jueves, agosto 27, 2026
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Dominique Ohaco: El momento de mirar el camino recorrido

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El cortometraje “When I Grow Up” utiliza el esquí como punto de partida para hablar sobre el paso del tiempo, la incertidumbre de construir un camino propio y la manera en que la montaña termina moldeando una forma de entender la vida. 

Hay una imagen que se repite a lo largo de “When I Grow Up”. No es un salto, una competencia ni una maniobra que desafía la gravedad. Es una niña que observa la montaña con la curiosidad de quien todavía no sabe cuánto cambiará su vida ese paisaje. 

Años después, Dominique Ohaco mira esa misma escena desde otro lugar. Ya no es la adolescente que comenzaba a descubrir el freestyle ni la deportista que perseguía resultados internacionales. Es una mujer que decidió detenerse por un momento para revisar el camino recorrido y entender cómo el deporte terminó convirtiéndose en el hilo conductor de su historia.

El documental, filmado y dirigido por Cristóbal Ruiz, no busca responder cuántas medallas ha conseguido, en qué Juegos Olímpicos participó o cuáles han sido sus mejores temporadas. Esas respuestas están disponibles en cualquier biografía. Lo que propone es algo menos evidente: explorar cómo una vida dedicada al deporte también está hecha de incertidumbres, cambios de rumbo, frustraciones y aprendizajes que rara vez aparecen en los resúmenes de una carrera.

La idea llevaba años dando vueltas en su cabeza. Desde que decidió dedicarse profesionalmente al esquí, convivió con una sensación permanente de incertidumbre. En Chile, donde los deportes de nieve se desarrollan con temporadas breves y una estructura mucho más pequeña que la de los grandes países alpinos, proyectar una carrera de largo plazo nunca ha sido una decisión sencilla.

“He tenido momentos de enamorarme del esquí y momentos de odiarlo”.

«Ser deportista en Chile es bastante complicado y realmente vivir del deporte es un sueño imposible, pero posible», dice. La frase no aparece como una queja. Más bien resume el escenario en el que comenzó a construir su carrera, “cuando todavía no existían demasiados ejemplos que demostraran que ese camino podía transformarse en una profesión”.

Ese contexto explica por qué “When I Grow Up” terminó alejándose de la lógica habitual de las películas deportivas. “Nunca quise hacer un registro de competencias ni una sucesión de imágenes espectaculares. Me interesaba construir un relato capaz de transmitir aquello que normalmente queda fuera, como las emociones, las dudas y las razones que te llevan a seguir adelante incluso cuando el futuro parece incierto”, relata.

Un reencuentro con los sueños de infancia  

Durante el proceso de grabación ocurrió algo que terminó marcando el tono del documental. Ver a la actriz que interpreta su infancia fue, en cierta forma, encontrarse nuevamente con la niña que imaginaba una vida entre montañas sin saber si aquello era realmente posible. Esa distancia entre la ilusión y la realidad se convirtió en uno de los motores de la película.

“La montaña es donde paso el 90% del tiempo, así que se podría decir que es mi casa”.

«Esos sueños que tenía de chica se lograron cumplir y con la perseverancia en el deporte llegué a poder hacer lo que más me gustaba y vivir de eso», recuerda. La reflexión no tiene el entusiasmo de quien celebra una meta alcanzada. Se parece más a la mirada tranquila de alguien que entiende que muchas veces el sentido de un recorrido sólo aparece cuando es posible observarlo con perspectiva.

Esa perspectiva también le permitió revisar una relación con el deporte que ha estado lejos de ser lineal. Competir durante tantos años implica convivir con períodos de crecimiento, lesiones, frustraciones y dudas. En el relato de Dominique no existe la idea de una carrera perfecta. Al contrario. Reconoce que hubo momentos en los que el esquí dejó de ser un refugio y pasó a convertirse en una carga.

«He tenido momentos de enamorarme del esquí y momentos de odiarlo. No siempre es la vida soñada como uno la muestra en las redes. He ido creciendo con el deporte y aprendiendo no solamente cosas buenas al esquiar; también ha forjado mi personalidad, mi forma de enfrentar las lesiones y los momentos difíciles”, sostiene.  

Cuando habla de crecer, Dominique evita asociarlo únicamente con la edad o la experiencia competitiva. Para ella, crecer significa atravesar distintas etapas y aceptar que cada una deja enseñanzas diferentes. Hay momentos de avance y otros de retroceso. Etapas donde todo parece fluir y otras donde las preguntas pesan más que las respuestas. Esa evolución, dice, no ocurre solamente dentro del deporte. También moldea la vida cotidiana, la personalidad y la forma de enfrentar los desafíos.

