lunes, octubre 12, 2026
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Club de Ski La Leonera: un lugar donde la montaña se enseña en familia

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Hace tres años, Benjamín Carvallo junto a Ignacia Valdés, decidió crear un club de esquí que siguiera un camino distinto al que él mismo había recorrido como competidor y entrenador. Hoy, La Leonera reúne a decenas de familias en torno a la idea de que la montaña puede ser una escuela donde el aprendizaje va mucho más allá de la técnica.

Hay una escena que se repite cada fin de semana en La Leonera, club de ski con base en El Colorado. Mientras algunos niños terminan un descenso, otros esperan su turno conversando, jugando con la nieve o mirando cómo sus amigos enfrentan un nuevo desafío. Acá no hay apuro por llegar primero ni una presión constante por el resultado. Lo que ocurre en la pista es apenas una parte de la experiencia. Lo importante sucede antes y después, cuando se ayudan a ponerse los esquís, celebran los avances del compañero o vuelven a subir para intentarlo una vez más.

Esa fue precisamente la idea que llevó a Benjamín Carvallo a crear el Club de Ski La Leonera en 2024. Después de años como corredor, entrenador y formador de deportistas, sintió que existía espacio para un proyecto donde la competencia no fuera el eje principal.  Fundado en conjunto con familias de Farellones, se ha ido consolidando como un espacio donde la montaña deja de ser solo un escenario para practicar esquí y se transforma en un lugar para aprender, compartir y fortalecer los lazos entre quienes la habitan.

«Lo más importante para nosotros es pasarlo bien y trabajar los valores».

Terra que «veía que no había muchos clubes que incentivaran el desarrollo sin enfocarse en competir. Al mismo tiempo, el freestyle y el freeride estaban creciendo mucho. También veía que a mi hijo, que hoy tiene seis años, no le interesaba tanto competir; le gustaba estar con sus amigos. Ahí entendí que quería crear primero un grupo de personas que disfrutara la montaña y, desde ahí, construir un club».

Ese origen sigue definiendo la identidad de La Leonera. Más que una escuela de esquí, funciona como una comunidad donde entrenadores, familias y niños comparten una misma manera de entender la montaña. «Somos un proyecto muy familiar. Mi pareja también es entrenadora, mi hermana también, nuestros hijos esquían juntos y muchos de quienes participan son vecinos de Farellones y El Colorado. Eso le da una mística mucho más cercana. Al final somos una comunidad que se encuentra en la montaña porque le gusta estar ahí». sostiene. 

Para Carvallo, la formación deportiva comienza mucho antes de aprender una técnica. Empieza cuando un niño descubre el entorno donde se mueve, entiende cómo funciona la montaña y desarrolla confianza en sus propias capacidades: «Es muy importante partir desde chicos. Cada etapa tiene desafíos distintos y no se pueden saltar. Primero aparece la coordinación, después otras habilidades. Todo tiene su tiempo y lo importante es acompañar ese proceso».

Benja con sus hijos Kai y Maki (foto Emilio García de la Huerta)

Por eso las clases rara vez giran en torno al resultado. La progresión se construye a partir de pequeños desafíos que mantienen viva la motivación. Como relata Carvallo, “lo más importante para nosotros es pasarlo bien y trabajar los valores. Vamos proponiendo pequeños desafíos para que los niños sientan que avanzan paso a paso. Obviamente aparece la frustración, pero también aparece la satisfacción de ir logrando cosas. Lo importante es que siempre quieran volver a intentarlo».

Un aprendizaje que no cesa

La Leonera dedica buena parte de su trabajo a enseñar seguridad, autonomía y convivencia. «Estamos educando todo el tiempo. En cómo se relacionan entre ellos, cómo tratan a los entrenadores, cómo se comportan con las personas del centro de esquí. Siempre hablamos de humildad, de ponerse contento cuando al compañero le resulta algo. Finalmente queremos formar niños autónomos, que en unos años más puedan esquiar solos en la montaña tomando buenas decisiones», explica Benjamín Carvallo. 

Las familias cumplen un papel igual de importante. Para él, ningún proyecto de formación funciona si los adultos no participan del mismo espíritu que se busca transmitir a los niños. «Las familias son clave. Tenemos que generar ambientes positivos, donde todos hablen bien del club, de los entrenadores, del centro de esquí y del deporte. Los papás tienen que tener paciencia. Hay que ponerse muchas capas de ropa, preparar equipos, esperar, acompañar. Todo eso también forma parte del aprendizaje».

