Después de abrirse camino como una de las referentes del snowboard freeride chileno, Isidora Assler decidió asumir el desafío de formar a las próximas generaciones e impulsar una manera de entender la montaña.

En el freeride no existen puertas, trazados ni recorridos obligatorios. Cada descenso comienza mucho antes del primer giro, cuando el deportista observa la montaña, interpreta las condiciones del terreno y decide cuál será su propia línea. Esa capacidad de leer el paisaje, conocerse a sí mismo y asumir las consecuencias de cada decisión es, para Isidora Assler, la verdadera esencia de un deporte que ha crecido con fuerza durante la última década en Chile.

Assler conoce bien ese camino. Ha sido tricampeona sudamericana de snowboard freeride, representó al país en el circuito internacional y, en 2026, consiguió el mejor resultado histórico de una chilena en un Mundial FIS de Freeride, al finalizar séptima en Andorra. Sin embargo, mientras su carrera deportiva sigue creciendo, comenzó a mirar hacia otro desafío que tiene que ver con acompañar a quienes recién están descubriendo la montaña.

«La montaña siempre reflejará lo que somos y lo que tenemos que trabajar».

Esa inquietud está presente en Club Freeride Chile, un proyecto que hoy lidera y que busca formar niños y jóvenes en una disciplina donde el rendimiento nunca puede estar por encima del criterio y que, como explica, “nace con la necesidad de poder acompañar a los niños en sus procesos de crecimiento como atletas enfocados mayoritariamente en la disciplina del freeride”. 

La deportista profundiza que “es un deporte que requiere mucha educación por la importante toma de decisiones que involucra elegir por dónde bajar una montaña, siendo que no existe una pista demarcada como en otras disciplinas de nieve. Hoy eso cobra todavía más fuerza pensando en los Juegos Olímpicos de 2030, donde el freeride ya fue incorporado como deporte olímpico».

Cuando comenzó a competir, el freeride era prácticamente desconocido en Chile. Las competencias reunían a un puñado de deportistas y la disciplina era vista con cierta distancia por buena parte del mundo de la nieve. En pocos años, ese escenario cambió por completo: «Hace diez años el freeride no era conocido y en las competencias participábamos cuatro personas por categoría», señala. 

«El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo».

“Hoy, en las competencias junior participan más de 10 niños por categoría y cada vez vemos más atletas interesados en iniciarse en esta disciplina. También hemos ido construyendo una cultura distinta. Poco a poco ha dejado de ser visto simplemente como un deporte peligroso. Como cualquier disciplina tiene riesgos, pero esos riesgos se pueden gestionar cuando existe educación», sostiene.

Además, advierte, «todos quieren hacer fuera de pista, todos quieren aprender a randonear, y eso es buenísimo. La pregunta es cuántos realmente conocen los riesgos y están preparados para tomar decisiones desde el conocimiento. He visto muchas personas bajando terrenos complejos sin mochila, sin casco y sin el equipamiento adecuado. Ahí todavía tenemos mucho trabajo por hacer». 

El crecimiento no solo se refleja en el número de practicantes. También aparece en una nueva forma de entender la montaña. Cada vez son más las personas interesadas en salir de las pistas demarcadas, aprender randonnée o explorar nuevos terrenos. Esa expansión entusiasma a Assler, aunque también la obliga a poner el foco en un aspecto que considera urgente.

La montaña no tiene una pista marcada

Para Assler, enseñar freeride implica mucho más que perfeccionar una técnica de descenso. Cada jornada en la montaña comienza antes de deslizarse por la nieve. Primero viene la observación, la lectura del terreno, el análisis de las condiciones y la capacidad de reconocer los propios límites. Solo después aparece el movimiento.

«Enseñar freeride hoy no es una tarea fácil. Es una disciplina que combina muchos aspectos, pero el más importante es estar conectado con uno mismo y con el entorno. Que los niños aprendan a observar la montaña, conocer sus capacidades y tomar decisiones acordes a ellas es clave. Para algunos será saltar una roca más grande; para otros, bajar una línea más técnica. Cada atleta tiene su estrategia y es importante que aprenda a conocerse para sacar el máximo provecho al terreno», relata.

«Espero que competir siga siendo secundario y nunca perdamos la esencia de practicar este deporte porque nos encanta»

Ese aprendizaje tampoco ocurre de manera individual. En una disciplina donde muchas decisiones se toman lejos de un centro de esquí y en terrenos donde las condiciones cambian constantemente, comprender el valor del grupo forma parte de la formación desde el primer día. Saber esperar, comunicar una decisión o reconocer cuándo es mejor detenerse son habilidades tan importantes como elegir una línea o ejecutar un descenso. 

La confianza entre quienes comparten la montaña no aparece de manera espontánea: se construye con el tiempo, la experiencia y el cuidado mutuo. «El freeride hoy se enseña mucho desde el compañerismo y desde entender que las personas que me acompañan en la montaña cuidan de mí y yo cuido de ellas en todo momento», destaca.

Esa relación también se fortalece a través de gestos que muchas veces pasan inadvertidos. Mantenerse atento al compañero cuando hace una bajada, compartir la lectura del terreno, observar cómo resuelve una situación compleja o celebrar el logro de otro son prácticas cotidianas que ayudan a construir una cultura donde el progreso individual nunca está por encima del bienestar del grupo.

Para Assler, esa dimensión humana es tan importante como cualquier maniobra técnica: «Queremos que los niños celebren a sus amigos cuando llegan a la meta después de competir. También buscamos que sean humildes. En el deporte hay que tener cuidado con decirles que son los mejores. Es mucho más importante que entiendan que siempre hay algo por aprender y que esa actitud los ayudará a seguir creciendo». 

En ese sentido, la montaña se convierte en algo más que un escenario para practicar deporte. Cada salida representa una oportunidad para aprender a confiar en otros, asumir responsabilidades y comprender que las mejores decisiones no siempre son las más espectaculares. En el freeride, formar buenos compañeros resulta tan importante como formar buenos deportistas.

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