedicarse a algo que uno ama”, plantea, entendiendo el deporte también como un espacio de transmisión.

No es solo competir, también es devolver algo a la comunidad.

Esa convicción no es teórica. Se construye desde experiencias concretas que han marcado su forma de ver el impacto del deporte. “Lo vi trabajando con niños en Coquimbo, en una escuela social. Era un proyecto con chicos vulnerables y el impacto fue mucho más grande que solo andar en bici. Se generó comunidad, aparecieron sueños, se alejaron de entornos complejos. Ahí entiendes que el deporte es una herramienta real”, recuerda, ampliando el alcance de lo que implica enseñar.

En paralelo, observa un cambio que se ha ido consolidando en los últimos años y que también forma parte del desarrollo del deporte. “El deporte femenino está creciendo mucho. Hay más niñas, más nivel, más participación. También trato de generar espacios para mujeres, para que se sientan más cómodas y puedan entrar al deporte”, comenta, conectando crecimiento con condiciones de acceso.

Cuando habla de su propia carrera, no separa las dimensiones ni establece jerarquías rígidas entre competir y enseñar. “Competir es importante, te da visibilidad y te permite seguir en esto. Pero enseñar y compartir lo que has aprendido es lo que realmente queda. Ahí es donde puedes impactar de verdad en otras personas”, sostiene, poniendo el énfasis en la continuidad más que en el resultado puntual.

Por eso nace Casa Cóndor, un refugio en Farellones pensado para deportistas. La idea es que sea un espacio donde se puedan hacer entrenamientos, recovery, cursos y actividades, tanto para alto rendimiento como para el usuario común.

En esa línea, la idea de legado aparece sin necesidad de sobredimensionarla. “No pienso en algo grande. Me interesa poder compartir experiencias y demostrar que se puede vivir de lo que uno ama. Si puedo aportar a mi comunidad, ayudar a otros y seguir haciendo lo que me gusta, con eso me quedo”, concluye.

En un deporte donde el foco suele estar en la bajada más rápida o en el resultado del fin de semana, Paula Jara Bianchi decide mirar en otra dirección. En lo que ocurre cuando algo falla, en lo que no siempre se enseña, en lo que todavía no es estándar. Ahí es donde instala su trabajo. Porque, en su caso, competir nunca fue suficiente.