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Paula Jara Bianchi: cuando el deporte también es hacerse cargo

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La campeona panamericana cruza competencia, seguridad y formación para empujar un estándar que el mountain bike chileno todavía no termina de asumir

En el mountain bike, el error no es una excepción; es parte del recorrido.Caídas, golpes y decisiones mal tomadas forman parte de una práctica donde el margen es estrecho y el entorno no siempre perdona, especialmente cuando se avanza en terrenos técnicos o alejados de asistencia inmediata. En ese contexto, la seguridad suele quedar en segundo plano frente al rendimiento o la progresión técnica. Paula Jara Bianchi decidió mover ese eje y construir su carrera desde ese cruce, donde competir y hacerse cargo no son caminos separados.

“Mi trabajo en seguridad de montaña se cruza directamente con mi carrera deportiva. El mountain bike es uno de los deportes con más accidentes y por eso la conciencia de seguridad debería ser parte fundamental de cómo entendemos este deporte. Yo me certifiqué como instructora de bicicleta y desde ahí empecé a impulsar con más fuerza este tema, porque no basta solamente con enseñar a andar bien o competir, también hay que saber tomar decisiones cuando algo pasa”, explica Paula Jara Bianchi, poniendo el foco en una dimensión que muchas veces se da por sentada dentro del outdoor.

“No cualquiera debería estar haciendo clases o guiando grupos. Si estás a cargo de personas en la montaña, necesitas herramientas mínimas».

Esa lógica no se limita a su práctica individual ni a su rol como deportista. Se proyecta como una necesidad más amplia dentro del ecosistema del mountain bike. “El primer auxilio no es algo con lo que uno nace. Debería enseñarse desde chico, igual que el respeto por la naturaleza. Son las bases para poder vivir el deporte de forma responsable. Lo que estamos impulsando es una campaña de conciencia, que los riders, instructores y guías tengan herramientas reales para enfrentar situaciones de riesgo”, sostiene, insistiendo en que el conocimiento también es parte del equipamiento.

En ese punto, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural. No se trata solo de quién sabe o no sabe, sino de qué se exige como mínimo dentro del deporte. “No cualquiera debería estar haciendo clases o guiando grupos. Si estás a cargo de personas en la montaña, necesitas herramientas mínimas. El curso de primeros auxilios debería ser un estándar. Estamos trabajando con cursos enfocados en instructores, porque ahí se genera un efecto cadena. Si ellos están preparados, eso baja al resto”, plantea, apuntando a una profesionalización que aún es irregular.

Esa forma de entender el deporte también redefine su propio recorrido. No como una salida de la competencia, sino como una expansión de su rol dentro del mismo. “Quiero que mi carrera no se quede solo en competir. También quiero construir algo que aporte al deporte. Por eso nace Casa Cóndor, un refugio en Farellones pensado para deportistas. La idea es que sea un espacio donde se puedan hacer entrenamientos, recovery, cursos y actividades, tanto para alto rendimiento como para el usuario común”, explica, trasladando su enfoque a un espacio concreto.

“Quiero que mi carrera no se quede solo en competir. También quiero construir algo que aporte al deporte».

El territorio en el que se mueve refuerza esa necesidad de preparación. No es lo mismo caer en un circuito controlado que en una zona expuesta. “Hay lugares como El Parvazo donde el riesgo es alto. Si pasa algo grave, no es inmediato el acceso a ayuda. Hoy hay mucha gente circulando por esos lugares y no siempre tiene las herramientas para enfrentar una emergencia”, advierte, marcando una brecha entre el uso del espacio y el nivel de preparación de quienes lo transitan.

La mirada se amplía cuando observa el estado general del deporte en Chile, más allá de su experiencia personal. “Tenemos un tremendo recurso natural, pero el nivel de educación todavía es bajo. Falta profesionalismo en cómo se enseña y cómo se guía. Antes cualquiera podía armar un tour y salir a hacerlo. Hoy ha mejorado, pero todavía falta mucho por avanzar”, dice, poniendo el acento en una deuda que no se resuelve solo con más práctica.

Desde ahí, el rol de quienes están dentro del circuito adquiere otra dimensión, especialmente para quienes tienen visibilidad o experiencia acumulada. “Los que estamos en el deporte tenemos una responsabilidad. No es solo competir, también es devolver algo a la comunidad. Si tienes conocimiento, tienes que compartirlo. Es parte de dedicarse a algo que uno ama”, plantea, entendiendo el deporte también como un espacio de transmisión.

