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Benjamín Corral: el descenso como punto de partida

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Entre lesión, rendimiento y proyección internacional, el rider chileno reconfigura su carrera en un deporte donde el margen siempre es mínimo.

Antes de competir, el vínculo con la bicicleta ya estaba instalado. No como disciplina, sino como práctica constante, como una forma de moverse y entender el entorno desde chico. “Desde muy pequeño ando en bicicleta, es mi pasión. Inicié en el BMX freestyle a los 4 años y en paralelo siempre salía con mi familia al cerro. A los 10 años me motivé a comenzar en el mountain bike junto a mi hermano, con quien nos fuimos metiendo cada vez más en este mundo hasta conseguir una bicicleta de enduro para llegar a esas bajadas en el Panul y Peñalolén”, explica Benjamín Corral. Ese inicio no responde a una estructura formal, sino a un acceso natural al deporte.

Con el tiempo, esa práctica se vuelve competitiva, pero sin cerrar del todo el camino. “En 2016 comencé a competir en enduro y participé en varios campeonatos nacionales hasta 2024, logrando títulos en distintas categorías. También tuve la oportunidad de correr Copas del Mundo, donde destacó un tercer lugar Sub 21 en Crans-Montana”, detalla, marcando una progresión que convive todavía con la exploración.

“Para rendir a nivel competitivo se necesita mucho esfuerzo, tanto arriba como abajo de la bicicleta”.

El descenso aparece después, condicionado por factores que no siempre se consideran. “Siempre me llamó la atención, pero era difícil entrar, principalmente por no contar con camioneta, que es clave para practicar. Con el tiempo me fui enamorando del descenso, especialmente en el bike park de Chillán. Ahí entendí que esto era lo que realmente me apasionaba: conocer pistas nuevas, compartir con amigos y llevarme al límite”, explica . La decisión no es solo deportiva, también es logística.

Ese proceso se interrumpe de forma abrupta. “Un gran punto de quiebre fue un accidente de tránsito. Un auto no respetó un disco Pare y me chocó mientras iba en motocicleta. Sufrí una triple fractura expuesta, la amputación de un gemelo y una reconstrucción completa del tobillo”, relata. La pausa no es solo física, también instala una duda que atraviesa el proceso.

En ese contexto, la recuperación se convierte en parte de la carrera. “Estuve un mes hospitalizado y varios meses sin saber si volvería a andar en bicicleta. Fue un momento muy duro, pero también me entregó madurez y aprendizajes que hoy aplico en mi vida y en mi carrera deportiva”, explica, integrando esa experiencia dentro de su desarrollo como rider.

Lo que exige competir: más que velocidad y técnica

Esa experiencia también amplía la forma en que entiende el rendimiento. “Para poder rendir a nivel competitivo se necesita mucho esfuerzo, tanto arriba como abajo de la bicicleta. Hay que prepararse físicamente, entrenar técnica, entender el seteo y la mecánica, y además contar con respaldo económico”, plantea dejando en claro que el rendimiento no se limita a lo que ocurre en la bajada.

“Siempre me llamó la atención el descenso, pero era difícil entrar, principalmente por no contar con camioneta, que es clave para practicar este deporte”.

Ahí aparece también una dimensión que suele quedar fuera. “El apoyo de marcas y equipos es fundamental para potenciar el ciclismo. También es clave que nosotros como deportistas entendamos el marketing deportivo, sepamos proponer proyectos y darle valor a lo que hacemos”, agrega.

Su rutina actual responde a esa lógica más amplia. “Además de estudiar Kinesiología, realizo tres sesiones de preparación física a la semana y trato de andar en bicicleta al menos cuatro veces. Combino enduro en e-bike y entrenamientos específicos de descenso, porque eso me permite trabajar de manera integral”, detalla. 

El acceso al deporte, sin embargo, sigue marcando diferencias. “Se puede empezar de buena forma si se hace progresivo. Hoy hay más opciones de bicicletas, pero sigue siendo un deporte caro y de alto riesgo, por lo que avanzar con calma es clave para evitar lesiones”, explica, situando el punto de partida en una lógica más realista.

Las referencias aparecen como guía, pero también como espejo para Benjamín:“ Admiro a Amaury Pierron por su capacidad de volver después de lesiones y mantenerse en el más alto nivel”, dice. A nivel local, el vínculo es más cercano. “Pedro Burns logró resultados importantes y apoyo internacional, algo que muchos buscamos”. 

“Estuve varios meses sin saber si volvería a andar en bicicleta, fue un momento muy duro pero también me entregó madurez y aprendizajes”.

El 2024 se instala como un año de consolidación dentro de ese proceso. “Fue el año en que destapé como rider de descenso, gané varias competencias y clasifiqué a la final de la Copa del Mundo en Andorra”, recuerda, integrando resultados dentro de una progresión más larga.

Aun así, el vínculo con la bicicleta no se reduce a competir. “Lo que más me importa es disfrutar la adrenalina de cada bajada, conocer lugares y compartir con personas increíbles. Pero siendo honesto, cuando compito quiero ser el más rápido”, dice, manteniendo esa doble dimensión dentro de su forma de entender el deporte.

Esa misma lógica aparece cuando proyecta lo que viene: “Siento que mi carrera recién comienza. Terminando mi carrera universitaria, quiero dedicar el 100% a buscar mi mejor versión como rider y desarrollar proyectos personales junto a marcas”, explica.

En ese recorrido, el descenso no aparece como una meta final ni como un punto de llegada definitivo para Benjamín Corral. Se instala más bien como el espacio donde se cruzan todas las variables que han ido moldeando su carrera: el entorno, las condiciones, la lesión, el aprendizaje y la proyección.