«Finalmente queremos formar niños autónomos, que en unos años más puedan esquiar solos en la montaña tomando buenas decisiones».

En los últimos años, el acceso al esquí ha comenzado a cambiar. La gratuidad de los andariveles para menores de cierta edad en algunos centros y una mayor oferta de equipamiento han reducido parte de las barreras de entrada. Benjamín observa ese proceso con optimismo, aunque cree que todavía queda mucho por hacer: «El esquí es un deporte profundamente familiar. Yo puedo esquiar con mi mamá, con mis hijos y con mis sobrinos al mismo tiempo. Eso no pasa en muchas disciplinas. Mientras más familias puedan acercarse a la nieve, más fuerte será la cultura de montaña». 

Sin embargo, el desafío no termina en la pista. El calentamiento global, temporadas cada vez más cortas y la necesidad de mantener viva la actividad durante todo el año obligan a pensar el esquí desde una perspectiva más amplia. También plantea la necesidad de fortalecer los pueblos de montaña y facilitar el acceso para quienes viven cerca de los centros invernales. 

«En Europa los niños de los pueblos eran los primeros en esquiar y terminaban siendo los mejores embajadores de su territorio. En Chile también podríamos potenciar mucho más lugares como Farellones, Las Trancas o Villarrica. Tenemos una cordillera increíble y una oportunidad enorme para acercar la montaña a más personas», explica. 

«El esquí es un deporte profundamente transversal y familiar. Distintas generaciones se encuentran practicando el mismo deporte, cosa que no sucede comúnmente en otros».

Más que formar campeones, La Leonera busca formar personas que quieran seguir volviendo a la montaña durante toda la vida. En ese camino, el esquí deja de ser solamente un deporte para transformarse en una herramienta de aprendizaje, convivencia y autonomía. 

Quizás por eso el mayor logro del club no se mide en podios ni en resultados. Se mide en niños que descubren la montaña junto a sus familias y entienden, desde sus primeros descensos, que el verdadero desafío nunca ha sido llegar primero, sino encontrar un lugar al que siempre quieran regresar.

Dominique Ohaco: El momento de mirar el camino recorrido

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El cortometraje “When I Grow Up” utiliza el esquí como punto de partida para hablar sobre el paso del tiempo, la incertidumbre de construir un camino propio y la manera en que la montaña termina moldeando una forma de entender la vida. 

Hay una imagen que se repite a lo largo de “When I Grow Up”. No es un salto, una competencia ni una maniobra que desafía la gravedad. Es una niña que observa la montaña con la curiosidad de quien todavía no sabe cuánto cambiará su vida ese paisaje. 

Años después, Dominique Ohaco mira esa misma escena desde otro lugar. Ya no es la adolescente que comenzaba a descubrir el freestyle ni la deportista que perseguía resultados internacionales. Es una mujer que decidió detenerse por un momento para revisar el camino recorrido y entender cómo el deporte terminó convirtiéndose en el hilo conductor de su historia.

El documental, filmado y dirigido por Cristóbal Ruiz, no busca responder cuántas medallas ha conseguido, en qué Juegos Olímpicos participó o cuáles han sido sus mejores temporadas. Esas respuestas están disponibles en cualquier biografía. Lo que propone es algo menos evidente: explorar cómo una vida dedicada al deporte también está hecha de incertidumbres, cambios de rumbo, frustraciones y aprendizajes que rara vez aparecen en los resúmenes de una carrera.

La idea llevaba años dando vueltas en su cabeza. Desde que decidió dedicarse profesionalmente al esquí, convivió con una sensación permanente de incertidumbre. En Chile, donde los deportes de nieve se desarrollan con temporadas breves y una estructura mucho más pequeña que la de los grandes países alpinos, proyectar una carrera de largo plazo nunca ha sido una decisión sencilla.

“He tenido momentos de enamorarme del esquí y momentos de odiarlo”.

«Ser deportista en Chile es bastante complicado y realmente vivir del deporte es un sueño imposible, pero posible», dice. La frase no aparece como una queja. Más bien resume el escenario en el que comenzó a construir su carrera, “cuando todavía no existían demasiados ejemplos que demostraran que ese camino podía transformarse en una profesión”.

Ese contexto explica por qué “When I Grow Up” terminó alejándose de la lógica habitual de las películas deportivas. “Nunca quise hacer un registro de competencias ni una sucesión de imágenes espectaculares. Me interesaba construir un relato capaz de transmitir aquello que normalmente queda fuera, como las emociones, las dudas y las razones que te llevan a seguir adelante incluso cuando el futuro parece incierto”, relata.

