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Parque Guay Guay: El deporte como herramienta para recuperar los espacios

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El proyecto impulsado por José Tomás Valenzuela propone una forma distinta de usar la naturaleza, donde infraestructura, acceso y conservación dejan de competir y empiezan a operar juntos

Antes de ser un parque, Guay Guay era un terreno tensionado, ubicado en Chicureo. Basura acumulada, ganado sin control y huellas de un incendio reciente configuraban un espacio que no estaba siendo ni habitado ni protegido: un lugar en deterioro. En ese contexto, la pregunta no era solo qué hacer con el terreno, sino cómo intervenirlo sin repetir una lógica que históricamente ha operado de forma desordenada sobre el territorio.

El proyecto se articula desde el deporte, pero no se limita a eso. “Guay Guay nace desde nuestra pasión por el deporte al aire libre y la necesidad de contar con un espacio adecuado para practicarlo de forma segura, ordenada y en conexión con la naturaleza. No existían suficientes lugares pensados realmente para deportistas, con rutas bien diseñadas y una experiencia de calidad. Además, el predio estaba muy afectado, entonces decidimos desarrollar un proyecto que no solo respondiera a esa falta de infraestructura, sino que también recuperara y pusiera en valor el entorno”, explica José Tomás Valenzuela, uno de los dos socios del proyecto y también responsable de otros proyectos outdoor como Parkland. 

Pista Litre, mirador Halcón. Foto Santiago Alcalde.

Esa decisión se traduce en cómo se concibe el espacio. No como una adaptación de senderos existentes, sino como una construcción planificada. “Queríamos desarrollar una infraestructura que en Chile prácticamente no existía, un parque pensado específicamente para deportes outdoor, no improvisado sobre senderos existentes. Crear rutas con lógica deportiva, medibles, progresivas, con distintos niveles y estándares de seguridad, donde realmente se pueda entrenar”, sostiene. La diferencia no está solo en la calidad, sino en la intención detrás del diseño.

En ese marco, el deporte funciona como una forma de activar el territorio, pero también de ordenarlo. “Creemos que actividades como el trail, el trekking y el MTB son una forma poderosa de conectar a las personas con el entorno. Desde ahí, la conservación aparece de manera natural, porque cuando las personas usan y disfrutan estos espacios, también desarrollan una mayor conciencia por cuidarlos”, plantea. No se trata de sumar uso, sino de estructurarlo.

Ese equilibrio entre acceso y cuidado no se deja al comportamiento individual. Se construye desde la planificación. “Se logra desde el diseño del parque y la forma en que se organiza el uso deportivo. Las rutas se planifican para evitar cruces innecesarios, sobreuso de zonas y para que funcionen bien en términos deportivos. En simple, el deporte se diseña dentro del espacio, en vez de que el espacio se adapte de forma desordenada al deporte”, explica. 

Don Julio, de las especiales de enduro del inaugural fest.

Esa lógica también define qué prácticas tienen cabida dentro del parque. No es un espacio abierto a cualquier uso, sino un entorno donde las disciplinas se integran según el terreno y el diseño: “Se definen por el tipo de terreno, el diseño de las rutas y la experiencia que queremos generar. Pensamos el parque como un entorno outdoor versátil, donde puedan convivir distintas prácticas, siempre priorizando la seguridad y el respeto por el entorno”.

El punto donde el deporte empieza a construir algo más

El impacto de ese diseño empieza a aparecer en la experiencia de quienes lo usan. “Uno de los efectos más relevantes ha sido la construcción de comunidad. El parque se ha transformado en un punto de encuentro donde interactúan personas con distintos niveles, pero con un interés común por el deporte y la naturaleza. También hemos trabajado con colegios, lo que permite acercar estas experiencias a estudiantes en un entorno distinto, más activo y experiencial”, explica Valenzuela. 

Profundiza que el parque se proyecta en una escala mayor: “El objetivo es consolidar un nuevo polo outdoor en la zona norte de Santiago, que no solo concentre actividad deportiva, sino que también articule comunidad, educación y vida al aire libre en un mismo lugar”.

Pista Don julio. Foto Santiago Alcalde.

“Este tipo de espacios influye en el nivel porque cambia las condiciones en las que se entrena. Cuando tienes rutas diseñadas, progresión de dificultad y un entorno ordenado, se facilita la constancia, la mejora técnica y la formación de hábitos. Además, al concentrar distintos niveles, se genera un efecto comunidad que eleva el estándar general”, relata. 

Ese mismo entorno se vuelve clave en la formación temprana. “Guay Guay puede ser un punto de entrada al deporte outdoor. Hoy tenemos convenios con colegios y escuelas de MTB, y una parte importante de nuestras membresías son niños. Eso refuerza la idea de que este es un espacio donde se están formando las próximas generaciones”, sostiene. La base del deporte empieza a desplazarse hacia espacios más estructurados.

