miércoles, agosto 26, 2026
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Francisco Boetsch: Habitar el paisaje y aprender a mirar la montaña

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Durante años recorrió la cordillera buscando fotografías, pero con el tiempo descubrió que la imagen siempre llega después. Antes hay que detenerse, observar y aceptar que la montaña tiene sus propios tiempos.

En una época donde las imágenes parecen producirse con la misma rapidez con que desaparecen de una pantalla, el fotógrafo Francisco Boetsch trabaja exactamente al revés. Antes de sacar la cámara, observa. Camina, recorre el terreno y deja que el paisaje revele lentamente aquello que lo hace distinto. Para él, fotografiar una montaña nunca ha sido un acto impulsivo, sino la consecuencia de haber permanecido el tiempo suficiente frente a ella.

«Primero la contemplo. Casi siempre las expediciones son de ida y vuelta por el mismo lugar, así que tengo tiempo para mirarla sin cámara y después decidir cómo fotografiarla. Hay montañas que simplemente llaman más la atención que otras por su forma, sus texturas, los contrastes de luz o el ambiente que las rodea. La fotografía viene después de esa primera conexión», explica.

«Hay montañas que simplemente llaman más la atención que otras por su forma, sus texturas, los contrastes de luz o el ambiente que las rodea. La fotografía viene después de esa primera conexión».

Relata que «al principio miraba por encima. Veía un montón de cerros. Hoy los observo de otra manera. Me fijo en los detalles que les dan identidad: la forma de una arista, las grietas de una roca, cómo el viento dibuja la arena o cómo cambia una ladera según la hora del día. Mientras más conoces la montaña, más única se vuelve».

Su manera de observar el paisaje tampoco ha sido siempre la misma. Con los años, la experiencia fue afinando la mirada y permitiéndole descubrir detalles que antes pasaban inadvertidos. Lo que alguna vez fue una sucesión de cerros terminó convirtiéndose en un territorio lleno de matices, formas e historias. 

Ese aprendizaje también modificó la relación entre el fotógrafo y el tiempo. La montaña rara vez responde a los planes de quien la visita. La luz cambia, aparecen nubes inesperadas y el viento transforma el paisaje en cuestión de minutos. Para Boetsch, parte del oficio consiste precisamente en aceptar que nunca se tiene el control absoluto.

“La mirada es mucho más importante que la cámara que tengas”.

«Hay mucho de paciencia y de intuición. En expediciones largas tienes tiempo para analizar el lugar y esperar la luz, pero en montaña todo puede cambiar en minutos y hay que reaccionar rápido. Muchas veces subes un cerro convencido de que desde arriba tendrás la mejor vista para fotografiar otro, y resulta que apareció una montaña en medio y la vista era mejor desde abajo. Esa incertidumbre también es parte de la montaña», señala.

La incertidumbre es también la razón por la que nunca siente que su trabajo esté terminado. Siempre existe una imagen pendiente, un rincón que todavía no conoce o una luz que aún no logra encontrar. Esa búsqueda permanente es, en parte, lo que sigue alimentando sus expediciones: «Tengo varias fotografías pendientes. Una que llevo hace tiempo en la cabeza es recorrer el valle del Olivares hasta el Gran Salto y fotografiar ese lugar como siempre lo he imaginado. Creo que las mejores fotografías son las que todavía no has hecho».

Cuando la montaña habla

Para Francisco Boetsch la fotografía nunca ha sido el único relato que nace en la cordillera. Las imágenes registran un instante, pero las verdaderas historias aparecen en la relación que cada persona establece con ese territorio. Dos montañistas pueden recorrer el mismo valle y regresar con experiencias completamente distintas.

“Antes recorría la montaña; hoy la vivo”.

«Creo que las historias no las cuenta solamente la montaña, sino también quienes la recorren. Cada persona vive una experiencia distinta y vuelve con un relato diferente. La montaña siempre tiene la última palabra: decide si te deja pasar, si cambia el clima o si simplemente te obliga a volver otro día. De esa relación nacen las historias que terminamos contando cuando regresamos», reflexiona.

Con el paso del tiempo, la cámara también transformó su manera de habitar esos espacios. Si antes el objetivo era avanzar y llegar a una cumbre, hoy muchas veces el viaje transcurre a otro ritmo. La fotografía dejó de ser el motivo principal para salir a la montaña y pasó a convertirse en una consecuencia natural de permanecer atento a lo que ocurre alrededor.

