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Agustín Veas: El impulso propio de una generación que crece en clave olímpica

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Con 11 años, el skater talquino entrena entre ciudades y proyecta presencia internacional en una escena chilena que ha elevado su nivel y competitividad. Su desarrollo combina formación autodidacta, roce internacional y una comunidad que empuja desde lo colectivo.

El skate llegó a la vida de Agustín Veas Gallardo en un momento doméstico y sin una épica que se sienta prefabricada. Fue después de la pandemia, con una tabla que apareció como regalo y una enseñanza inesperada de su padre. En ese inicio hay algo más que una anécdota familiar. 

Hay una forma de entrada que se repite en su generación, donde el acceso es más inmediato y el aprendizaje se acelera a partir de lo que circula en plataformas digitales. En su caso, ese tránsito pasó rápido de la curiosidad a la decisión. No se trataba solo de intentar trucos, sino de comprobar que podía replicar lo que veía y empezar a construir una lógica propia sobre la tabla.

Si bien cuenta que vive en Talca, su desarrollo ya no cabe en una sola ciudad. Su rutina se reparte entre entrenamientos diarios después del colegio, bloques intensivos en Santiago y viajes a Florianópolis, donde entrena con riders brasileños. Ese desplazamiento no es antojadizo sino parte del proceso. En Chile, reconoce, aún hay vacíos en formación técnica, especialmente en entrenadores especializados. Por eso, salir también es una forma de volver con herramientas nuevas. Lo que aprende afuera lo integra en sesiones marcadas por repetición, ajuste fino y consistencia.

Su generación creció con el skate ya instalado como disciplina olímpica desde Juegos Olímpicos de Tokio 2020, lo que redefine el punto de partida. Agustín no vivió la escena previa, pero entiende que ese pasado sostiene lo que hoy existe. Hay más infraestructura, mejores pistas y mayor circulación competitiva. El nivel sube, pero también cambia la conversación. 

Para algunos, el skate competitivo tensiona la esencia cultural. Para él, no hay contradicción. Lo entiende como un espacio compartido donde conviven quienes patinan por diversión y quienes buscan representar a su país.En esa lógica, competir en Chile no es solo medirse. Es también pertenecer a una comunidad que se activa en cada viaje a Santiago, donde entrenar es inseparable de encontrarse con otros. Ahí se empujan entre todos. Se corrigen, se observan, se exigen. 

Esa dimensión colectiva es la que sostiene su motivación, junto con una proyección que ya es concreta. Tiene en el calendario nuevos mundiales y una meta clara de posicionarse entre los mejores. No como una promesa abstracta o lejana, sino como resultado de un proceso que ya está en marcha: “Me gustaría poder estar entre los 100 mejores competidores y también empezar a prepararme para los Juegos Olímpicos de la Juventud”, sostiene. 

¿Cómo fue tu primer acercamiento al skate y en qué momento ese interés inicial se transformó en una decisión más seria de dedicarte a esto?

Empecé después de la pandemia, en un momento en que necesitaba hacer algo distinto. Mi abuela me regaló un skate y mi papá me empezó a enseñar, aunque yo no sabía que él andaba. Al principio era más por entretención, pero cuando empecé a darme cuenta de que podía hacer varios de los trucos que veía en YouTube o Instagram, algo cambió. Sentí que podía avanzar más y ahí empecé a tomármelo en serio.

¿Qué significa hoy para ti competir dentro del circuito chileno y cómo vives esos espacios más allá del resultado?

Competir en Chile es una forma de demostrarme a mí mismo y también a la gente que me conoce que puedo cumplir lo que me propongo. Cada vez que hay una competencia tengo que prepararme bien, viajar a Santiago y entrenar con mis amigos. Esos días son importantes porque no solo compites, también compartes, aprendes y te motivas con otros. Entre todos nos empujamos a mejorar.

Creciste en un contexto donde el skate ya era olímpico. ¿Cómo influye eso en tu manera de entender la disciplina y su cultura?

Yo nací en 2014 y cuando empecé a patinar, el skate ya era un deporte olímpico. No conocí tanto la cultura antigua, pero sé que es importante respetarla. Hay personas que piensan que el skate de competencia no representa lo que es el skate, pero yo lo veo distinto. Para mí es un espacio donde todos podemos convivir, los que patinan por diversión y los que quieren competir y representar a su país.