No es solo competir, también es devolver algo a la comunidad.

Esa convicción no es teórica. Se construye desde experiencias concretas que han marcado su forma de ver el impacto del deporte. “Lo vi trabajando con niños en Coquimbo, en una escuela social. Era un proyecto con chicos vulnerables y el impacto fue mucho más grande que solo andar en bici. Se generó comunidad, aparecieron sueños, se alejaron de entornos complejos. Ahí entiendes que el deporte es una herramienta real”, recuerda, ampliando el alcance de lo que implica enseñar.

En paralelo, observa un cambio que se ha ido consolidando en los últimos años y que también forma parte del desarrollo del deporte. “El deporte femenino está creciendo mucho. Hay más niñas, más nivel, más participación. También trato de generar espacios para mujeres, para que se sientan más cómodas y puedan entrar al deporte”, comenta, conectando crecimiento con condiciones de acceso.

Cuando habla de su propia carrera, no separa las dimensiones ni establece jerarquías rígidas entre competir y enseñar. “Competir es importante, te da visibilidad y te permite seguir en esto. Pero enseñar y compartir lo que has aprendido es lo que realmente queda. Ahí es donde puedes impactar de verdad en otras personas”, sostiene, poniendo el énfasis en la continuidad más que en el resultado puntual.

Por eso nace Casa Cóndor, un refugio en Farellones pensado para deportistas. La idea es que sea un espacio donde se puedan hacer entrenamientos, recovery, cursos y actividades, tanto para alto rendimiento como para el usuario común.

En esa línea, la idea de legado aparece sin necesidad de sobredimensionarla. “No pienso en algo grande. Me interesa poder compartir experiencias y demostrar que se puede vivir de lo que uno ama. Si puedo aportar a mi comunidad, ayudar a otros y seguir haciendo lo que me gusta, con eso me quedo”, concluye.

En un deporte donde el foco suele estar en la bajada más rápida o en el resultado del fin de semana, Paula Jara Bianchi decide mirar en otra dirección. En lo que ocurre cuando algo falla, en lo que no siempre se enseña, en lo que todavía no es estándar. Ahí es donde instala su trabajo. Porque, en su caso, competir nunca fue suficiente.

Parque Guay Guay: El deporte como herramienta para recuperar los espacios

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El proyecto impulsado por José Tomás Valenzuela propone una forma distinta de usar la naturaleza, donde infraestructura, acceso y conservación dejan de competir y empiezan a operar juntos

Antes de ser un parque, Guay Guay era un terreno tensionado, ubicado en Chicureo. Basura acumulada, ganado sin control y huellas de un incendio reciente configuraban un espacio que no estaba siendo ni habitado ni protegido: un lugar en deterioro. En ese contexto, la pregunta no era solo qué hacer con el terreno, sino cómo intervenirlo sin repetir una lógica que históricamente ha operado de forma desordenada sobre el territorio.

El proyecto se articula desde el deporte, pero no se limita a eso. “Guay Guay nace desde nuestra pasión por el deporte al aire libre y la necesidad de contar con un espacio adecuado para practicarlo de forma segura, ordenada y en conexión con la naturaleza. No existían suficientes lugares pensados realmente para deportistas, con rutas bien diseñadas y una experiencia de calidad. Además, el predio estaba muy afectado, entonces decidimos desarrollar un proyecto que no solo respondiera a esa falta de infraestructura, sino que también recuperara y pusiera en valor el entorno”, explica José Tomás Valenzuela, uno de los dos socios del proyecto y también responsable de otros proyectos outdoor como Parkland. 

Pista Litre, mirador Halcón. Foto Santiago Alcalde.

Esa decisión se traduce en cómo se concibe el espacio. No como una adaptación de senderos existentes, sino como una construcción planificada. “Queríamos desarrollar una infraestructura que en Chile prácticamente no existía, un parque pensado específicamente para deportes outdoor, no improvisado sobre senderos existentes. Crear rutas con lógica deportiva, medibles, progresivas, con distintos niveles y estándares de seguridad, donde realmente se pueda entrenar”, sostiene. La diferencia no está solo en la calidad, sino en la intención detrás del diseño.