El desarrollo del proyecto, sin embargo, no estuvo exento de dificultades. “La principal fue la permisología. Estuvimos más de tres años en procesos con distintos organismos, fue largo, complejo y costoso. Hubo momentos desafiantes, pero la convicción de que esta infraestructura era necesaria fue lo que nos permitió avanzar”. 

Pumptrack, contamos con 2 pumptrack Asfaltados. Uno para adultos y otro para niños. Es el favorito de las escuelitas de mountainbike. Foto Santiago Alcalde.

En ese recorrido, el proyecto va definiendo su propia lógica de crecimiento. No se plantea como un modelo replicable en serie, sino como un sistema adaptable: “Guay Guay tiene un poco de ambas cosas. Responde a condiciones específicas del territorio, porque cada lugar tiene su propia geografía y personalidad. Nosotros no buscamos replicar formatos, sino adaptarnos a cada terreno. Cada proyecto es único”. 

Esa adaptación se refleja también en las decisiones concretas de construcción. “El modelo es replicable en su lógica, pero no en su forma. Lo importante es leer el territorio y transformarlo en una experiencia deportiva. En este caso, reutilizamos más de 8.000 polines de madera y es el primer proyecto que desarrollamos 100% off-grid, funcionando con energía renovable”, manifiesta Valenzuela. La infraestructura no solo ocupa el espacio, también dialoga con él.

En un escenario donde el uso del territorio suele avanzar sin planificación o en conflicto con su conservación, Guay Guay propone otra forma de intervenir. No elimina la tensión entre acceso y cuidado, pero la organiza. Y en ese orden, el deporte deja de ser solo práctica para transformarse en una herramienta que estructura, activa y sostiene el lugar en el tiempo.

La Casa de las Diosas: la expedición chilena que abrió una nueva ruta en el Mini Asgard

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Durante 30 días, Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard atravesaron el Penny Ice Cap en Baffin Island, escalaron el Mini Asgard por una ruta inédita y construyeron una expedición donde el proceso terminó siendo tan importante como la cumbre.

En una expedición así, el cansancio no aparece de golpe, se acumula en las horas caminando sobre hielo, en el peso constante del trineo, en los cruces de ríos sobre glaciares y en la repetición diaria de avanzar bajo condiciones que cambian todo el tiempo. Mucho antes de cualquier cumbre, la travesía ya está ocurriendo ahí.

La expedición liderada por Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard cruzó el Penny Ice Cap, en Baffin Island, durante cerca de 30 días. En ese recorrido realizaron la primera ascensión del Mini Asgard y también escalaron el Monte Asgard, el Monte Loki y el Monte Freya, en uno de los territorios más remotos y expuestos del Ártico canadiense.

La preparación comenzó mucho antes de entrar al glaciar. Pachi Ibarra y Celine Jaccard se habían conocido trabajando como guías en la Antártica y desde ahí empezó a tomar forma la idea de viajar al norte canadiense para explorar nuevas líneas. “Primero nos reunimos en Squamish para escalar juntas y afinar aspectos técnicos. Después fuimos a Ottawa para hacer las últimas compras para un mes completo de expedición. Ya en Baffin organizamos el equipo, armamos los trineos, definimos kits de reparación y partimos hacia el glaciar”, recuerda Ibarra.

El acceso al Parque Nacional Baffin Island tampoco fue directo. La cordada avanzó primero por un fiordo y luego recorrió más de 90 kilómetros sobre glaciares cargando todo el equipo necesario para sostener la expedición durante semanas. Ahí es donde la experiencia empieza a cambiar de escala y el desgaste físico se vuelve parte permanente del viaje.

Para Violeta Sepúlveda, los momentos más complejos no estuvieron necesariamente en la pared. “Los días más duros fueron probablemente las jornadas largas caminando por los glaciares. Solo la aproximación al campamento base del Asgard fueron cerca de 85 kilómetros en seis días, cargando el trineo y cruzando muchos pequeños ríos”, recuerda.

El cansancio se fue acumulando con los días. “El último día de la expedición fue especialmente duro porque ya estaba mucho más cansada. Llevar el trineo en bajada puede sonar más fácil, pero no lo es, porque se viene contra las piernas y golpea fuerte. Para mí era la primera vez tirando un trineo y resultó ser mucho más duro de lo que imaginaba”, cuenta entre risas, alejándose del tono épico que muchas veces rodea este tipo de expediciones.

Ahí aparece una parte importante de la identidad del viaje. Más que una narrativa heroica, lo que atraviesa el relato es la experiencia concreta de convivir con el desgaste, el clima y la incertidumbre en un territorio que obliga a adaptarse constantemente.

