miércoles, agosto 26, 2026
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Teams de entrenamiento: Chile como el laboratorio del esquí mundial

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Cada temporada, más de un centenar de equipos internacionales eligen la cordillera chilena para preparar las competencias del hemisferio norte. Detrás de esas jornadas de entrenamiento existe una operación que comienza mucho antes del amanecer y que ha convertido a Chile en uno de centros mundiales para el esquí alpino de alto rendimiento.

Todavía no amanece en la cordillera y las pistas permanecen cerradas para el público. Mientras la mayoría de los esquiadores sigue durmiendo, las máquinas pisanieve ya recorren la montaña una y otra vez. En algunos sectores el trabajo comenzó la noche anterior con el riego de la nieve; en otros, operadores, patrullas y equipos técnicos revisan cada detalle antes de que los primeros corredores aparezcan en la línea de salida. En pocas horas esas mismas pistas recibirán a algunos de los mejores esquiadores del planeta.

La escena se repite cada invierno en centros como El Colorado y La Parva. No es un espectáculo para los visitantes ni una actividad promocional. Es el resultado de décadas de experiencia que han permitido a Chile consolidarse como uno de los destinos más importantes del hemisferio sur para la preparación de selecciones nacionales y equipos de Copa del Mundo.

US Ski Team:Lauren Macuga en La Parva

Aunque nombres como Lindsey Vonn, Mikaela Shiffrin, Marco Odermatt o Alexander Aamodt Kilde suelen acaparar la atención cuando entrenan en la cordillera chilena, la verdadera historia ocurre detrás de ellos. El prestigio alcanzado por Chile no depende únicamente de la calidad de sus montañas, sino de un trabajo permanente que involucra planificación, infraestructura, logística y una mejora continua de las condiciones de entrenamiento.

Para Wyn Brown, coordinador de equipos internacionales de El Colorado, el principal atractivo de Chile comienza con una ventaja geográfica imposible de replicar: “Tiene una ventaja única: mientras en Europa y Norteamérica es verano, aquí estamos en plena temporada de invierno. Eso permite que los mejores equipos del mundo puedan seguir entrenando sobre nieve durante todo el año, algo fundamental para mantenerse competitivos». 

No se trata de un fenómeno reciente. Equipos nacionales extranjeros llegan a entrenar a Chile desde hace más de seis décadas, construyendo una relación que ha transformado a la cordillera en una extensión natural de la preparación para la temporada europea y norteamericana. Sin embargo, la nieve por sí sola no explica ese éxito. Brown sostiene que la estabilidad climática de la zona central es uno de los factores que más valoran las federaciones internacionales.

Keely Cashman en La Parva

«Durante el invierno se pierden muy pocos días de entrenamiento debido al mal tiempo. Para un equipo nacional que planifica su preparación, esa estabilidad es enorme, porque les permite cumplir prácticamente todo su programa», sostiene. 

A esa ventaja se suma una logística difícil de igualar. Santiago se encuentra a poco más de una hora de los centros de esquí, cuenta con conectividad aérea hacia los principales destinos del mundo y dispone de clínicas de alta complejidad, un aspecto especialmente relevante cuando se trabaja con deportistas de alto rendimiento.

«La combinación entre cercanía al aeropuerto, infraestructura médica y una operación consolidada entrega una tranquilidad muy importante para equipos que viajan con decenas de personas y toneladas de equipamiento», comenta Brown.

Para Davide Maquignaz, conocido en el circuito internacional como «Pupo», entrenador y responsable de la coordinación de los equipos internacionales en La Parva, las ventajas también pasan por las características técnicas de la montaña.

Lindsey Vonn en La Parva

«En la zona central tenemos la facilidad de contar con Santiago y el aeropuerto muy cerca, lo que reduce los tiempos de traslado y permite responder rápidamente frente a cualquier eventualidad. Además, el clima normalmente ofrece buenas condiciones de nieve y permite desarrollar programas de entrenamiento sin perder demasiados días», explica.

El especialista agrega otro elemento que ha sido decisivo para atraer a las selecciones más competitivas del mundo: «Igualmente, para entrenar las disciplinas de velocidad, Chile cuenta con mejores pistas que otros destinos del hemisferio sur».

El trabajo que nadie ve

Cuando los primeros corredores comienzan a deslizarse, la parte más compleja del trabajo ya terminó.