“No existía el equipo nacional de freestyle. Fuimos creando todo desde cero”.

Explica que «era un poquito más allá de solamente estar esquiando o solamente andando en bicicleta. Me interesaba mostrar cómo se empezaron a conectar estos dos deportes. A mí me gusta mucho hacer proyectos y transmitir esa emoción, cómo hacer que la gente se ponga los pelos de punta y pueda sentir lo que yo siento cuando estoy practicando. Por eso el proyecto involucra mucho los sonidos y otro tipo de imágenes, no solamente mostrar a una persona haciendo deporte». 

Esa búsqueda también explica el tratamiento visual del documental. En lugar de construir una película centrada exclusivamente en la acción, Dominique quiso que el espectador experimentara algo parecido a lo que siente cuando está en la montaña. El sonido del viento, la respiración antes de un descenso, el roce de los esquís sobre la nieve o el silencio que antecede una decisión importante adquieren tanto protagonismo como las imágenes.

«Quería que la gente pudiera sentir esa emoción por el deporte que es lo que yo siento cuando estoy practicando», cuenta. Esa decisión transforma al documental en una experiencia sensorial antes que en una sucesión de maniobras. El deporte aparece, pero nunca monopoliza el relato. Lo importante es aquello que ocurre alrededor de cada descenso.

«La montaña es donde paso el 90% del tiempo, así que se podría decir que es mi casa. Aunque esté en distintas montañas y en distintos lugares del mundo, siempre tienen eso en común: estoy en la naturaleza. Son lugares increíbles, pero también lugares donde muchas cosas pueden salir mal. Está el tema de las avalanchas, las condiciones cambian y uno nunca sabe cuándo la naturaleza te va a dar un golpe de vuelta, así que siempre hay que enfrentarla con mucho respeto», reflexiona. 

«Siempre fue un camino de ir viendo que sí se podían hacer las cosas».

Sin embargo, esa cercanía nunca derivó en exceso de confianza. Al contrario. Los años le enseñaron que la naturaleza siempre conserva un margen de incertidumbre imposible de controlar. Habla de avalanchas, de cambios repentinos en las condiciones y de decisiones que deben tomarse con calma, incluso después de miles de horas de entrenamiento. La experiencia, dice, no elimina el riesgo; simplemente entrega más herramientas para enfrentarlo.

Ese respeto se volvió especialmente importante a medida que comenzó a explorar nuevas disciplinas fuera de la competencia tradicional. El backcountry, donde el terreno natural reemplaza a las pistas preparadas, abrió una dimensión completamente distinta de la montaña. Allí el desafío ya no depende únicamente de la técnica. También exige leer el entorno, interpretar la nieve, comprender el clima y asumir que cada salida requiere preparación y criterio.

El cortometraje también deja entrever otra faceta menos conocida. A Dominique le interesa cada vez más contar historias. No solamente protagonizarlas. La construcción visual de “When I Grow Up”, el cuidado por el sonido y la manera en que la película privilegia las emociones por sobre la espectacularidad hablan de una deportista que entiende el poder del lenguaje audiovisual para acercar la experiencia de la montaña a públicos que quizá nunca se calzarán unos esquís.

En ese sentido, la película funciona como un puente. Quienes conocen su trayectoria encontrarán una mirada más íntima sobre una carrera que normalmente se resume en resultados. Quienes se acerquen por primera vez descubrirán una historia donde el deporte aparece como una herramienta para hablar de crecimiento, incertidumbre y transformación.

Antes de despedirse, Dominique vuelve a mirar hacia adelante. No habla de un objetivo específico ni de una competencia en particular. Prefiere mantener abierta la posibilidad de seguir explorando. «Siempre se me han abierto puertas y todo eso viene del entrenamiento y del tiempo que inviertes en lo que estás haciendo. En el mundo de la bicicleta estoy siempre evolucionando, tratando de ir a los eventos más importantes de freeride, así que siempre dando un paso hacia adelante».

 

«Siempre se me han abierto puertas y todo eso viene del entrenamiento y del tiempo que inviertes en lo que estás haciendo».

No parece una declaración improvisada. Resume la manera en que ha construido su carrera desde el comienzo: sin dar nada por asegurado y entendiendo que cada nueva etapa exige volver a aprender.

Al terminar When I Grow Up queda la sensación de que el verdadero viaje no ocurre entre una montaña y otra. Ocurre en la forma en que una deportista aprende a reconciliarse con su propia historia. Dominique Ohaco ya no necesita demostrar que era posible construir una carrera desde Chile. Esa respuesta quedó atrás hace tiempo. Hoy su interés parece estar en otra parte: seguir descubriendo qué preguntas aparecen cuando el deporte deja de ser solamente una meta y se convierte, simplemente, en una forma de habitar el mundo.