Tu entrenamiento combina distintas ciudades y hasta viajes internacionales. ¿Cómo estructuras ese proceso y qué buscas en cada etapa?

Tengo tres formas de entrenar. En Talca voy al colegio y después patino varias horas en la tarde, enfocándome en repetir trucos y mejorar la técnica. En Santiago entreno de forma más intensa, con jornadas largas donde trabajo potencia y rutinas para competencia. Y cuando siento que necesito avanzar más, viajo a Florianópolis a entrenar con seleccionados brasileños. Ahí aprendo cosas nuevas que después trato de aplicar cuando vuelvo a Chile.

En tu forma de andar, ¿cómo se va construyendo el equilibrio entre estilo personal y ejecución técnica?

Siento que el estilo se va formando con el tiempo, no es algo que aparece de inmediato. Igual me preocupo de que cada truco tenga algo mío, que se note una forma propia de patinar. Pero también es importante que los trucos sean limpios, que se vean bien ejecutados. Trato de mantener ese equilibrio.

¿Qué referentes han influido directamente en tu desarrollo y qué has tomado de cada uno?

En Chile, Marcelito Jiménez fue muy importante porque fue mi primer profesor y también compitió afuera, entonces me mostró un camino. Martín Jaque también me marcó, porque demostró que los más jóvenes podían alcanzar un nivel parecido al de otros países. Y de afuera sigo a Pedro Carvalho, que tiene un nivel muy alto.

Desde tu visión, ¿cómo ha evolucionado el nivel del skate chileno en los últimos años?

Hoy tenemos mejores condiciones para entrenar. Hay pistas de buena calidad y eso ayuda mucho a mejorar el nivel. Antes no era así, entonces también es importante reconocer a los que partieron sin esas facilidades. Gracias a eso ahora podemos avanzar más rápido.

¿Qué obstáculos has tenido que enfrentar para seguir progresando en este camino?

Uno de los principales problemas es que en Chile no hay tantos entrenadores especializados. Por eso es importante buscar oportunidades afuera. En Brasil, por ejemplo, he podido entrenar con personas que me ayudan mucho a mejorar y eso hace una diferencia grande.

En un deporte tan visual, ¿qué papel juegan las redes sociales en tu desarrollo y proyección?

Las redes sociales sirven mucho para ver cómo están otros skaters de mi edad en distintas partes del mundo. También son una forma de mostrar lo que hacemos acá en Chile. Es como una ventana que te conecta con otros y te permite aprender.

Pensando en el corto y mediano plazo, ¿qué objetivos te estás planteando dentro del skate competitivo?

Quiero seguir disfrutando el skate, conocer más gente y seguir mejorando. Este año tengo mi segundo mundial en Ostia y después otro en Asunción. Me gustaría poder estar entre los 100 mejores competidores y también empezar a prepararme para los Juegos Olímpicos de la Juventud, que podrían hacerse en Chile.

Benjamín Corral: el descenso como punto de partida

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Entre lesión, rendimiento y proyección internacional, el rider chileno reconfigura su carrera en un deporte donde el margen siempre es mínimo.

Antes de competir, el vínculo con la bicicleta ya estaba instalado. No como disciplina, sino como práctica constante, como una forma de moverse y entender el entorno desde chico. “Desde muy pequeño ando en bicicleta, es mi pasión. Inicié en el BMX freestyle a los 4 años y en paralelo siempre salía con mi familia al cerro. A los 10 años me motivé a comenzar en el mountain bike junto a mi hermano, con quien nos fuimos metiendo cada vez más en este mundo hasta conseguir una bicicleta de enduro para llegar a esas bajadas en el Panul y Peñalolén”, explica Benjamín Corral. Ese inicio no responde a una estructura formal, sino a un acceso natural al deporte.

Con el tiempo, esa práctica se vuelve competitiva, pero sin cerrar del todo el camino. “En 2016 comencé a competir en enduro y participé en varios campeonatos nacionales hasta 2024, logrando títulos en distintas categorías. También tuve la oportunidad de correr Copas del Mundo, donde destacó un tercer lugar Sub 21 en Crans-Montana”, detalla, marcando una progresión que convive todavía con la exploración.

“Para rendir a nivel competitivo se necesita mucho esfuerzo, tanto arriba como abajo de la bicicleta”.