Al respecto comenta que «la fotografía me obligó a bajar el ritmo. Antes recorría la montaña; hoy la vivo. Me detengo más, observo más y disfruto mucho más el tiempo que paso allá arriba. Al final, la fotografía dejó de ser el objetivo principal y pasó a ser una consecuencia de estar presente en ese lugar».

“La fotografía viene después de esa primera conexión con la montaña”.

Esa permanencia también le ha permitido observar cambios que a simple vista parecen imperceptibles. Después de años recorriendo los mismos lugares, ha visto cómo los glaciares retroceden, los ríos modifican su curso y algunos paisajes cambian lentamente. En ese contexto, la fotografía adquiere un valor que trasciende lo estético y se transforma en un registro del paso del tiempo.

Resalta que se trata de ser “testigo del paso del tiempo. Lo más evidente son los glaciares y los ríos. Tengo fotografías de hace diez años donde el glaciar del Plomo ocupaba una superficie enorme y hoy esa diferencia es evidente. Las montañas parecen inmóviles, pero tienen una piel que cambia constantemente. La fotografía termina siendo un registro de esas transformaciones».

Aunque sus imágenes suelen destacar por la inmensidad del paisaje, Boetsch asegura que nunca busca impresionar únicamente por la espectacularidad del escenario. Su interés está puesto en provocar una conexión con quien observa la fotografía, ya sea despertando la curiosidad por conocer ese lugar o trayendo de vuelta un recuerdo.

«Al final, la fotografía dejó de ser el objetivo principal y pasó a ser una consecuencia de estar presente en ese lugar».

«Busco dos cosas. Primero, despertar la curiosidad de conocer ese lugar, o al menos descubrir que existe. Y segundo, que quienes ya estuvieron ahí puedan volver por un momento. Si una fotografía logra hacerte imaginar el frío, el silencio o el viento de ese lugar, siento que cumplió su propósito», sostiene.

La fotografía outdoor ha experimentado un crecimiento importante en Chile durante la última década. La tecnología ha facilitado el acceso a equipos cada vez más livianos y de mejor calidad, mientras una nueva generación de fotógrafos ha encontrado en la cordillera un espacio para desarrollar una mirada propia. Boetsch valora esa evolución, aunque insiste en que el verdadero desafío nunca ha dependido del equipo.

«Primero hay que descubrir qué es lo que realmente te gusta fotografiar. Cuando encuentras ese tema, todo empieza a tener más sentido y es mucho más fácil perseverar. Es muy difícil intentar fotografiar de todo. En cambio, cuando profundizas en un solo tema, empiezas a desarrollar una mirada propia. Y esa mirada es mucho más importante que la cámara que tengas», concluye.

Poder Humano Snow Tour de Patagonia: la montaña como punto de encuentro

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Más que una serie de encuentros invernales, la iniciativa propone una forma distinta de vivir la nieve privilegiando el ascenso por medios propios, extender la vida útil del equipamiento y fortalecer una comunidad que entiende la montaña como un espacio para aprender, compartir y cuidar el entorno.

Durante décadas, el acceso a la nieve estuvo asociado casi exclusivamente a los centros de esquí y los andariveles. Hoy, esa imagen comienza a convivir con otra. Esquiadores, splitboarders, montañistas y personas que recién se acercan a los deportes invernales descubren que el ascenso también forma parte de la experiencia. No se trata únicamente de llegar al descenso, sino de recorrer la montaña a otro ritmo, leer el terreno, compartir conocimientos y comprender que el paisaje también exige respeto.

Sobre esa idea se construye el Poder Humano Snow Tour de Patagonia, un encuentro itinerante que reúne a la comunidad de montaña en torno a tres principios que hoy cobran cada vez más relevancia: subir por los propios medios, extender la vida útil del equipamiento y promover una cultura de montaña basada en el aprendizaje, el respeto por el entorno y el intercambio de experiencias entre quienes comparten la nieve.

«La montaña es como un templo, un santuario donde uno va a pasarlo bien».

El tour busca convertirse en un espacio de encuentro. La invitación es a detenerse a conversar, reparar una chaqueta antes que reemplazarla, aprender sobre seguridad en avalanchas o compartir una jornada en la montaña con personas de distintos niveles de experiencia. La idea es que el conocimiento circule de manera tan natural como las historias que nacen en cada temporada de invierno.

«Estamos muy emocionados de poder lanzar este tour, que se siente como la consolidación de muchos años apoyando eventos y comunidades invernales. Este es un espacio para gente de montaña y también para quienes recién se están iniciando en los deportes de nieve. Queremos vivir el invierno desde la comunidad, compartiendo experiencias y aprendiendo unos de otros», explica Serkan Devlen, coordinador de Deporte e Impacto de Patagonia Chile.

