La Cordillera Blanca reunió a Galo Viguera y Chopo Díaz en una expedición de esquí que nació casi por casualidad. Pero el verdadero viaje ocurrió en otra parte. Después de décadas recorriendo montañas, ambos descubrieron que la exploración ya no se mide por la cumbre alcanzada, sino por la manera en que se habita el camino.

La montaña enseña a medir el tiempo de otra forma. No por horas ni kilómetros, sino por amaneceres, cambios de nieve, conversaciones en un refugio o largas aproximaciones donde el silencio termina ocupando más espacio que las palabras. Galo Vigueras y Chopo Díaz, los esquiadores nacionales protagonistas de esta historia, conocen esa sensación desde hace años. 

Después de haber dejado su huella escalando, esquiando y recorriendo cordilleras dentro y fuera de Chile, la expedición que realizaron a la Cordillera Blanca, en Perú, terminó por dejarles una enseñanza distinta. No fue el descenso de una línea ni la altura de una cumbre lo que marcó el viaje, sino la tranquilidad de entender que la montaña ya no les exige demostrar nada.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

La idea apareció de la forma más simple. Galo preparaba una expedición a China junto a un amigo para esquiar un siete mil, pero el proyecto se canceló de un día para otro. Al mismo tiempo, hacía tiempo que con el Chopo venían hablando de compartir una salida de esquí. 

Galo Viguera relata que «de manera natural y espontánea, conversando durante el verano, apareció la idea de ir a la Cordillera Blanca. Para el Chopo era volver; para mí era la primera vez». No hubo grandes planes ni una obsesión por encontrar la montaña perfecta. Hubo disponibilidad para cambiar el rumbo y ganas de compartir un viaje que llevaban tiempo postergando.

Cuando hablan de la Cordillera Blanca, ambos lo hacen con la fascinación de quien encuentra un paisaje familiar y completamente nuevo al mismo tiempo. «Es parte de la Cordillera de los Andes, pero se siente muy distinta a las montañas que estamos acostumbrados a recorrer en Chile. Es un lugar salvaje, remoto, con aproximaciones largas, mucha cultura de montaña y una concentración alta de cumbres sobre los seis mil metros», explican.  

Su ubicación, cerca de la línea del Ecuador, transforma por completo el paisaje. «La humedad, la radiación solar y la altitud generan una dinámica glaciar muy particular. La vegetación llega mucho más arriba que en otras cordilleras y sobre esa línea aparecen glaciares muy cargados, con formaciones de nieve y hielo que a veces parecen hongos o estructuras colgantes esculpidas por el viento y la humedad. A ratos nos recordó más a algunas montañas de Nepal que a la cordillera central de Chile», analizan. 

Una belleza que impone sus reglas

Ninguno de los dos habla de conquistar montañas ni de desafiar límites. Hablan, más bien, de respeto. «Son años haciendo deporte, moviéndose en la montaña y viviendo un poco esta vida lo que te va preparando para objetivos así. El miedo siempre está. La clave es saber manejarlo, tomar buenas decisiones y entender que en este tipo de viajes no se trata solo de llegar arriba o esquiar una línea, sino de volver bien a casa «. La experiencia, dicen, no elimina el riesgo. Solo ayuda a reconocerlo antes.

«Explorar no siempre significa ser el primero; a veces es mirar una montaña desde otra perspectiva».

Ese criterio apareció cuando la expedición cambió de rumbo. Después de esquiar el Quitaraju, el siguiente objetivo era el Artesonraju. Sin embargo, tres aspirantes a guía de montaña fallecieron en esa montaña mientras realizaban una salida de la escuela de guías de Perú. La búsqueda movilizó a buena parte de la comunidad local. «Cuando pasó eso cambiamos los planes de inmediato. La verdad es que no tuvimos que hablarlo mucho. Era lo correcto», relatan. La decisión fue inmediata y silenciosa. No respondía a una estrategia deportiva, sino al respeto por quienes viven y trabajan en esas montañas.

Durante casi cinco semanas alternaron jornadas de cuatro a seis días en altura con breves descensos para descansar, comer y recuperar fuerzas antes de volver a cargar las mochilas. En ese ritmo repetitivo entendieron que una expedición larga depende tanto de la técnica como de la convivencia. 

Explican que «lo más importante fue el compromiso entre ambos, la disciplina y también el hecho de ser buenos amigos. Eso ayuda mucho porque hay confianza, comunicación y una forma parecida de mirar la montaña. Al final no se trata solo de saber esquiar o escalar, sino de funcionar bien como equipo durante muchos días seguidos». Esa complicidad terminó siendo una herramienta tan importante como los esquís o los crampones.

El viaje también les permitió observar una cultura de montaña profundamente arraigada. «Nuestros hermanos peruanos nos llevan años de ventaja en varios aspectos del desarrollo de montaña: los refugios, su funcionamiento, la forma de operar y el respeto por la profesión de los guías y arrieros. Todo eso funciona muy bien y se nota». 

«Hoy estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero con la misma motivación».

A esa admiración suman la hospitalidad de las personas que encontraron en el camino y una gastronomía que recuerdan con entusiasmo. “Son detalles que rara vez aparecen en los relatos de expedición, pero que terminan definiendo la experiencia tanto como una jornada sobre los glaciares”, establecen.

Con los años también cambió la manera de entender la exploración. Antes podía asociarse a abrir una ruta o alcanzar una cumbre inédita. Hoy la idea es otra: «Explorar no siempre significa ser el primero en bajar una línea o llegar a un lugar donde nadie ha estado. A veces tiene que ver con mirar una montaña desde otra perspectiva, elegir una línea distinta, moverse con autonomía o simplemente vivir una experiencia nueva en un territorio que no conoces». En una cordillera tan extensa como los Andes, aseguran, todavía queda muchísimo por descubrir. «Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

La conversación inevitablemente vuelve a Chile. Ambos creen que el país reúne condiciones excepcionales para el desarrollo del esquí de montaña, pero sigue enfrentando una barrera que limita ese crecimiento: el acceso. «Tenemos un gran problema con la privatización de las montañas, los ríos, los lagos y muchos sectores de escalada. Mientras eso no se resuelva, el desarrollo del deporte siempre se va a ver frenado. Es una pena, porque Chile podría ser una potencia mundial en deportes de montaña. Tenemos montañas, nieve, volcanes, glaciares y una geografía increíble, pero muchas veces pareciera que preferimos vender los valles antes que cuidarlos y abrirlos de buena manera para que exista una verdadera cultura de montaña».

«Necesitaríamos dos vidas más para conocerlo todo, y quizás más».

Al regresar, no hablaron de récords ni de líneas memorables. Y muy lejos de otras pretensiones, hablan del tiempo compartido, de las decisiones tomadas y de la tranquilidad que entrega la experiencia. «Hoy podemos disfrutar la experiencia y todo lo aprendido en estos años. Sentimos que estamos en una buena edad para tomar mejores decisiones, con más calma, pero también con la motivación para seguir enfrentando nuevos desafíos». Seguramente vendrán otras montañas y otros viajes. Pero algo cambió en el camino. Ya no buscan que una cumbre defina la expedición. Prefieren que sea el viaje el que les recuerde por qué siguen volviendo a la montaña.

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