Abrir camino

Cuando Dominique Ohaco comenzó a competir, el freestyle prácticamente no existía como disciplina organizada en Chile. No había referentes, tampoco una estructura que indicara cómo construir una carrera internacional. «No existía el equipo nacional de freestyle, no existía competir en las Copas del Mundo ni en los Juegos Olímpicos. Fue todo un camino que fuimos descubriendo y desarrollando de a poco, con mucha incertidumbre porque no tenía cómo comprobar que se podía lograr».

«Chile tiene montañas increíbles, pero la temporada dura muy poco».

A ese escenario se sumaba una realidad difícil de esquivar. Mientras en Europa o Norteamérica muchos deportistas crecían esquiando durante buena parte del año, en Chile las condiciones eran muy distintas. «Chile tiene montañas increíbles, pero la temporada dura muy poco. Uno compite con gente que vive en pueblos de montaña, que esquía todos los días durante seis meses. Incluso hay niños que van al colegio en las tardes o que no tienen clases en invierno para poder entrenar». Aun así, Dominique optó por avanzar paso a paso. «Siempre fue un camino de ir viendo que sí se podían hacer las cosas».

Esa experiencia también terminó marcando el tono de When I Grow Up. El documental deja en segundo plano los resultados para detenerse en los procesos y en las transformaciones personales que acompañan una carrera deportiva. «Crecer es ir pasando las diferentes etapas de la vida y en cada una ir aprendiendo algo en relación con el deporte. Hay momentos de retroceso, momentos de avance, y eso va forjando no solamente la parte deportiva, sino también la parte personal».

Hoy, esa búsqueda continúa lejos de la idea de una meta definitiva. Además del mountain bike, Dominique ha comenzado a explorar el backcountry como una nueva forma de relacionarse con la montaña. «Estoy involucrada cada vez más en lo que es el backcountry, que es aprender todo un mundo nuevo». Para ella, seguir avanzando no significa repetir el camino recorrido, sino mantener la curiosidad por descubrir nuevos territorios, nuevas disciplinas y nuevas maneras de habitar la montaña.

Tomás Holscher: Construyendo el camino hacia lo más alto

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Después de debutar en Milano-Cortina 2026, el esquiador chileno proyecta el siguiente paso de una carrera construida a partir de pequeñas metas, perseverancia y una convicción que nació mucho antes de competir con los mejores del mundo.

Mucho antes de ponerse un dorsal olímpico, Tomás Holscher ya conocía el sonido del despertador a las cuatro de la mañana. No era para entrenar ni para viajar a una competencia, sino para sentarse junto a su papá frente al televisor y seguir las carreras de la Copa del Mundo que se disputaban al otro lado del planeta. 

Mientras la mayoría de sus amigos dormía, él descubría un deporte que, hasta ese momento, todavía no terminaba de entusiasmarlo. Aquellas mañanas cambiaron lentamente la forma en que miraba el esquí. Paradójicamente, durante sus primeros años no disfrutaba demasiado entrenar. «Cuando era chico no me gustaba mucho esquiar y durante mis primeros años iba a entrenar casi por obligación. Eso empezó a cambiar cuando tenía diez años y comencé a ver carreras de Copa del Mundo con mi papá. Nos despertábamos a las cuatro de la mañana por la diferencia horaria con Europa para no perdernos ninguna bajada”, recuerda con nostalgia. 

En ese momento, dice, “competir ahí parecía algo demasiado lejano, incluso imposible”. Pero ese cambio de perspectiva no ocurrió únicamente frente a una pantalla. También tuvo mucho que ver con el ambiente en que creció. En su casa el esquí era parte de la vida cotidiana y sus tres hermanos mayores recorrían un camino que él observaba con admiración. 

Santiago Bahamonde-Carrera de Slalom en los Juegos Olimpicos. Segunda manga partiendo cuarto. Mi mejor bajada de los Juegos

Más que imponerle una meta, le demostraron que era posible construir una carrera deportiva desde Chile. Relata que «ellos no solo me empujaron a mejorar. Me convencieron de que era posible competir al más alto nivel porque lo estaban haciendo. Me acompañaron en cada paso del camino, corrigiendo mi esquí, entrenando conmigo en la pista y en el gimnasio, motivándome cuando los malos resultados me hacían pensar que no era lo suficientemente bueno. Cada buen resultado de ellos era una motivación para algún día llegar a ese nivel».