Esa mirada encuentra eco en quienes viven la montaña durante toda la temporada. Para la campeona nacional de freeride Sofía Clement, uno de los mayores valores de este tipo de encuentros es que permiten fortalecer una comunidad que, aunque crece cada año, mantiene un fuerte sentido de pertenencia.

La deportista cuenta que «me encanta que sea un tour. Yo soy de Antillanca y siempre he sentido que la familia montaña está descentralizada, así que es muy bonito que existan distintas instancias y que además sean abiertas para la comunidad. Es una forma de volver a ver a esas personas que no veía hace un año. Es como si las hubiera visto ayer; uno va acumulando historias con ellas temporada tras temporada».

Un sentido de comunidad 

El sentido de comunidad que describe Sofía Clement va mucho más allá del invierno. Piensa que el desafío no pasa únicamente por promover disciplinas como el randonnée o el splitboard, sino por construir una cultura de montaña que acompañe cualquier actividad realizada en la naturaleza.

«Aquí no hay nadie mejor que otro; estamos para aprender, apoyarnos y hacernos amigos».

«Hay que promover una cultura de montaña en todo sentido, no solo del invierno. Me pasó hace poco que volví al cerro Manquehue después de varios años y me dio mucha alegría ver a tanta gente disfrutando la montaña, pero también encontré basura y personas haciendo fogatas donde no correspondía. La montaña es de todos, pero eso también implica aprender a cuidarla», sostiene con convicción. 

Mismo motivo por el que el crecimiento de los deportes de nieve en Chile ha abierto nuevas oportunidades para quienes buscan una relación distinta con el entorno. El ascenso por medios propios, que hace algunos años era una práctica reservada para pequeños grupos de montañistas, hoy convoca a personas con distintos niveles de experiencia. 

Ese cambio también ha puesto sobre la mesa la importancia de la formación. Aprender a interpretar las condiciones de la nieve, conocer los riesgos de avalanchas, planificar una salida o elegir el equipo adecuado son conocimientos que se transmiten mejor cuando la comunidad comparte tiempo en terreno.

Por eso el Snow Tour incorpora clínicas de seguridad, jornadas de randonnée y espacios de conversación donde las preguntas tienen tanto valor como la experiencia acumulada. «A quien tiene interés en los deportes de nieve, pero todavía no se atreve, le diría que le mande nomás, pero que vaya de a poco, con un buen profesor y disfrutando el proceso. Estamos aquí para jugar, para pasarlo bien, no para traumarse el primer día», comenta Clement.

«Hay que promover una cultura de montaña en todo sentido, no solo del invierno».

El otro gran eje del encuentro, que apunta directamente a crear comunidad, es la idea que durante años fue perdiendo espacio en el mundo del equipamiento técnico: reparar antes que reemplazar. La iniciativa Worn Wear, impulsada por Patagonia en distintos países, propone extender la vida útil de la ropa y del equipo outdoor mediante reparaciones gratuitas y el cuidado de las prendas. La lógica es simple: un cierre arreglado, una costura reforzada o un parche bien puesto pueden alargar por años la vida de una chaqueta que todavía tiene muchas montañas por recorrer.

Ese gesto también habla de una manera distinta de relacionarse con la naturaleza. Reducir el consumo, aprovechar mejor los recursos y cuidar el equipo forman parte de una cultura que entiende que la montaña no comienza cuando uno se pone los esquís, sino mucho antes. Cada reparación evita que una prenda termine convertida en residuo y recuerda que la sustentabilidad también puede construirse desde acciones cotidianas.

Para Sofía Clement, el valor de estos encuentros termina apareciendo en cosas mucho más simples que una bajada o una fotografía en la nieve. «Al final todos subimos a la montaña porque queremos pasarlo bien. Hay gente que lo hace de distintas formas, pero lo importante es compartir, generar comunidad y hacer todas las preguntas que uno tenga. Aquí no hay nadie mejor que otro; estamos para aprender, apoyarnos y, ojalá, hacernos amigos», reflexiona. 

Quizás ahí esté el cambio más profundo que vive hoy la cultura de montaña. El invierno ya no se entiende solamente como una temporada para deslizarse por la nieve. También es una oportunidad para reencontrarse con personas que comparten una misma pasión, descubrir nuevos territorios con mayor conciencia y recordar que las mejores jornadas no siempre se miden por la cantidad de descensos. 

A veces basta una conversación en un refugio, una salida compartida o una chaqueta reparada para entender que la montaña sigue siendo, ante todo, un espacio donde las experiencias se construyen en comunidad.