Desde el campo en Talagante hasta una escuela que busca profesionalizar el mountain bike, su apuesta no está en el resultado inmediato, sino en construir una cultura técnica, consciente y sostenible en el tiempo.

Antes de ser rider, profesor o formador, Pablo Hobon fue un niño que aprendió a moverse sin método ni estructura y un ambiente ideal. “Crecí en el campo, subiendo árboles, corriendo detrás de caballos, cayéndome y volviendo a intentar”, recuerda. Esa relación temprana con el cuerpo, el riesgo y la naturaleza no fue un entrenamiento, pero terminó siendo una base. “Ahí se formó mi conexión con el movimiento, con la adrenalina y con la naturaleza”, dice, como si ese origen explicara todo lo que vino después.

La bicicleta apareció más tarde, en la parcela de su abuelo en Pirque, casi como una extensión natural de ese entorno. No había técnica ni planificación, pero sí repetición, intuición y juego. “Empezamos a construir pistas, a desafiarnos entre nosotros, a buscar cómo mejorar cada día”. Lo que hoy podría parecer entrenamiento, en ese momento era simplemente insistir. “Aprendíamos de forma totalmente natural, sin saber que estábamos entrando en el mundo del mountain bike”, relata. 

Ese aprendizaje autodidacta tuvo un punto de inflexión cuando entró a trabajar en una tienda de bicicletas. Ahí apareció otra capa: la del conocimiento técnico, el rendimiento, los componentes. “Conocí el otro lado del deporte”, explica. Poco después, en el Bike Park de La Parva, esa dimensión se volvió más compleja. Construir pistas y luego recorrerlas lo llevó a entender el deporte desde dentro. 

“Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

El giro definitivo llegó casi sin anuncio, a partir de un vínculo. Ignacio Rojo, uno de los referentes del mountain bike chileno, lo integró primero en la construcción de pistas y luego en clases: “Ahí apareció algo más estructural. Al principio era solo motivación, pero con el tiempo entendí que enseñar era algo que se me daba de forma natural”. No fue una decisión estratégica, sino un reconocimiento progresivo.

Esa transición redefine su carrera. Cuenta que siempre le llamó la atención entender el porqué de las cosas arriba de la bicicleta. “La enseñanza aparece entonces como una extensión lógica. La formación es una forma de dejar una huella mucho más profunda que solo competir”, sostiene.

“Enseñar implica responsabilidad. Es un deporte de alto riesgo y necesitas entender técnica, aprendizaje y cómo reaccionar ante un accidente”. Su diagnóstico sobre la enseñanza del mountain bike en Chile es directo: “Hay una confusión entre ser profesor y ser guía o paseador de cerro. No lo plantea como crítica superficial, sino como un problema estructural”.

Formar antes que rendir: técnica, seguridad y criterio

Para Pablo Hobon, la diferencia entre un rider formado y uno autodidacta no está solo en el nivel, sino en la comprensión. “El rider formado entiende lo que hace. Tiene herramientas: lectura de terreno, control corporal, toma de decisiones”. El autodidacta, en cambio, puede avanzar, pero con vacíos. “El problema aparece cuando el terreno se vuelve más exigente”.

“Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

Esa lectura conecta directamente con la seguridad. No como restricción, sino como conocimiento. “La seguridad no es evitar el riesgo, es saber enfrentarlo con herramientas”, explica. En su caso, esa responsabilidad se traduce en formación específica: primeros auxilios, manejo de trauma, preparación para escenarios complejos. “Cuando enseñas, tienes que estar preparado no solo para enseñar, sino también para responder”.

La técnica, en ese contexto, deja de ser un accesorio y pasa a ser estructura. Explica que “la técnica lo es todo. No solo como ejecución, sino como lectura. “Es lo que transforma el miedo en decisión. Sin ella, la progresión es frágil. Puedes avanzar rápido, pero llega un punto donde te estancas o te expones”.

El trabajo con niños y jóvenes terminó de consolidar esa mirada. Ahí encontró un espacio donde el aprendizaje se vuelve más transparente: “Los niños aprenden sin prejuicio, se equivocan y vuelven a intentar. En contraste, los adultos cargan con miedo y vergüenza. “Muchas veces lo que frena no es la dificultad, sino el temor a fallar”.

Su propia experiencia escolar influye en ese enfoque. Formado en un entorno Waldorf, aprendió a respetar los tiempos individuales. Tuvo profesores que le ayudaron sin juicio, con paciencia, y eso es lo que busca replicar. La enseñanza, en su caso, no es solo técnica, también es contexto emocional.

Desde ahí proyecta su escuela, como una estructura más amplia. “Me gustaría que sea un colegio deportivo, una plataforma de formación integral”. El objetivo no es solo formar riders, sino personas. “Que entiendan el deporte como parte de la vida, que lo respeten y lo vivan de forma consciente”.

«No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste».

Ese enfoque también define su idea de impacto. El mountain bike, dice, es una herramienta. “Te enseña toma de decisiones, resiliencia, manejo del miedo. Si eso se transfiere fuera de la bicicleta, el alcance es mayor. Ahí el impacto va mucho más allá del deporte”.

En esa misma línea aparece su noción de legado, lejos de los resultados. “No son las carreras ni los podios. Son las personas que formaste, las herramientas que les dejaste y cómo influiste en su camino”. Es una definición que desplaza el foco. No hacia lo que se gana, sino hacia lo que permanece.

Hobon no construye su carrera desde la transmisión. Su apuesta es más lenta, menos evidente, pero también más estructural. En un deporte donde la progresión suele medirse en velocidad, su énfasis está en otra parte; en formar riders que entiendan lo que hacen, que sepan por qué lo hacen y que puedan sostenerlo en el tiempo.

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