domingo, julio 12, 2026
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La Casa de las Diosas: la expedición chilena que abrió una nueva ruta en el Mini Asgard

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Durante 30 días, Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard atravesaron el Penny Ice Cap en Baffin Island, escalaron el Mini Asgard por una ruta inédita y construyeron una expedición donde el proceso terminó siendo tan importante como la cumbre.

En una expedición así, el cansancio no aparece de golpe, se acumula en las horas caminando sobre hielo, en el peso constante del trineo, en los cruces de ríos sobre glaciares y en la repetición diaria de avanzar bajo condiciones que cambian todo el tiempo. Mucho antes de cualquier cumbre, la travesía ya está ocurriendo ahí.

La expedición liderada por Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard cruzó el Penny Ice Cap, en Baffin Island, durante cerca de 30 días. En ese recorrido realizaron la primera ascensión del Mini Asgard y también escalaron el Monte Asgard, el Monte Loki y el Monte Freya, en uno de los territorios más remotos y expuestos del Ártico canadiense.

La preparación comenzó mucho antes de entrar al glaciar. Pachi Ibarra y Celine Jaccard se habían conocido trabajando como guías en la Antártica y desde ahí empezó a tomar forma la idea de viajar al norte canadiense para explorar nuevas líneas. “Primero nos reunimos en Squamish para escalar juntas y afinar aspectos técnicos. Después fuimos a Ottawa para hacer las últimas compras para un mes completo de expedición. Ya en Baffin organizamos el equipo, armamos los trineos, definimos kits de reparación y partimos hacia el glaciar”, recuerda Ibarra.

El acceso al Parque Nacional Baffin Island tampoco fue directo. La cordada avanzó primero por un fiordo y luego recorrió más de 90 kilómetros sobre glaciares cargando todo el equipo necesario para sostener la expedición durante semanas. Ahí es donde la experiencia empieza a cambiar de escala y el desgaste físico se vuelve parte permanente del viaje.

Para Violeta Sepúlveda, los momentos más complejos no estuvieron necesariamente en la pared. “Los días más duros fueron probablemente las jornadas largas caminando por los glaciares. Solo la aproximación al campamento base del Asgard fueron cerca de 85 kilómetros en seis días, cargando el trineo y cruzando muchos pequeños ríos”, recuerda.

El cansancio se fue acumulando con los días. “El último día de la expedición fue especialmente duro porque ya estaba mucho más cansada. Llevar el trineo en bajada puede sonar más fácil, pero no lo es, porque se viene contra las piernas y golpea fuerte. Para mí era la primera vez tirando un trineo y resultó ser mucho más duro de lo que imaginaba”, cuenta entre risas, alejándose del tono épico que muchas veces rodea este tipo de expediciones.

Ahí aparece una parte importante de la identidad del viaje. Más que una narrativa heroica, lo que atraviesa el relato es la experiencia concreta de convivir con el desgaste, el clima y la incertidumbre en un territorio que obliga a adaptarse constantemente.

La Casa de las Diosas

Aunque la escalada era una de las motivaciones centrales de la expedición, la lógica del viaje nunca estuvo puesta solamente en conseguir cumbres. “Lo principal para nosotras era absorber el entorno, escalar juntas, dejarnos sorprender por lo que Baffin tuviera para ofrecernos y explorar terreno sin ascensos previos”, explica el registro de la expedición.

Durante las primeras semanas, la cordada aprovechó las ventanas de buen tiempo para escalar distintas líneas en el Monte Asgard y el Monte Freya. “La verdad es que hay mucho para escalar aquí. Uno va avanzando por el glaciar y alrededor está lleno de paredes de granito, realmente hermoso”, cuenta Pachi Ibarra sobre uno de los aspectos que más marcó la experiencia.

Motivadas por los resultados que habían conseguido hasta entonces, pusieron también la mirada sobre el Monte Loki. “Eso significaba unos 15 o 16 largos de escalada de alta calidad y muy técnica, pero lamentablemente una lluvia inesperada en la pared no nos permitió terminar la ruta”, explica Pachi. El clima, como suele ocurrir en Baffin Island, volvió a alterar los planes.