El descenso aparece después, condicionado por factores que no siempre se consideran. “Siempre me llamó la atención, pero era difícil entrar, principalmente por no contar con camioneta, que es clave para practicar. Con el tiempo me fui enamorando del descenso, especialmente en el bike park de Chillán. Ahí entendí que esto era lo que realmente me apasionaba: conocer pistas nuevas, compartir con amigos y llevarme al límite”, explica . La decisión no es solo deportiva, también es logística.

Ese proceso se interrumpe de forma abrupta. “Un gran punto de quiebre fue un accidente de tránsito. Un auto no respetó un disco Pare y me chocó mientras iba en motocicleta. Sufrí una triple fractura expuesta, la amputación de un gemelo y una reconstrucción completa del tobillo”, relata. La pausa no es solo física, también instala una duda que atraviesa el proceso.

En ese contexto, la recuperación se convierte en parte de la carrera. “Estuve un mes hospitalizado y varios meses sin saber si volvería a andar en bicicleta. Fue un momento muy duro, pero también me entregó madurez y aprendizajes que hoy aplico en mi vida y en mi carrera deportiva”, explica, integrando esa experiencia dentro de su desarrollo como rider.

Lo que exige competir: más que velocidad y técnica

Esa experiencia también amplía la forma en que entiende el rendimiento. “Para poder rendir a nivel competitivo se necesita mucho esfuerzo, tanto arriba como abajo de la bicicleta. Hay que prepararse físicamente, entrenar técnica, entender el seteo y la mecánica, y además contar con respaldo económico”, plantea dejando en claro que el rendimiento no se limita a lo que ocurre en la bajada.

“Siempre me llamó la atención el descenso, pero era difícil entrar, principalmente por no contar con camioneta, que es clave para practicar este deporte”.

Ahí aparece también una dimensión que suele quedar fuera. “El apoyo de marcas y equipos es fundamental para potenciar el ciclismo. También es clave que nosotros como deportistas entendamos el marketing deportivo, sepamos proponer proyectos y darle valor a lo que hacemos”, agrega.

Su rutina actual responde a esa lógica más amplia. “Además de estudiar Kinesiología, realizo tres sesiones de preparación física a la semana y trato de andar en bicicleta al menos cuatro veces. Combino enduro en e-bike y entrenamientos específicos de descenso, porque eso me permite trabajar de manera integral”, detalla. 

El acceso al deporte, sin embargo, sigue marcando diferencias. “Se puede empezar de buena forma si se hace progresivo. Hoy hay más opciones de bicicletas, pero sigue siendo un deporte caro y de alto riesgo, por lo que avanzar con calma es clave para evitar lesiones”, explica, situando el punto de partida en una lógica más realista.

Las referencias aparecen como guía, pero también como espejo para Benjamín:“ Admiro a Amaury Pierron por su capacidad de volver después de lesiones y mantenerse en el más alto nivel”, dice. A nivel local, el vínculo es más cercano. “Pedro Burns logró resultados importantes y apoyo internacional, algo que muchos buscamos”. 

“Estuve varios meses sin saber si volvería a andar en bicicleta, fue un momento muy duro pero también me entregó madurez y aprendizajes”.

El 2024 se instala como un año de consolidación dentro de ese proceso. “Fue el año en que destapé como rider de descenso, gané varias competencias y clasifiqué a la final de la Copa del Mundo en Andorra”, recuerda, integrando resultados dentro de una progresión más larga.

Aun así, el vínculo con la bicicleta no se reduce a competir. “Lo que más me importa es disfrutar la adrenalina de cada bajada, conocer lugares y compartir con personas increíbles. Pero siendo honesto, cuando compito quiero ser el más rápido”, dice, manteniendo esa doble dimensión dentro de su forma de entender el deporte.

Esa misma lógica aparece cuando proyecta lo que viene: “Siento que mi carrera recién comienza. Terminando mi carrera universitaria, quiero dedicar el 100% a buscar mi mejor versión como rider y desarrollar proyectos personales junto a marcas”, explica.

En ese recorrido, el descenso no aparece como una meta final ni como un punto de llegada definitivo para Benjamín Corral. Se instala más bien como el espacio donde se cruzan todas las variables que han ido moldeando su carrera: el entorno, las condiciones, la lesión, el aprendizaje y la proyección.