jueves, agosto 27, 2026
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Pablo Hobon: enseñar antes que correr, formar antes que ganar

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Desde el campo en Talagante hasta una escuela que busca profesionalizar el mountain bike, su apuesta no está en el resultado inmediato, sino en construir una cultura técnica, consciente y sostenible en el tiempo.

Antes de ser rider, profesor o formador, Pablo Hobon fue un niño que aprendió a moverse sin método ni estructura y un ambiente ideal. “Crecí en el campo, subiendo árboles, corriendo detrás de caballos, cayéndome y volviendo a intentar”, recuerda. Esa relación temprana con el cuerpo, el riesgo y la naturaleza no fue un entrenamiento, pero terminó siendo una base. “Ahí se formó mi conexión con el movimiento, con la adrenalina y con la naturaleza”, dice, como si ese origen explicara todo lo que vino después.

La bicicleta apareció más tarde, en la parcela de su abuelo en Pirque, casi como una extensión natural de ese entorno. No había técnica ni planificación, pero sí repetición, intuición y juego. “Empezamos a construir pistas, a desafiarnos entre nosotros, a buscar cómo mejorar cada día”. Lo que hoy podría parecer entrenamiento, en ese momento era simplemente insistir. “Aprendíamos de forma totalmente natural, sin saber que estábamos entrando en el mundo del mountain bike”, relata. 

Ese aprendizaje autodidacta tuvo un punto de inflexión cuando entró a trabajar en una tienda de bicicletas. Ahí apareció otra capa: la del conocimiento técnico, el rendimiento, los componentes. “Conocí el otro lado del deporte”, explica. Poco después, en el Bike Park de La Parva, esa dimensión se volvió más compleja. Construir pistas y luego recorrerlas lo llevó a entender el deporte desde dentro. 

“Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

El giro definitivo llegó casi sin anuncio, a partir de un vínculo. Ignacio Rojo, uno de los referentes del mountain bike chileno, lo integró primero en la construcción de pistas y luego en clases: “Ahí apareció algo más estructural. Al principio era solo motivación, pero con el tiempo entendí que enseñar era algo que se me daba de forma natural”. No fue una decisión estratégica, sino un reconocimiento progresivo.

Esa transición redefine su carrera. Cuenta que siempre le llamó la atención entender el porqué de las cosas arriba de la bicicleta. “La enseñanza aparece entonces como una extensión lógica. La formación es una forma de dejar una huella mucho más profunda que solo competir”, sostiene.

“Enseñar implica responsabilidad. Es un deporte de alto riesgo y necesitas entender técnica, aprendizaje y cómo reaccionar ante un accidente”. Su diagnóstico sobre la enseñanza del mountain bike en Chile es directo: “Hay una confusión entre ser profesor y ser guía o paseador de cerro. No lo plantea como crítica superficial, sino como un problema estructural”.

Formar antes que rendir: técnica, seguridad y criterio

Para Pablo Hobon, la diferencia entre un rider formado y uno autodidacta no está solo en el nivel, sino en la comprensión. “El rider formado entiende lo que hace. Tiene herramientas: lectura de terreno, control corporal, toma de decisiones”. El autodidacta, en cambio, puede avanzar, pero con vacíos. “El problema aparece cuando el terreno se vuelve más exigente”.

“Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

Esa lectura conecta directamente con la seguridad. No como restricción, sino como conocimiento. “La seguridad no es evitar el riesgo, es saber enfrentarlo con herramientas”, explica. En su caso, esa responsabilidad se traduce en formación específica: primeros auxilios, manejo de trauma, preparación para escenarios complejos. “Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

La técnica, en ese contexto, deja de ser un accesorio y pasa a ser estructura. Explica que “la técnica lo es todo. No solo como ejecución, sino como lectura. “Es lo que transforma el miedo en decisión. Sin ella, la progresión es frágil. Puedes avanzar rápido, pero llega un punto donde te estancas o te expones”.