Fue después de esos intentos frustrados cuando decidieron regresar al Mini Asgard, una formación que ya habían explorado parcialmente durante los primeros días de expedición. Tras esperar durante jornadas enteras dentro de la carpa por mejores condiciones, finalmente lograron abrir la línea que bautizaron como “La Casa de las Diosas”.

La ruta recorre siete largos sobre fisuras, diedros, roca húmeda, techos y secciones expuestas, en una línea sostenida que exigió resistencia física, precisión técnica y mucha confianza dentro de la cordada. Pero para ellas, el significado de esa apertura parece ir más allá del registro deportivo.

Baffin Expedition

“Creo que para nosotras significó aventura, divertirnos en lo desconocido y movernos en un mundo completamente distinto. También fue un desafío deportivo y mental de ir a un lugar donde nadie había estado y usar nuestra propia experiencia para encontrar la ruta”, explica Violeta.

En expediciones de este tipo, la progresión no depende solamente de la capacidad física o técnica. También aparece la intuición. “Me gustó mucho poder usar nuestro instinto para avanzar, sin expectativas más allá de intentarlo y disfrutar el proceso”, sostiene. En un entorno donde las condiciones cambian constantemente y no existe control total sobre lo que ocurre, avanzar también implica aceptar lo incierto.

Explorar sin referencias

Baffin Island ocupa un lugar casi mítico dentro del montañismo y la escalada mundial. Paredes gigantes, glaciares interminables y condiciones extremas han convertido la zona en un territorio asociado históricamente a expediciones masculinas y altamente técnicas. En ese contexto, la presencia de mujeres liderando este tipo de travesías todavía sigue siendo menos frecuente de lo que parece.

Baffin Expedition

 

“Para mí siempre ha sido inspirador ver a otras mujeres haciendo cosas entretenidas en la naturaleza, en cualquier deporte. Personalmente me siento motivada y capaz cuando veo a otras mujeres haciendo cosas que muchas veces pensé que yo no podía hacer”, sostiene Violeta.

Esa experiencia se vuelve todavía más visible en disciplinas como el montañismo. “En un mundo que ha estado dominado por hombres durante muchos años, ver a otras mujeres haciéndolo nos contagia confianza y ganas de salir a explorar con amigas”, reflexiona. El impacto no pasa necesariamente por transformar el deporte de inmediato, sino por ampliar la percepción de quiénes pueden habitar estos espacios.

En ese sentido, la expedición también funciona como representación de una generación que empieza a relacionarse distinto con la montaña. Más horizontal, menos obsesionada con la conquista y más conectada con la experiencia completa del viaje. El registro del proyecto, apoyado por Patagonia, muestra no solo escalada, sino también logística, convivencia, cansancio y exploración cotidiana.

Durante parte de la travesía colaboraron además con un equipo de glaciólogos transportando datos de monitoreo climático a distintos puntos de la isla, en una expedición donde la exploración convivió constantemente con el aislamiento y las condiciones cambiantes del territorio. Incluso, a la salida del glaciar, un encuentro inesperado con un oso polar volvió a recordarles la dimensión salvaje del lugar.

Ese equilibrio entre exigencia y disfrute atraviesa todo el relato. No aparece la necesidad de exagerar la dificultad ni de romantizar el sufrimiento. Lo que queda es algo mucho más cercano a la experiencia real de expedición; avanzar, resolver, cansarse, improvisar y seguir moviéndose.

La primera ascensión del Mini Asgard quedará registrada dentro de la historia de Baffin Island. Pero para ellas, el sentido del viaje parece haber quedado en otro lugar. En la posibilidad de explorar sin referencias claras, confiar en la propia experiencia y construir montaña desde una lógica donde la aventura compartida termina siendo tan importante como la cima.