Cada concentración internacional exige una coordinación que involucra transporte desde el aeropuerto, alojamiento, alimentación, espacios para preparar material, gimnasios, horarios de entrenamiento, apertura anticipada de andariveles, sistemas de seguridad y una preparación de pistas que debe responder a estándares de Copa del Mundo.

«Detrás de cada llegada hay muchísimo trabajo que muchas veces no se alcanza a apreciar», afirma Brown. «Todo debe funcionar con precisión para responder a las exigencias de los equipos».

La magnitud de esa operación queda reflejada en pequeños detalles. Cuando Mikaela Shiffrin llegó a entrenar a El Colorado, lo hizo acompañada por un equipo técnico compuesto por entrenadores, ski men, preparador físico, especialista en botas y camarógrafo. Solo ella trasladó cerca de cuarenta pares de esquíes para preparar la temporada.

Jacqueline Wiles en La Parva

Pero más allá de la logística, el verdadero desafío está sobre la nieve. Durante los últimos años, El Colorado ha perfeccionado el sistema de riego de pistas, una técnica utilizada para compactar la nieve y generar superficies similares a las que encontrarán los corredores durante la Copa del Mundo.

«La técnica no es especialmente compleja; el verdadero desafío está en la planificación y en la ejecución. El momento exacto en que se riega, la cantidad de agua, la temperatura ambiente y el instante preciso en que la pista debe ser trabajada con las máquinas pueden cambiar completamente el resultado», explica Brown.

Ese proceso ha permitido que pistas como León Norte y León Sur reciban regularmente a selecciones como Austria, Suiza y Noruega. Un proceso que en La Parva también ha evolucionado de manera permanente.

«Chile tiene una ventaja única: mientras en Europa y Norteamérica es verano, aquí estamos en plena temporada de invierno».

«En los últimos años hemos tratado de mejorar la calidad de las pistas para que los entrenamientos sean lo más parecidos posible a las condiciones que encontrarán en las competencias del hemisferio norte», señala Maquignaz.

Las mejoras no terminan con la llegada del invierno, explica, ya que «todos los años hacemos trabajos durante el verano para que en invierno las pistas puedan prepararse de la mejor forma. En los últimos dos años mejoramos la flota de máquinas pisa nieve y el nivel de nuestros maquinistas también crece temporada tras temporada».

El impacto de recibir a la élite mundial trasciende la actividad económica que generan estos equipos en hoteles, restaurantes, transporte y servicios asociados a la montaña. Para Brown, el mayor legado ocurre sobre la nieve: «Los corredores chilenos tienen la posibilidad de compartir pistas con algunos de los mejores esquiadores del mundo, observar sus métodos de entrenamiento y aprender de una cultura deportiva de altísimo nivel». 

Esta comparación ayuda a dimensionar el privilegio. “Para quienes no conocen el esquí, sería el equivalente a que un joven futbolista pudiera entrenar todos los días en la misma cancha que Lionel Messi o Cristiano Ronaldo, viendo de cerca cómo trabajan y cómo se preparan», reflexiona Brown.

«Uno de los mayores aportes de recibir a estos equipos internacionales es el aprendizaje que queda para todos quienes trabajamos y entrenamos en la montaña».

Ese aprendizaje también alcanza a entrenadores, preparadores físicos y equipos técnicos, ya que «recibimos a algunos de los técnicos más exitosos del esquí mundial, verdaderos ‘Guardiolas’ o ‘Mourinhos’ de este deporte. Conversar con ellos e intercambiar experiencias sobre técnica, planificación o desarrollo deportivo es un privilegio enorme». 

Maquignaz coincide en que ese contacto directo tiene un valor difícil de medir, explicando que «para un corredor chileno es una tremenda oportunidad poder ver y compartir con los mejores del mundo. Te permite entender el nivel que hay que alcanzar para competir con ellos. En pocos lugares puedes compartir pista con tantos campeones; es un medidor natural y una motivación enorme para seguir creciendo».

El intercambio termina generando un círculo virtuoso. Cada nueva temporada obliga a mejorar instalaciones, procesos, maquinaria y estándares de trabajo, beneficiando no solo a las delegaciones internacionales, sino también a los deportistas nacionales que utilizan las mismas pistas. Los resultados de ese trabajo silencioso también pueden observarse fuera de Chile.