El trabajo con niños y jóvenes terminó de consolidar esa mirada. Ahí encontró un espacio donde el aprendizaje se vuelve más transparente: “Los niños aprenden sin prejuicio, se equivocan y vuelven a intentar. En contraste, los adultos cargan con miedo y vergüenza. “Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

Su propia experiencia escolar influye en ese enfoque. Formado en un entorno Waldorf, aprendió a respetar los tiempos individuales. Tuvo profesores que le ayudaron sin juicio, con paciencia, y eso es lo que busca replicar. La enseñanza, en su caso, no es solo técnica, también es contexto emocional.

Desde ahí proyecta su escuela, como una estructura más amplia. “Me gustaría que sea un colegio deportivo, una plataforma de formación integral”. El objetivo no es solo formar riders, sino personas. “Que entiendan el deporte como parte de la vida, que lo respeten y lo vivan de forma consciente”.

«No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste».

Ese enfoque también define su idea de impacto. El mountain bike, dice, es una herramienta. “Te enseña toma de decisiones, resiliencia, manejo del miedo. Si eso se transfiere fuera de la bicicleta, el alcance es mayor. Ahí el impacto va mucho más allá del deporte”.

En esa misma línea aparece su noción de legado, lejos de los resultados. “No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste, las herramientas que les dejaste y cómo influiste en su camino”. Es una definición que desplaza el foco. No hacia lo que se gana, sino hacia lo que permanece.

Hobon no construye su carrera desde la transmisión. Su apuesta es más lenta, menos evidente, pero también más estructural. En un deporte donde la progresión suele medirse en velocidad, su énfasis está en otra parte; en formar riders que entiendan lo que hacen, que sepan por qué lo hacen y que puedan sostenerlo en el tiempo.

ALZAR: cuando el bienestar deja de ser individual

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La comunidad liderada por Cate Ceccarelli y Francesca Munjin articula una nueva forma de entender el wellness basada en experiencia compartida, estructura flexible y sentido de pertenencia en expansión.

El cerro todavía está frío cuando el grupo comienza a moverse. No hay apuro ni instrucciones rígidas, pero sí una lógica que ordena lo que ocurre. “Para mí, todo parte por escuchar. Entender qué necesita el grupo, cómo se relacionan, qué les hace sentido. La idea de conexión no es única, ya que para algunas puede ser muy íntima, para otras más expansiva. Por eso es clave estar presente, conocer sus historias y ajustar la experiencia desde ahí, sostiene la creadora de contenido y actriz Cate Ceccarelli, una de las impulsoras de la iniciativa junto a Francesca Munjin.

En lo práctico, es observar si el grupo conecta desde lo físico o si la energía va por otro lado. Esa lectura constante es la base. “Y sobre las experiencias, buscamos que sean un espacio de goce sin exigencia, sin competencia ni comparación. Un momento de autocuidado, de disfrute personal y colectivo. Cuidar ese espacio es fundamental para que la experiencia sea realmente significativa”, explica Ceccarelli.

“Faltaba un espacio donde el bienestar no fuera individual, sino una experiencia compartida».

En Santiago, donde la oferta de bienestar se ha expandido con rapidez, la propuesta de ALZAR no se instala como una alternativa más, sino como una reorganización del sentido de esas prácticas. “Está muy enfocada en lo individual. Faltaba un espacio que combinara movimiento, naturaleza y comunidad de forma accesible y sostenida en el tiempo. Hay clases, talleres y eventos, pero no necesariamente un lugar donde las mujeres puedan sentirse parte de una agrupación, donde puedan generar vínculos y mantenerlos. ALZAR nace desde esa necesidad: construir una comunidad real, donde el bienestar no sea una práctica aislada, sino una experiencia compartida. Moverse juntas como punto de partida para la conexión, el apoyo y la pertenencia”, plantea Francesca Munjin.

Ambas plantean que esa idea de comunidad no se traduce en espontaneidad pura. Hay diseño, roles y una operación que sostiene la experiencia: “Depende mucho del tamaño y la energía del grupo. Hay que tener flexibilidad para adaptarse, leer el ambiente y sintonizar con lo que está pasando. La cantidad de personas y su nivel de experiencia son variables clave. Por eso organizamos al grupo con roles claros, capitanas, apoyo para quienes es su primera vez, y siempre alguien que cierre el recorrido. Esa estructura permite que la experiencia sea segura, contenida y fluida”. 

