Durante 30 días, Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard atravesaron el Penny Ice Cap en Baffin Island, escalaron el Mini Asgard por una ruta inédita y construyeron una expedición donde el proceso terminó siendo tan importante como la cumbre.

En una expedición así, el cansancio no aparece de golpe, se acumula en las horas caminando sobre hielo, en el peso constante del trineo, en los cruces de ríos sobre glaciares y en la repetición diaria de avanzar bajo condiciones que cambian todo el tiempo. Mucho antes de cualquier cumbre, la travesía ya está ocurriendo ahí.

La expedición liderada por Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard cruzó el Penny Ice Cap, en Baffin Island, durante cerca de 30 días. En ese recorrido realizaron la primera ascensión del Mini Asgard y también escalaron el Monte Asgard, el Monte Loki y el Monte Freya, en uno de los territorios más remotos y expuestos del Ártico canadiense.

La preparación comenzó mucho antes de entrar al glaciar. Pachi Ibarra y Celine Jaccard se habían conocido trabajando como guías en la Antártica y desde ahí empezó a tomar forma la idea de viajar al norte canadiense para explorar nuevas líneas. “Primero nos reunimos en Squamish para escalar juntas y afinar aspectos técnicos. Después fuimos a Ottawa para hacer las últimas compras para un mes completo de expedición. Ya en Baffin organizamos el equipo, armamos los trineos, definimos kits de reparación y partimos hacia el glaciar”, recuerda Ibarra.

El acceso al Parque Nacional Baffin Island tampoco fue directo. La cordada avanzó primero por un fiordo y luego recorrió más de 90 kilómetros sobre glaciares cargando todo el equipo necesario para sostener la expedición durante semanas. Ahí es donde la experiencia empieza a cambiar de escala y el desgaste físico se vuelve parte permanente del viaje.

Para Violeta Sepúlveda, los momentos más complejos no estuvieron necesariamente en la pared. “Los días más duros fueron probablemente las jornadas largas caminando por los glaciares. Solo la aproximación al campamento base del Asgard fueron cerca de 85 kilómetros en seis días, cargando el trineo y cruzando muchos pequeños ríos”, recuerda.

El cansancio se fue acumulando con los días. “El último día de la expedición fue especialmente duro porque ya estaba mucho más cansada. Llevar el trineo en bajada puede sonar más fácil, pero no lo es, porque se viene contra las piernas y golpea fuerte. Para mí era la primera vez tirando un trineo y resultó ser mucho más duro de lo que imaginaba”, cuenta entre risas, alejándose del tono épico que muchas veces rodea este tipo de expediciones.

Ahí aparece una parte importante de la identidad del viaje. Más que una narrativa heroica, lo que atraviesa el relato es la experiencia concreta de convivir con el desgaste, el clima y la incertidumbre en un territorio que obliga a adaptarse constantemente.

La Casa de las Diosas

Aunque la escalada era una de las motivaciones centrales de la expedición, la lógica del viaje nunca estuvo puesta solamente en conseguir cumbres. “Lo principal para nosotras era absorber el entorno, escalar juntas, dejarnos sorprender por lo que Baffin tuviera para ofrecernos y explorar terreno sin ascensos previos”, explica el registro de la expedición.

Durante las primeras semanas, la cordada aprovechó las ventanas de buen tiempo para escalar distintas líneas en el Monte Asgard y el Monte Freya. “La verdad es que hay mucho para escalar aquí. Uno va avanzando por el glaciar y alrededor está lleno de paredes de granito, realmente hermoso”, cuenta Pachi Ibarra sobre uno de los aspectos que más marcó la experiencia.

Motivadas por los resultados que habían conseguido hasta entonces, pusieron también la mirada sobre el Monte Loki. “Eso significaba unos 15 o 16 largos de escalada de alta calidad y muy técnica, pero lamentablemente una lluvia inesperada en la pared no nos permitió terminar la ruta”, explica Pachi. El clima, como suele ocurrir en Baffin Island, volvió a alterar los planes.