Equipos Olímpicos entrenando en La Parva

Durante la preparación para los últimos Juegos Olímpicos de Invierno, numerosos atletas eligieron entrenar en la cordillera chilena antes de competir por las medallas. El dato confirma el lugar que el país ha ganado dentro del calendario internacional del esquí alpino.

«Ver que estos equipos vuelven temporada tras temporada confirma que confían en nuestro trabajo. Cada invierno seguimos aprendiendo, invirtiendo y perfeccionando nuestros procesos para continuar siendo un referente mundial para el entrenamiento de alto rendimiento», para Brown, esa confianza representa el principal reconocimiento al esfuerzo realizado durante décadas.

Cuando termina la jornada, las pistas vuelven a quedar en silencio. Las huellas desaparecen bajo el trabajo de las máquinas y la montaña se prepara para otro día que comenzará antes del amanecer. Al día siguiente volverán a entrenar campeones olímpicos, jóvenes promesas y equipos nacionales que buscan llegar en las mejores condiciones a la temporada del hemisferio norte.

Mientras ellos continúan su camino hacia las grandes competencias, Chile seguirá cumpliendo un papel que rara vez aparece en los titulares, pero que hace tiempo dejó de ser secundario: el de convertirse, invierno tras invierno, en uno de los grandes gimnasios del esquí mundial.

Expedición en la Cordillera Blanca Perú: la montaña, sin apuros

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La Cordillera Blanca reunió a Galo Viguera y Chopo Díaz en una expedición de esquí que nació casi por casualidad. Pero el verdadero viaje ocurrió en otra parte. Después de décadas recorriendo montañas, ambos descubrieron que la exploración ya no se mide por la cumbre alcanzada, sino por la manera en que se habita el camino.

La montaña enseña a medir el tiempo de otra forma. No por horas ni kilómetros, sino por amaneceres, cambios de nieve, conversaciones en un refugio o largas aproximaciones donde el silencio termina ocupando más espacio que las palabras. Galo Vigueras y Chopo Díaz, los esquiadores nacionales protagonistas de esta historia, conocen esa sensación desde hace años. 

Después de haber dejado su huella escalando, esquiando y recorriendo cordilleras dentro y fuera de Chile, la expedición que realizaron a la Cordillera Blanca, en Perú, terminó por dejarles una enseñanza distinta. No fue el descenso de una línea ni la altura de una cumbre lo que marcó el viaje, sino la tranquilidad de entender que la montaña ya no les exige demostrar nada.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

La idea apareció de la forma más simple. Galo preparaba una expedición a China junto a un amigo para esquiar un siete mil, pero el proyecto se canceló de un día para otro. Al mismo tiempo, hacía tiempo que con el Chopo venían hablando de compartir una salida de esquí. 

Galo Viguera relata que «de manera natural y espontánea, conversando durante el verano, apareció la idea de ir a la Cordillera Blanca. Para el Chopo era volver; para mí era la primera vez». No hubo grandes planes ni una obsesión por encontrar la montaña perfecta. Hubo disponibilidad para cambiar el rumbo y ganas de compartir un viaje que llevaban tiempo postergando.

Cuando hablan de la Cordillera Blanca, ambos lo hacen con la fascinación de quien encuentra un paisaje familiar y completamente nuevo al mismo tiempo. «Es parte de la Cordillera de los Andes, pero se siente muy distinta a las montañas que estamos acostumbrados a recorrer en Chile. Es un lugar salvaje, remoto, con aproximaciones largas, mucha cultura de montaña y una concentración alta de cumbres sobre los seis mil metros», explican.  

Su ubicación, cerca de la línea del Ecuador, transforma por completo el paisaje. «La humedad, la radiación solar y la altitud generan una dinámica glaciar muy particular. La vegetación llega mucho más arriba que en otras cordilleras y sobre esa línea aparecen glaciares muy cargados, con formaciones de nieve y hielo que a veces parecen hongos o estructuras colgantes esculpidas por el viento y la humedad. A ratos nos recordó más a algunas montañas de Nepal que a la cordillera central de Chile», analizan. 