Polo Luisetti: Cuando el deporte se convierte en propósito

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El creador y co-fundador de Fireflies Patagonia construyó, desde la exploración y la disciplina, una experiencia donde el ciclismo conecta territorio, comunidad y sentido colectivo

Durante más de una década, PoloLuisetti ha cruzado algunos de los territorios más aislados de Chile pedaleando junto a un grupo internacional de deportistas que no compiten entre sí ni persiguen tiempos. La escena se repite cada año en la Patagonia profunda: rutas sin señal, clima impredecible y comunidades alejadas de los circuitos tradicionales. Lo que comenzó como una expedición inspirada en una experiencia europea terminó consolidándose como Fireflies Patagonia, un proyecto donde el deporte funciona como punto de encuentro entre exploración, liderazgo y compromiso social.

Pero mucho antes de la bicicleta hubo territorio. Viajes a caballo por zonas aisladas del sur de Chile y cruces cordilleranos hacia Argentina marcaron una relación distinta con el paisaje. “Ahí entendí que lo que me movía era descubrir qué había más allá, avanzar sin saber exactamente qué venía después. Esa desconexión del mundo y conexión total con la naturaleza fue lo que después encontré en el ciclismo”, recuerda.

En la tercera etapa de nuestro ride, durante el descenso del volcán Osorno, Bill sufrió una dura caída: clavícula fracturada, tres costillas rotas, codo fisurado y el dedo meñique quebrado. Acompañándolo desde abajo hasta la cima.

Su experiencia profesional a través de la productora La Casa Films también influyó en esa transición. Las filmaciones en lugares extremos del país le permitieron recorrer Chile profundo durante años. Esa convivencia con geografías remotas terminó consolidando una mirada donde viajar dejó de ser traslado y pasó a convertirse en experiencia. El deporte apareció entonces como continuidad natural de esa exploración.

El encuentro con Fireflies Europa fue decisivo. Vinculado al entorno cinematográfico del director Ridley Scott, el proyecto reunía a profesionales del cine que pedaleaban hasta Cannes para recaudar fondos contra el cáncer. Luisetti participó en la travesía y comprendió rápidamente su potencial. “Nos dimos cuenta de que no era solo pedalear. Era comunidad, causa y relato al mismo tiempo. Ahí entendí que esto podía tener sentido también en Chile”, sostiene.

De regreso en Chile, junto a su socio y co-fundador Axel Brinck comenzó a trasladar esa experiencia al territorio patagónico sin un modelo previamente definido ni una estructura formal. El proyecto partió de manera casi experimental, con un pequeño grupo internacional dispuesto a recorrer rutas aisladas justo en el momento en que las primeras bicicletas gravel comenzaban a abrir nuevas posibilidades de exploración. 

Exploración, rutas desconocidas, cruces de ríos, lagos y glaciares son parte de Fireflies Patagonia.

“Lo que buscábamos era salir completamente de la lógica de la carretera y entrar en territorios donde la bicicleta prácticamente no existía como medio de viaje. Queríamos avanzar por caminos remotos, conectar lugares que normalmente no están unidos y vivir el territorio desde otra escala. Patagonia aparecía naturalmente como el escenario perfecto, porque concentra aislamiento, belleza y un nivel de desafío que obliga a replantearlo todo”, recuerda Luisetti.

La verdadera transformación del proyecto ocurrió en terreno. A medida que la expedición avanzaba por localidades aisladas, el equipo comenzó a encontrarse con realidades que desbordaban cualquier propósito estrictamente deportivo. “Llegábamos a escuelas donde los niños tenían computadores, pero no conexión para usarlos, o comunidades donde acceder a un médico significaba viajar durante días. En ese momento entendimos que no tenía sentido atravesar esos lugares, sacarnos una foto y seguir adelante. Si estábamos llegando ahí, teníamos también una responsabilidad con las personas que viven en esos territorios y con las oportunidades que muchas veces no tienen”, explica Luisetti.

Un viaje de alto impacto colectivo 

Desde entonces, y luego de la incorporación de Canuto Errazuriz,  Fireflies Patagonia comenzó a integrar de manera sistemática iniciativas educativas, programas de conectividad digital y operativos médicos en comunidades aisladas a lo largo de sus rutas. La travesía anual dejó de ser únicamente una expedición para transformarse en una plataforma de apoyo sostenido en el tiempo. 