Desde entonces aprendió a pensar el deporte de otra manera. En lugar de obsesionarse con un objetivo que parecía demasiado lejano, comenzó a dividir el camino en pequeñas metas. Cada temporada representaba un nuevo paso, una mejora técnica o una competencia distinta. «Siempre fui poniéndome objetivos a corto plazo y trabajando poco a poco para alcanzarlos. Esa motivación, que nació en mi familia, fue la que finalmente me llevó a los Juegos Olímpicos y la que todavía me impulsa a seguir mejorando», sostiene. 

Una nueva convicción 

El desarrollo de una carrera internacional también le implicó a Tomás Holscher reorganizar por completo su vida. Primero llegó el cambio a una academia especializada en Vermont, Estados Unidos, donde los estudios convivían con los entrenamientos diarios. Después vino un año dedicado exclusivamente al esquí y, próximamente, el inicio de una nueva etapa universitaria, nuevamente en Estados Unidos, integrando un equipo que le permitirá mantener el alto rendimiento mientras cursa una carrera. Cada decisión ha significado encontrar un equilibrio entre dos proyectos que avanzan al mismo tiempo.

«Mi prioridad es el esquí, pero también tengo muy claro lo importante que es sacar una carrera. Lo clave ha sido aprender a organizarme. En Vermont estudiábamos y entrenábamos al mismo tiempo, así que ahí entendí cómo manejar los tiempos para rendir en ambas cosas. Eso implica hacer sacrificios, perderse momentos con la familia o con los amigos, pero sé que son parte del camino para alcanzar mis objetivos», explica. 

Ese nivel de organización también transformó su preparación deportiva. La temporada 2025-2026 marcó un punto de inflexión cuando decidió establecer su base de entrenamiento en Europa y adaptar su calendario al de los equipos más competitivos del circuito. La apuesta significó reducir su temporada en Sudamérica, comenzar mucho antes los entrenamientos sobre nieve y dedicar más tiempo al trabajo físico. La decisión terminó dando resultados casi de inmediato.

“En las primeras etapas lo importante es que los niños lo pasen bien y quieran seguir esquiando”.
“En las primeras etapas lo importante es que los niños lo pasen bien y quieran seguir esquiando”.

Explica que «fue el cambio más importante que hice en mi preparación. Empecé la temporada europea mucho más temprano, alternando esquí con preparación física y llegando muy bien preparado a las carreras importantes desde diciembre en adelante. Aunque al principio los resultados no aparecían, yo sentía que el nivel estaba ahí. Solo faltaba que se reflejara en competencia”. 

Ese momento llegó a fines de diciembre de 2025. No fue la carrera más importante de su temporada ni el mejor resultado de su trayectoria, pero sí la que modificó su manera de competir. Después de varias semanas intentando trasladar el buen nivel de los entrenamientos a las competencias, decidió dejar de pensar tanto en el cronómetro y concentrarse simplemente en esquiar.

Holscher recuerda que “esa carrera como un punto de inflexión. Traté de pensar menos y simplemente disfrutar la bajada. Conseguí mi mejor resultado hasta ese momento y, sobre todo, la confianza que necesitaba para empezar a ser competitivo de manera constante. Unas semanas después, en las NorAm de Canadá, partiendo con el número 70, terminé cuarto y obtuve mis mejores puntos en slalom gigante. Ahí confirmé que todo el trabajo que venía haciendo estaba dando resultados». 

Ese rendimiento terminó abriéndole una oportunidad que pocos meses antes parecía improbable. La lesión de Henrik von Appen dejó vacante un cupo para los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina 2026 y Holscher fue el encargado de representar a Chile. Para muchos, la noticia podía interpretarse como un golpe de suerte. Él la entendió de otra manera: como la consecuencia de varios años preparando un momento que todavía no sabía cuándo iba a llegar.

Descubrir que era posible

Llegar a la Villa Olímpica fue mucho más que cumplir un calendario competitivo para Tomás. Por primera vez compartía el día a día con los mismos deportistas que durante años había visto por televisión. Los nombres que antes aparecían en una pantalla ahora entrenaban en la pista de al lado, desayunaban en el mismo comedor y recorrían los mismos pasillos. Sin embargo, la mayor sorpresa no estuvo en el nivel deportivo, sino en descubrir que la distancia entre ellos era mucho menor de lo que había imaginado.

«Estar ahí, viviendo con los mismos esquiadores a quienes normalmente solo veía por televisión, me di cuenta que son personas normales, con un nivel de esquí extraordinario pero no imposible de alcanzar si se siguen sus pasos. Obviamente hay muchísimas cosas que todavía puedo aprender, pero la base es la misma. Ellos llevan muchos años de preparación constante y a un nivel más profesional, que requiere mucho sacrificio y resiliencia, y al final eso es lo más importante en este deporte.”, reflexiona. 