Un reencuentro con los sueños de infancia  

Durante el proceso de grabación ocurrió algo que terminó marcando el tono del documental. Ver a la actriz que interpreta su infancia fue, en cierta forma, encontrarse nuevamente con la niña que imaginaba una vida entre montañas sin saber si aquello era realmente posible. Esa distancia entre la ilusión y la realidad se convirtió en uno de los motores de la película.

“La montaña es donde paso el 90% del tiempo, así que se podría decir que es mi casa”.

«Esos sueños que tenía de chica se lograron cumplir y con la perseverancia en el deporte llegué a poder hacer lo que más me gustaba y vivir de eso», recuerda. La reflexión no tiene el entusiasmo de quien celebra una meta alcanzada. Se parece más a la mirada tranquila de alguien que entiende que muchas veces el sentido de un recorrido sólo aparece cuando es posible observarlo con perspectiva.

Esa perspectiva también le permitió revisar una relación con el deporte que ha estado lejos de ser lineal. Competir durante tantos años implica convivir con períodos de crecimiento, lesiones, frustraciones y dudas. En el relato de Dominique no existe la idea de una carrera perfecta. Al contrario. Reconoce que hubo momentos en los que el esquí dejó de ser un refugio y pasó a convertirse en una carga.

«He tenido momentos de enamorarme del esquí y momentos de odiarlo. No siempre es la vida soñada como uno la muestra en las redes. He ido creciendo con el deporte y aprendiendo no solamente cosas buenas al esquiar; también ha forjado mi personalidad, mi forma de enfrentar las lesiones y los momentos difíciles”, sostiene.  

Cuando habla de crecer, Dominique evita asociarlo únicamente con la edad o la experiencia competitiva. Para ella, crecer significa atravesar distintas etapas y aceptar que cada una deja enseñanzas diferentes. Hay momentos de avance y otros de retroceso. Etapas donde todo parece fluir y otras donde las preguntas pesan más que las respuestas. Esa evolución, dice, no ocurre solamente dentro del deporte. También moldea la vida cotidiana, la personalidad y la forma de enfrentar los desafíos.

“No existía el equipo nacional de freestyle. Fuimos creando todo desde cero”.

Explica que «era un poquito más allá de solamente estar esquiando o solamente andando en bicicleta. Me interesaba mostrar cómo se empezaron a conectar estos dos deportes. A mí me gusta mucho hacer proyectos y transmitir esa emoción, cómo hacer que la gente se ponga los pelos de punta y pueda sentir lo que yo siento cuando estoy practicando. Por eso el proyecto involucra mucho los sonidos y otro tipo de imágenes, no solamente mostrar a una persona haciendo deporte». 

Esa búsqueda también explica el tratamiento visual del documental. En lugar de construir una película centrada exclusivamente en la acción, Dominique quiso que el espectador experimentara algo parecido a lo que siente cuando está en la montaña. El sonido del viento, la respiración antes de un descenso, el roce de los esquís sobre la nieve o el silencio que antecede una decisión importante adquieren tanto protagonismo como las imágenes.

«Quería que la gente pudiera sentir esa emoción por el deporte que es lo que yo siento cuando estoy practicando», cuenta. Esa decisión transforma al documental en una experiencia sensorial antes que en una sucesión de maniobras. El deporte aparece, pero nunca monopoliza el relato. Lo importante es aquello que ocurre alrededor de cada descenso.

«La montaña es donde paso el 90% del tiempo, así que se podría decir que es mi casa. Aunque esté en distintas montañas y en distintos lugares del mundo, siempre tienen eso en común: estoy en la naturaleza. Son lugares increíbles, pero también lugares donde muchas cosas pueden salir mal. Está el tema de las avalanchas, las condiciones cambian y uno nunca sabe cuándo la naturaleza te va a dar un golpe de vuelta, así que siempre hay que enfrentarla con mucho respeto», reflexiona. 

«Siempre fue un camino de ir viendo que sí se podían hacer las cosas».

Sin embargo, esa cercanía nunca derivó en exceso de confianza. Al contrario. Los años le enseñaron que la naturaleza siempre conserva un margen de incertidumbre imposible de controlar. Habla de avalanchas, de cambios repentinos en las condiciones y de decisiones que deben tomarse con calma, incluso después de miles de horas de entrenamiento. La experiencia, dice, no elimina el riesgo; simplemente entrega más herramientas para enfrentarlo.