Última etapa llegando a Valle Nevado, ciclista Jay Creagh de Inglaterra, FFP 2021.

“Muchas veces lo único que falta es que alguien dé el primer paso. Nosotros llegamos, instalamos algo básico, abrimos una posibilidad, y después otras instituciones o el propio Estado pueden continuar ese trabajo. Pero si nadie comienza, esas comunidades siguen esperando”, señala Luisetti, enfatizando el rol del proyecto como impulsor inicial de cambios concretos en territorios remotos.

Con el paso de los años, Fireflies dejó definitivamente de entenderse como una experiencia deportiva en sentido tradicional. El punto de quiebre, explica, ocurre cuando el foco deja de estar en quien pedalea y se desplaza hacia el impacto colectivo del viaje. “Hay un momento en que entiendes que el recorrido ya no es tuyo. El deporte pasa a ser una herramienta para generar algo positivo en otros lugares y en otras personas”. 

Bajo esa lógica, el componente solidario se consolidó como parte estructural del proyecto, especialmente a través del apoyo permanente a niños con cáncer y los procesos de recaudación asociados a cada expedición. “El cansancio cambia completamente cuando sabes que pedaleas por algo que va más allá de ti”, afirma.

Ignacia, Lula y Caro recuperando energías en el interior del
Valle del Ventisquero, en Puelo.

Esa evolución también redefinió su propia relación con el deporte. Más que una preparación física, Luisetti identifica el aprendizaje principal en la dimensión mental del esfuerzo. “Fireflies es muy exigente físicamente, pero lo determinante es la cabeza. Tienes que sobreponerte al clima, al agotamiento, a la duda constante. La disciplina no es solo entrenar, es sostener una decisión incluso cuando todo se vuelve incómodo”. La resistencia, en ese contexto, se construye desde la convicción más que desde el rendimiento.

El liderazgo dentro de la expedición aparece entonces como una consecuencia natural de esa exigencia. Cada edición reúne a participantes que viajan miles de kilómetros para integrarse a la travesía, lo que implica una responsabilidad permanente para quien dirige el proyecto. “Tienes que estar preparado porque eres responsable de personas que dejaron todo para estar ahí. Cuando alguien siente que no puede más, tu trabajo es acompañarlo y demostrarle que sí puede seguir”, sostiene. 

Cada edición reúne a participantes que viajan miles de kilómetros para integrarse a la travesía.

Dirigir Fireflies supone así una dedicación continua que comienza apenas finaliza cada versión, equilibrando planificación, entrenamiento y vida personal. “Fireflies te obliga a estar en tu mejor versión física y mental. No puedes liderar desde la debilidad”.

Esa coherencia es parte de lo que ha permitido consolidar una comunidad internacional que año a año reúne ciclistas provenientes de Europa, Norteamérica y Sudamérica, muchos de ellos alejados de la lógica competitiva del deporte tradicional. “Muchos llegan porque sienten la necesidad de devolver algo a través del deporte, de conectar con territorios y comunidades que normalmente quedan fuera del mapa”, explica, describiendo una motivación compartida que termina convirtiendo la travesía en una experiencia colectiva de sentido más que en un desafío individual.

Ese enfoque ha generado vínculos duraderos entre participantes y comunidades visitadas. Cruces cordilleranos, rutas patagónicas extremas y largas jornadas compartidas terminan construyendo relaciones que sobreviven al viaje. Para él, ahí reside la verdadera dimensión del proyecto.

Auto de apoyo Copec : en camino a paso fronterizo Futaleufu, para cruzar a Argentina, Fiteflies Pataginia 2024

Al mirar hacia adelante, su reflexión vuelve siempre al mismo punto. “El deporte salva. Te mantiene vivo, te enseña humildad y disciplina, pero también te conecta con otros”, sostiene con emoción. 