Pablo Hobon: enseñar antes que correr, formar antes que ganar

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Desde el campo en Talagante hasta una escuela que busca profesionalizar el mountain bike, su apuesta no está en el resultado inmediato, sino en construir una cultura técnica, consciente y sostenible en el tiempo.

Antes de ser rider, profesor o formador, Pablo Hobon fue un niño que aprendió a moverse sin método ni estructura y un ambiente ideal. “Crecí en el campo, subiendo árboles, corriendo detrás de caballos, cayéndome y volviendo a intentar”, recuerda. Esa relación temprana con el cuerpo, el riesgo y la naturaleza no fue un entrenamiento, pero terminó siendo una base. “Ahí se formó mi conexión con el movimiento, con la adrenalina y con la naturaleza”, dice, como si ese origen explicara todo lo que vino después.

La bicicleta apareció más tarde, en la parcela de su abuelo en Pirque, casi como una extensión natural de ese entorno. No había técnica ni planificación, pero sí repetición, intuición y juego. “Empezamos a construir pistas, a desafiarnos entre nosotros, a buscar cómo mejorar cada día”. Lo que hoy podría parecer entrenamiento, en ese momento era simplemente insistir. “Aprendíamos de forma totalmente natural, sin saber que estábamos entrando en el mundo del mountain bike”, relata. 

Ese aprendizaje autodidacta tuvo un punto de inflexión cuando entró a trabajar en una tienda de bicicletas. Ahí apareció otra capa: la del conocimiento técnico, el rendimiento, los componentes. “Conocí el otro lado del deporte”, explica. Poco después, en el Bike Park de La Parva, esa dimensión se volvió más compleja. Construir pistas y luego recorrerlas lo llevó a entender el deporte desde dentro. 

“Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

El giro definitivo llegó casi sin anuncio, a partir de un vínculo. Ignacio Rojo, uno de los referentes del mountain bike chileno, lo integró primero en la construcción de pistas y luego en clases: “Ahí apareció algo más estructural. Al principio era solo motivación, pero con el tiempo entendí que enseñar era algo que se me daba de forma natural”. No fue una decisión estratégica, sino un reconocimiento progresivo.

Esa transición redefine su carrera. Cuenta que siempre le llamó la atención entender el porqué de las cosas arriba de la bicicleta. “La enseñanza aparece entonces como una extensión lógica. La formación es una forma de dejar una huella mucho más profunda que solo competir”, sostiene.

“Enseñar implica responsabilidad. Es un deporte de alto riesgo y necesitas entender técnica, aprendizaje y cómo reaccionar ante un accidente”. Su diagnóstico sobre la enseñanza del mountain bike en Chile es directo: “Hay una confusión entre ser profesor y ser guía o paseador de cerro. No lo plantea como crítica superficial, sino como un problema estructural”.

Formar antes que rendir: técnica, seguridad y criterio

Para Pablo Hobon, la diferencia entre un rider formado y uno autodidacta no está solo en el nivel, sino en la comprensión. “El rider formado entiende lo que hace. Tiene herramientas: lectura de terreno, control corporal, toma de decisiones”. El autodidacta, en cambio, puede avanzar, pero con vacíos. “El problema aparece cuando el terreno se vuelve más exigente”.

“Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

Esa lectura conecta directamente con la seguridad. No como restricción, sino como conocimiento. “La seguridad no es evitar el riesgo, es saber enfrentarlo con herramientas”, explica. En su caso, esa responsabilidad se traduce en formación específica: primeros auxilios, manejo de trauma, preparación para escenarios complejos. “Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

La técnica, en ese contexto, deja de ser un accesorio y pasa a ser estructura. Explica que “la técnica lo es todo. No solo como ejecución, sino como lectura. “Es lo que transforma el miedo en decisión. Sin ella, la progresión es frágil. Puedes avanzar rápido, pero llega un punto donde te estancas o te expones”.

El trabajo con niños y jóvenes terminó de consolidar esa mirada. Ahí encontró un espacio donde el aprendizaje se vuelve más transparente: “Los niños aprenden sin prejuicio, se equivocan y vuelven a intentar. En contraste, los adultos cargan con miedo y vergüenza. “Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

Su propia experiencia escolar influye en ese enfoque. Formado en un entorno Waldorf, aprendió a respetar los tiempos individuales. Tuvo profesores que le ayudaron sin juicio, con paciencia, y eso es lo que busca replicar. La enseñanza, en su caso, no es solo técnica, también es contexto emocional.

Desde ahí proyecta su escuela, como una estructura más amplia. “Me gustaría que sea un colegio deportivo, una plataforma de formación integral”. El objetivo no es solo formar riders, sino personas. “Que entiendan el deporte como parte de la vida, que lo respeten y lo vivan de forma consciente”.

«No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste».

Ese enfoque también define su idea de impacto. El mountain bike, dice, es una herramienta. “Te enseña toma de decisiones, resiliencia, manejo del miedo. Si eso se transfiere fuera de la bicicleta, el alcance es mayor. Ahí el impacto va mucho más allá del deporte”.

En esa misma línea aparece su noción de legado, lejos de los resultados. “No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste, las herramientas que les dejaste y cómo influiste en su camino”. Es una definición que desplaza el foco. No hacia lo que se gana, sino hacia lo que permanece.

Hobon no construye su carrera desde la transmisión. Su apuesta es más lenta, menos evidente, pero también más estructural. En un deporte donde la progresión suele medirse en velocidad, su énfasis está en otra parte; en formar riders que entiendan lo que hacen, que sepan por qué lo hacen y que puedan sostenerlo en el tiempo.