Una belleza que impone sus reglas

Ninguno de los dos habla de conquistar montañas ni de desafiar límites. Hablan, más bien, de respeto. «Son años haciendo deporte, moviéndose en la montaña y viviendo un poco esta vida lo que te va preparando para objetivos así. El miedo siempre está. La clave es saber manejarlo, tomar buenas decisiones y entender que en este tipo de viajes no se trata solo de llegar arriba o esquiar una línea, sino de volver bien a casa «. La experiencia, dicen, no elimina el riesgo. Solo ayuda a reconocerlo antes.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

Ese criterio apareció cuando la expedición cambió de rumbo. Después de esquiar el Quitaraju, el siguiente objetivo era el Artesonraju. Sin embargo, tres aspirantes a guía de montaña fallecieron en esa montaña mientras realizaban una salida de la escuela de guías de Perú. La búsqueda movilizó a buena parte de la comunidad local. «Cuando pasó eso cambiamos los planes de inmediato. La verdad es que no tuvimos que hablarlo mucho. Era lo correcto», relatan. La decisión fue inmediata y silenciosa. No respondía a una estrategia deportiva, sino al respeto por quienes viven y trabajan en esas montañas.

Durante casi cinco semanas alternaron jornadas de cuatro a seis días en altura con breves descensos para descansar, comer y recuperar fuerzas antes de volver a cargar las mochilas. En ese ritmo repetitivo entendieron que una expedición larga depende tanto de la técnica como de la convivencia. 

Explican que «lo más importante fue el compromiso entre ambos, la disciplina y también el hecho de ser buenos amigos. Eso ayuda mucho porque hay confianza, comunicación y una forma parecida de mirar la montaña. Al final no se trata solo de saber esquiar o escalar, sino de funcionar bien como equipo durante muchos días seguidos». Esa complicidad terminó siendo una herramienta tan importante como los esquís o los crampones.

El viaje también les permitió observar una cultura de montaña profundamente arraigada. «Nuestros hermanos peruanos nos llevan años de ventaja en varios aspectos del desarrollo de montaña: los refugios, su funcionamiento, la forma de operar y el respeto por la profesión de los guías y arrieros. Todo eso funciona muy bien y se nota». 

«Hoy estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero con la misma motivación».

A esa admiración suman la hospitalidad de las personas que encontraron en el camino y una gastronomía que recuerdan con entusiasmo. “Son detalles que rara vez aparecen en los relatos de expedición, pero que terminan definiendo la experiencia tanto como una jornada sobre los glaciares”, establecen.

Con los años también cambió la manera de entender la exploración. Antes podía asociarse a abrir una ruta o alcanzar una cumbre inédita. Hoy la idea es otra: «Explorar no siempre significa ser el primero en bajar una línea o llegar a un lugar donde nadie ha estado. A veces tiene que ver con mirar una montaña desde otra perspectiva, elegir una línea distinta, moverse con autonomía o simplemente vivir una experiencia nueva en un territorio que no conoces». En una cordillera tan extensa como los Andes, aseguran, todavía queda muchísimo por descubrir. «Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

La conversación inevitablemente vuelve a Chile. Ambos creen que el país reúne condiciones excepcionales para el desarrollo del esquí de montaña, pero sigue enfrentando una barrera que limita ese crecimiento: el acceso. «Tenemos un gran problema con la privatización de las montañas, los ríos, los lagos y muchos sectores de escalada. Mientras eso no se resuelva, el desarrollo del deporte siempre se va a ver frenado. Es una pena, porque Chile podría ser una potencia mundial en deportes de montaña. Tenemos montañas, nieve, volcanes, glaciares y una geografía increíble, pero muchas veces pareciera que preferimos vender los valles antes que cuidarlos y abrirlos de buena manera para que exista una verdadera cultura de montaña».

«Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

Al regresar, no hablaron de récords ni de líneas memorables. Y muy lejos de otras pretensiones, hablan del tiempo compartido, de las decisiones tomadas y de la tranquilidad que entrega la experiencia. «Hoy podemos disfrutar la experiencia y todo lo aprendido en estos años. Sentimos que estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero también con la motivación para seguir enfrentando nuevos desafíos». Seguramente vendrán otras montañas y otros viajes. Pero algo cambió en el camino. Ya no buscan que una cumbre defina la expedición. Prefieren que sea el viaje el que les recuerde por qué siguen volviendo a la montaña.