En su experiencia, el movimiento físico termina convirtiéndose en una forma de conciencia personal y colectiva. Fireflies sintetiza esa idea en un recorrido donde exploración, ayuda social y comunidad convergen de manera natural. Pedalear deja entonces de ser rendimiento o desafío individual y se transforma en un acto compartido, capaz de generar bienestar, vínculos humanos profundos y oportunidades reales en territorios aislados. 

Para Polo Luisetti, ese es finalmente el legado posible: demostrar que el deporte, cuando se practica con propósito, puede convertirse en una expresión concreta de cuidado, colaboración y sentido, una manera de habitar el mundo con mayor responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás.

Historias que definen el espíritu Fireflies

Más allá de los kilómetros recorridos o de los fondos recaudados, Fireflies Patagonia se construye a partir de experiencias humanas que, según Polo Luisetti, explican mejor que cualquier cifra el sentido del proyecto. Son episodios ocurridos en ruta, muchas veces en condiciones extremas, donde el deporte deja de ser esfuerzo individual y se transforma en convicción colectiva.

Como parte de Sea to Summit Atacama, la comunidad
indígena Colla de Agua Dulce mantiene viva una forma de vida
ancestral. Nos recibieron con una hospitalidad conmovedora;
llegamos con una biblioteca, cascos para los más jóvenes, café
por un año para su sede social y un hospital móvil.

Una de las historias que más lo marcó ocurrió durante una edición realizada en el volcán Osorno. En plena tormenta, uno de los riders estadounidenses sufrió una fuerte caída tras chocar con otro ciclista, resultando con la clavícula fracturada, costillas rotas y lesiones en la mano. A pesar de contar con los medios para regresar inmediatamente a su país, decidió permanecer en Chile, operarse en Osorno y reincorporarse días después a la expedición. 

“Apareció nuevamente con nosotros para la última subida. Tenía el brazo inmovilizado y aun así dijo que iba a subir igual. Me mostró una foto de su madre en la bicicleta y me dijo que lo hacía por ella, porque estaba luchando contra un cáncer. Esa determinación es Fireflies”, recuerda Luisetti. El equipo completo terminó acompañándolo hasta la cima, empujando y sosteniendo su avance. La imagen de seis ciclistas ayudándolo a completar la etapa quedó como símbolo del espíritu del proyecto.

Otra fuente constante de motivación proviene de las comunidades que esperan el paso de la caravana. En distintos pueblos de la Patagonia, niños y familias reciben a los riders con pancartas y cartas escritas a mano agradeciendo el apoyo entregado a escuelas y programas locales. “Guardamos esos mensajes porque resumen todo. Ver a los niños esperándonos, grabando videos o acompañándonos algunos kilómetros en bicicleta es algo imposible de olvidar. Ahí entiendes realmente por qué haces esto”, señala.

Recepción de en Liceo Conaripe donde donamos 80 computadores y biclioteca. Fireflies Patagonia 2026.

Entre las historias recientes destaca también la participación de Adolfo Almarza en la edición 2024. Durante una jornada marcada por lluvia intensa y granizo en la ruta hacia La Junta, las prótesis que utiliza para pedalear se soltaron producto de las condiciones climáticas, provocando una caída. Aun así, continuó la travesía sin dramatizar la situación. “Se levantó sonriendo, sin quejarse, y siguió adelante. Esa actitud, esa capacidad de avanzar pese a todo, es profundamente inspiradora para todo el grupo”, relata Luisetti.

Las escenas se repiten año tras año cuando Fireflies llega a localidades aisladas del sur de Chile. Tras las actividades comunitarias, niños y familias locales son invitados a pedalear junto al equipo algunos kilómetros desde la plaza del pueblo. Ese acompañamiento espontáneo, bicicletas pequeñas mezcladas con riders internacionales, se ha convertido en uno de los momentos más significativos de cada expedición. “Esa energía, esas sonrisas y esa sensación de comunidad son únicas. Ahí está la razón real por la que seguimos haciendo Fireflies”, concluye.