El equilibrio entre libertad y estructura aparece como uno de los elementos que explican la capacidad de convocatoria del proyecto. La experiencia se percibe abierta, pero está cuidadosamente contenida. Esa tensión, entre lo orgánico y lo diseñado, es parte de su eficacia.

“Buscamos que la experiencia sea un espacio de goce, sin exigencia, sin competencia ni comparación».

También lo es la forma en que se evalúa su impacto. En un ecosistema dominado por métricas digitales, ALZAR instala otros criterios. “El indicador más importante es cómo se sienten las chicas. Más allá de los números o las interacciones en redes, importa si se sienten representadas, si conectan con Alzar. Miramos señales concretas, cuántas vuelven, cuántas repiten experiencias, cuántas siguen subiendo cerros en el tiempo. Y, sobre todo, escuchamos su feedback. Alzar no funciona como una empresa tradicional, es una comunidad que construimos entre todas. Las ideas no bajan solo desde un lugar, se conversan, se prueban, se integran. Esa apertura es parte esencial de lo que somos”, comenta Ceccarelli.

Pero la continuidad de ese vínculo no depende solo de los encuentros presenciales. Hay una infraestructura menos visible que mantiene activa la comunidad, ya que, según explica Munjin,“la comunidad se construye en el día a día, no solo en los eventos. Uno de los pilares ha sido la comunicación constante. Hoy tenemos grupos de WhatsApp con más de 1.600 mujeres, donde se comparten datos, experiencias y conversaciones que generan cercanía real”. 

El paso siguiente

Francesca Munjin explica que “sostenemos una programación mensual con actividades gratuitas y pagadas. Las subidas al cerro y las clases de yoga semanales permiten que más mujeres se integren de forma accesible y continua. La comunidad no es solo participación, también es integración. Muchas mujeres que llegaron como asistentes hoy son parte activa de ALZAR, se han sumado al equipo o participan con sus propios emprendimientos. Eso amplía las formas de pertenecer”. 

En ese tránsito, ALZAR empieza a operar también como plataforma. No solo convoca, también articula relaciones entre personas, contenidos y marcas. Esa dimensión aparece integrada, sin desplazar el eje comunitario.

«La comunidad no es solo participación, también es integración».

“Desde el inicio tuvimos claro que las marcas no son el centro, sino un complemento de la experiencia. Trabajamos con marcas que conectan con nuestro propósito y que se integran de forma natural a cada encuentro. No se trata de presencia, sino de aporte. También entendemos algo simple, a todas nos gusta sentirnos cuidadas. En ALZAR, los detalles, regalos y sorpresas son parte de la experiencia. Buscamos que cada mujer se vaya con la sensación de haber vivido un momento pensado para ella. La idea es que cada encuentro se sienta casi como un cumpleaños, una experiencia significativa que se prolonga más allá del evento”, agrega Munjin.

El crecimiento acelerado obliga a definir qué es, finalmente, ALZAR. Comunidad, marca o plataforma. La respuesta, por ahora, evita las categorías cerradas. “Primero que todo, somos una comunidad en movimiento. El crecimiento en poco tiempo nos ha obligado a repensar constantemente qué es esta comunidad y hacia dónde puede ir. Vemos un futuro donde más mujeres se integren y donde muchas de ellas también aporten desde sus propios conocimientos y profesiones, fortaleciendo el proyecto desde dentro, reflexiona Munjin. 

Al mismo tiempo, se está transformando en una plataforma atractiva para marcas que buscan conexiones más auténticas. También proyectan nuevos formatos, eventos, experiencias fuera de Santiago, retiros, viajes y eventualmente expansión a otras ciudades. El desafío es crecer de forma consciente, cuidando el proceso y manteniendo la esencia

Lo que emerge no es solo una comunidad de bienestar, sino una forma distinta de organizar la experiencia colectiva en torno al cuerpo, el tiempo y el vínculo. Una práctica que se aleja del rendimiento y se acerca a la pertenencia.En ese desplazamiento, ALZAR captura algo más amplio que una tendencia, ya que funciona como un espacio donde el bienestar deja de ser una práctica individual y pasa a construirse en relación con otras. Un cambio silencioso, pero persistente, en la forma de habitar la ciudad y sus ritmos.