Ese respeto se volvió especialmente importante a medida que comenzó a explorar nuevas disciplinas fuera de la competencia tradicional. El backcountry, donde el terreno natural reemplaza a las pistas preparadas, abrió una dimensión completamente distinta de la montaña. Allí el desafío ya no depende únicamente de la técnica. También exige leer el entorno, interpretar la nieve, comprender el clima y asumir que cada salida requiere preparación y criterio.

El cortometraje también deja entrever otra faceta menos conocida. A Dominique le interesa cada vez más contar historias. No solamente protagonizarlas. La construcción visual de “When I Grow Up”, el cuidado por el sonido y la manera en que la película privilegia las emociones por sobre la espectacularidad hablan de una deportista que entiende el poder del lenguaje audiovisual para acercar la experiencia de la montaña a públicos que quizá nunca se calzarán unos esquís.

En ese sentido, la película funciona como un puente. Quienes conocen su trayectoria encontrarán una mirada más íntima sobre una carrera que normalmente se resume en resultados. Quienes se acerquen por primera vez descubrirán una historia donde el deporte aparece como una herramienta para hablar de crecimiento, incertidumbre y transformación.

Antes de despedirse, Dominique vuelve a mirar hacia adelante. No habla de un objetivo específico ni de una competencia en particular. Prefiere mantener abierta la posibilidad de seguir explorando. «Siempre se me han abierto puertas y todo eso viene del entrenamiento y del tiempo que inviertes en lo que estás haciendo. En el mundo de la bicicleta estoy siempre evolucionando, tratando de ir a los eventos más importantes de freeride, así que siempre dando un paso hacia adelante».

 

«Siempre se me han abierto puertas y todo eso viene del entrenamiento y del tiempo que inviertes en lo que estás haciendo».

No parece una declaración improvisada. Resume la manera en que ha construido su carrera desde el comienzo: sin dar nada por asegurado y entendiendo que cada nueva etapa exige volver a aprender.

Al terminar When I Grow Up queda la sensación de que el verdadero viaje no ocurre entre una montaña y otra. Ocurre en la forma en que una deportista aprende a reconciliarse con su propia historia. Dominique Ohaco ya no necesita demostrar que era posible construir una carrera desde Chile. Esa respuesta quedó atrás hace tiempo. Hoy su interés parece estar en otra parte: seguir descubriendo qué preguntas aparecen cuando el deporte deja de ser solamente una meta y se convierte, simplemente, en una forma de habitar el mundo.

Abrir camino

Cuando Dominique Ohaco comenzó a competir, el freestyle prácticamente no existía como disciplina organizada en Chile. No había referentes, tampoco una estructura que indicara cómo construir una carrera internacional. «No existía el equipo nacional de freestyle, no existía competir en las Copas del Mundo ni en los Juegos Olímpicos. Fue todo un camino que fuimos descubriendo y desarrollando de a poco, con mucha incertidumbre porque no tenía cómo comprobar que se podía lograr».

«Chile tiene montañas increíbles, pero la temporada dura muy poco».

A ese escenario se sumaba una realidad difícil de esquivar. Mientras en Europa o Norteamérica muchos deportistas crecían esquiando durante buena parte del año, en Chile las condiciones eran muy distintas. «Chile tiene montañas increíbles, pero la temporada dura muy poco. Uno compite con gente que vive en pueblos de montaña, que esquía todos los días durante seis meses. Incluso hay niños que van al colegio en las tardes o que no tienen clases en invierno para poder entrenar». Aun así, Dominique optó por avanzar paso a paso. «Siempre fue un camino de ir viendo que sí se podían hacer las cosas».

Esa experiencia también terminó marcando el tono de When I Grow Up. El documental deja en segundo plano los resultados para detenerse en los procesos y en las transformaciones personales que acompañan una carrera deportiva. «Crecer es ir pasando las diferentes etapas de la vida y en cada una ir aprendiendo algo en relación con el deporte. Hay momentos de retroceso, momentos de avance, y eso va forjando no solamente la parte deportiva, sino también la parte personal».

Hoy, esa búsqueda continúa lejos de la idea de una meta definitiva. Además del mountain bike, Dominique ha comenzado a explorar el backcountry como una nueva forma de relacionarse con la montaña. «Estoy involucrada cada vez más en lo que es el backcountry, que es aprender todo un mundo nuevo». Para ella, seguir avanzando no significa repetir el camino recorrido, sino mantener la curiosidad por descubrir nuevos territorios, nuevas disciplinas y nuevas maneras de habitar la montaña.