Fue después de esos intentos frustrados cuando decidieron regresar al Mini Asgard, una formación que ya habían explorado parcialmente durante los primeros días de expedición. Tras esperar durante jornadas enteras dentro de la carpa por mejores condiciones, finalmente lograron abrir la línea que bautizaron como “La Casa de las Diosas”.

La ruta recorre siete largos sobre fisuras, diedros, roca húmeda, techos y secciones expuestas, en una línea sostenida que exigió resistencia física, precisión técnica y mucha confianza dentro de la cordada. Pero para ellas, el significado de esa apertura parece ir más allá del registro deportivo.

Baffin Expedition

“Creo que para nosotras significó aventura, divertirnos en lo desconocido y movernos en un mundo completamente distinto. También fue un desafío deportivo y mental de ir a un lugar donde nadie había estado y usar nuestra propia experiencia para encontrar la ruta”, explica Violeta.

En expediciones de este tipo, la progresión no depende solamente de la capacidad física o técnica. También aparece la intuición. “Me gustó mucho poder usar nuestro instinto para avanzar, sin expectativas más allá de intentarlo y disfrutar el proceso”, sostiene. En un entorno donde las condiciones cambian constantemente y no existe control total sobre lo que ocurre, avanzar también implica aceptar lo incierto.

Explorar sin referencias

Baffin Island ocupa un lugar casi mítico dentro del montañismo y la escalada mundial. Paredes gigantes, glaciares interminables y condiciones extremas han convertido la zona en un territorio asociado históricamente a expediciones masculinas y altamente técnicas. En ese contexto, la presencia de mujeres liderando este tipo de travesías todavía sigue siendo menos frecuente de lo que parece.

Baffin Expedition

 

“Para mí siempre ha sido inspirador ver a otras mujeres haciendo cosas entretenidas en la naturaleza, en cualquier deporte. Personalmente me siento motivada y capaz cuando veo a otras mujeres haciendo cosas que muchas veces pensé que yo no podía hacer”, sostiene Violeta.

Esa experiencia se vuelve todavía más visible en disciplinas como el montañismo. “En un mundo que ha estado dominado por hombres durante muchos años, ver a otras mujeres haciéndolo nos contagia confianza y ganas de salir a explorar con amigas”, reflexiona. El impacto no pasa necesariamente por transformar el deporte de inmediato, sino por ampliar la percepción de quiénes pueden habitar estos espacios.

En ese sentido, la expedición también funciona como representación de una generación que empieza a relacionarse distinto con la montaña. Más horizontal, menos obsesionada con la conquista y más conectada con la experiencia completa del viaje. El registro del proyecto, apoyado por Patagonia, muestra no solo escalada, sino también logística, convivencia, cansancio y exploración cotidiana.

Durante parte de la travesía colaboraron además con un equipo de glaciólogos transportando datos de monitoreo climático a distintos puntos de la isla, en una expedición donde la exploración convivió constantemente con el aislamiento y las condiciones cambiantes del territorio. Incluso, a la salida del glaciar, un encuentro inesperado con un oso polar volvió a recordarles la dimensión salvaje del lugar.

Ese equilibrio entre exigencia y disfrute atraviesa todo el relato. No aparece la necesidad de exagerar la dificultad ni de romantizar el sufrimiento. Lo que queda es algo mucho más cercano a la experiencia real de expedición; avanzar, resolver, cansarse, improvisar y seguir moviéndose.

La primera ascensión del Mini Asgard quedará registrada dentro de la historia de Baffin Island. Pero para ellas, el sentido del viaje parece haber quedado en otro lugar. En la posibilidad de explorar sin referencias claras, confiar en la propia experiencia y construir montaña desde una lógica donde la aventura compartida termina siendo tan importante como la cima.

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