En ese marco, el deporte funciona como una forma de activar el territorio, pero también de ordenarlo. “Creemos que actividades como el trail, el trekking y el MTB son una forma poderosa de conectar a las personas con el entorno. Desde ahí, la conservación aparece de manera natural, porque cuando las personas usan y disfrutan estos espacios, también desarrollan una mayor conciencia por cuidarlos”, plantea. No se trata de sumar uso, sino de estructurarlo.

Ese equilibrio entre acceso y cuidado no se deja al comportamiento individual. Se construye desde la planificación. “Se logra desde el diseño del parque y la forma en que se organiza el uso deportivo. Las rutas se planifican para evitar cruces innecesarios, sobreuso de zonas y para que funcionen bien en términos deportivos. En simple, el deporte se diseña dentro del espacio, en vez de que el espacio se adapte de forma desordenada al deporte”, explica. 

Don Julio, de las especiales de enduro del inaugural fest.

Esa lógica también define qué prácticas tienen cabida dentro del parque. No es un espacio abierto a cualquier uso, sino un entorno donde las disciplinas se integran según el terreno y el diseño: “Se definen por el tipo de terreno, el diseño de las rutas y la experiencia que queremos generar. Pensamos el parque como un entorno outdoor versátil, donde puedan convivir distintas prácticas, siempre priorizando la seguridad y el respeto por el entorno”.

El punto donde el deporte empieza a construir algo más

El impacto de ese diseño empieza a aparecer en la experiencia de quienes lo usan. “Uno de los efectos más relevantes ha sido la construcción de comunidad. El parque se ha transformado en un punto de encuentro donde interactúan personas con distintos niveles, pero con un interés común por el deporte y la naturaleza. También hemos trabajado con colegios, lo que permite acercar estas experiencias a estudiantes en un entorno distinto, más activo y experiencial”, explica Valenzuela. 

Profundiza que el parque se proyecta en una escala mayor: “El objetivo es consolidar un nuevo polo outdoor en la zona norte de Santiago, que no solo concentre actividad deportiva, sino que también articule comunidad, educación y vida al aire libre en un mismo lugar”.

Pista Don julio. Foto Santiago Alcalde.

“Este tipo de espacios influye en el nivel porque cambia las condiciones en las que se entrena. Cuando tienes rutas diseñadas, progresión de dificultad y un entorno ordenado, se facilita la constancia, la mejora técnica y la formación de hábitos. Además, al concentrar distintos niveles, se genera un efecto comunidad que eleva el estándar general”, relata. 

Ese mismo entorno se vuelve clave en la formación temprana. “Guay Guay puede ser un punto de entrada al deporte outdoor. Hoy tenemos convenios con colegios y escuelas de MTB, y una parte importante de nuestras membresías son niños. Eso refuerza la idea de que este es un espacio donde se están formando las próximas generaciones”, sostiene. La base del deporte empieza a desplazarse hacia espacios más estructurados.

El desarrollo del proyecto, sin embargo, no estuvo exento de dificultades. “La principal fue la permisología. Estuvimos más de tres años en procesos con distintos organismos, fue largo, complejo y costoso. Hubo momentos desafiantes, pero la convicción de que esta infraestructura era necesaria fue lo que nos permitió avanzar”. 

Pumptrack, contamos con 2 pumptrack Asfaltados. Uno para adultos y otro para niños. Es el favorito de las escuelitas de mountainbike. Foto Santiago Alcalde.

En ese recorrido, el proyecto va definiendo su propia lógica de crecimiento. No se plantea como un modelo replicable en serie, sino como un sistema adaptable: “Guay Guay tiene un poco de ambas cosas. Responde a condiciones específicas del territorio, porque cada lugar tiene su propia geografía y personalidad. Nosotros no buscamos replicar formatos, sino adaptarnos a cada terreno. Cada proyecto es único”. 

Esa adaptación se refleja también en las decisiones concretas de construcción. “El modelo es replicable en su lógica, pero no en su forma. Lo importante es leer el territorio y transformarlo en una experiencia deportiva. En este caso, reutilizamos más de 8.000 polines de madera y es el primer proyecto que desarrollamos 100% off-grid, funcionando con energía renovable”, manifiesta Valenzuela. La infraestructura no solo ocupa el espacio, también dialoga con él.

En un escenario donde el uso del territorio suele avanzar sin planificación o en conflicto con su conservación, Guay Guay propone otra forma de intervenir. No elimina la tensión entre acceso y cuidado, pero la organiza. Y en ese orden, el deporte deja de ser solo práctica para transformarse en una herramienta que estructura, activa y sostiene el lugar en el tiempo.