La Casa de las Diosas

Aunque la escalada era una de las motivaciones centrales de la expedición, la lógica del viaje nunca estuvo puesta solamente en conseguir cumbres. “Lo principal para nosotras era absorber el entorno, escalar juntas, dejarnos sorprender por lo que Baffin tuviera para ofrecernos y explorar terreno sin ascensos previos”, explica el registro de la expedición.

Durante las primeras semanas, la cordada aprovechó las ventanas de buen tiempo para escalar distintas líneas en el Monte Asgard y el Monte Freya. “La verdad es que hay mucho para escalar aquí. Uno va avanzando por el glaciar y alrededor está lleno de paredes de granito, realmente hermoso”, cuenta Pachi Ibarra sobre uno de los aspectos que más marcó la experiencia.

Motivadas por los resultados que habían conseguido hasta entonces, pusieron también la mirada sobre el Monte Loki. “Eso significaba unos 15 o 16 largos de escalada de alta calidad y muy técnica, pero lamentablemente una lluvia inesperada en la pared no nos permitió terminar la ruta”, explica Pachi. El clima, como suele ocurrir en Baffin Island, volvió a alterar los planes.

Fue después de esos intentos frustrados cuando decidieron regresar al Mini Asgard, una formación que ya habían explorado parcialmente durante los primeros días de expedición. Tras esperar durante jornadas enteras dentro de la carpa por mejores condiciones, finalmente lograron abrir la línea que bautizaron como “La Casa de las Diosas”.

La ruta recorre siete largos sobre fisuras, diedros, roca húmeda, techos y secciones expuestas, en una línea sostenida que exigió resistencia física, precisión técnica y mucha confianza dentro de la cordada. Pero para ellas, el significado de esa apertura parece ir más allá del registro deportivo.

Baffin Expedition

“Creo que para nosotras significó aventura, divertirnos en lo desconocido y movernos en un mundo completamente distinto. También fue un desafío deportivo y mental de ir a un lugar donde nadie había estado y usar nuestra propia experiencia para encontrar la ruta”, explica Violeta.

En expediciones de este tipo, la progresión no depende solamente de la capacidad física o técnica. También aparece la intuición. “Me gustó mucho poder usar nuestro instinto para avanzar, sin expectativas más allá de intentarlo y disfrutar el proceso”, sostiene. En un entorno donde las condiciones cambian constantemente y no existe control total sobre lo que ocurre, avanzar también implica aceptar lo incierto.

Explorar sin referencias

Baffin Island ocupa un lugar casi mítico dentro del montañismo y la escalada mundial. Paredes gigantes, glaciares interminables y condiciones extremas han convertido la zona en un territorio asociado históricamente a expediciones masculinas y altamente técnicas. En ese contexto, la presencia de mujeres liderando este tipo de travesías todavía sigue siendo menos frecuente de lo que parece.

Baffin Expedition

 

“Para mí siempre ha sido inspirador ver a otras mujeres haciendo cosas entretenidas en la naturaleza, en cualquier deporte. Personalmente me siento motivada y capaz cuando veo a otras mujeres haciendo cosas que muchas veces pensé que yo no podía hacer”, sostiene Violeta.

Esa experiencia se vuelve todavía más visible en disciplinas como el montañismo. “En un mundo que ha estado dominado por hombres durante muchos años, ver a otras mujeres haciéndolo nos contagia confianza y ganas de salir a explorar con amigas”, reflexiona. El impacto no pasa necesariamente por transformar el deporte de inmediato, sino por ampliar la percepción de quiénes pueden habitar estos espacios.

En ese sentido, la expedición también funciona como representación de una generación que empieza a relacionarse distinto con la montaña. Más horizontal, menos obsesionada con la conquista y más conectada con la experiencia completa del viaje. El registro del proyecto, apoyado por Patagonia, muestra no solo escalada, sino también logística, convivencia, cansancio y exploración cotidiana.

Durante parte de la travesía colaboraron además con un equipo de glaciólogos transportando datos de monitoreo climático a distintos puntos de la isla, en una expedición donde la exploración convivió constantemente con el aislamiento y las condiciones cambiantes del territorio. Incluso, a la salida del glaciar, un encuentro inesperado con un oso polar volvió a recordarles la dimensión salvaje del lugar.

Ese equilibrio entre exigencia y disfrute atraviesa todo el relato. No aparece la necesidad de exagerar la dificultad ni de romantizar el sufrimiento. Lo que queda es algo mucho más cercano a la experiencia real de expedición; avanzar, resolver, cansarse, improvisar y seguir moviéndose.

La primera ascensión del Mini Asgard quedará registrada dentro de la historia de Baffin Island. Pero para ellas, el sentido del viaje parece haber quedado en otro lugar. En la posibilidad de explorar sin referencias claras, confiar en la propia experiencia y construir montaña desde una lógica donde la aventura compartida termina siendo tan importante como la cima.