“La próxima vez quiero estar ahí no solo como participante, sino como competidor”.

Esa constatación cambió la forma en que observa su propia carrera. Si antes el alto rendimiento parecía un horizonte distante, la experiencia olímpica terminó confirmándole que el objetivo es alcanzable: «Aunque era uno de los más jóvenes de los Juegos, hubo bajadas e intervalos donde estuve mucho más cerca de lo que pensaba. Eso me confirmó que estoy haciendo las cosas bien y que, si sigo esforzándome y perseverando, eventualmente voy a poder competir de igual a igual con ellos».

Construir una carrera en el esquí alpino, sin embargo, también implica enfrentar una realidad que va mucho más allá del entrenamiento. Es un deporte donde el acceso al equipamiento, los viajes y las temporadas en el extranjero requieren una inversión difícil de sostener para muchas familias. Holscher conoce esa realidad y cree que el principal desafío para Chile no está en apoyar a quienes ya llegaron, sino en quienes recién comienzan.

Holscher analiza que «lamentablemente es un deporte muy caro y eso genera una barrera enorme. Cuando uno ya está en el nivel más alto aparecen algunas posibilidades de financiamiento, pero el verdadero problema está antes, cuando todavía te estás formando. Para llegar al nivel donde empiezas a recibir apoyo necesitas muchos años de entrenamiento y muchos recursos. Como país tenemos que aprender a apostar a largo plazo, apoyando a los deportistas jóvenes para que no abandonen antes de tiempo».

Su diagnóstico también apunta hacia la manera en que se entiende la formación deportiva. A su juicio, existe una presión excesiva por conseguir resultados durante la infancia, cuando el foco debería estar puesto en construir una base sólida y, sobre todo, mantener vivo el entusiasmo por el deporte. 

«Hoy hay una obsesión con los resultados de corto plazo. Muchos entrenadores y papás están preocupados de la carrera del fin de semana, cuando la verdadera competencia empieza varios años después. Eso termina generando mucha presión y hace que algunos niños dejen de disfrutar el esquí o incluso abandonen. En las primeras etapas lo importante es que lo pasen bien, que quieran seguir y que construyan una buena base técnica», establece. 

Milano-Cortina tampoco modificó sus objetivos. Más bien reforzó una idea que viene construyendo desde hace años. Los Juegos no fueron una meta cumplida, sino una referencia concreta de hacia dónde quiere seguir avanzando. Haber estado allí le permitió entender cuánto falta, pero también cuánto ha avanzado.

“Me di cuenta que son personas normales, con un nivel de esquí extraordinario, pero no imposible de alcanzar si se siguen sus pasos”.

Al respecto señala que «hace varios años me propuse llegar a ser uno de los mejores del mundo y los Juegos me dieron una muestra de cómo se ve ese nivel desde adentro. Me motivaron todavía más. La próxima vez quiero estar ahí no solo como participante, sino como competidor. Sé que todavía necesito tiempo, por eso ahora mi objetivo es seguir creciendo, buscar medallas en los próximos Mundiales Junior y pelear el título del circuito NorAm».

Cuando habla del futuro, tampoco aparecen grandes discursos. Prefiere volver a la palabra que más repite durante toda la conversación: perseverancia. Sabe que la progresión en el esquí no responde a una línea ascendente y que los avances suelen convivir con semanas donde nada parece resultar. Esa experiencia, dice, es la que termina separando a quienes permanecen de quienes abandonan.

Pensando en los más jóvenes le pide que “crean que con esfuerzo y perseverancia es posible llegar a competir con los mejores. Este deporte tiene muchos altos y bajos. Cuando los resultados no aparecen es fácil frustrarse, pero todos los que están arriba también pasaron por esos momentos. Lo importante es seguir trabajando y no quedarse en el papel de víctima, porque siempre habrá alguien esforzándose igual o incluso más que uno». 

Mientras ese momento llega, Tomás Holscher sigue haciendo lo mismo que comenzó cuando era un niño: entrenar, estudiar y sumar pequeños objetivos que lo acerquen al siguiente desafío. Sigue levantándose de madrugada para mirar por televisión a los mejores esquiadores del mundo, ya que tiene mucho que aprender. Pero sabe que la distancia entre observar una carrera y ser protagonista de ella puede reducirse mucho trabajo y dedicación. Quizás esa sea la mayor enseñanza que le dejaron los Juegos Olímpicos: confirmar que el próximo descenso todavía está por venir.