En su cortometraje, la deportista Coto Salgado convierte una travesía en bicicleta por el Nevado Ausangate en un testimonio audiovisual sobre la urgencia de conservar los glaciares. Una apuesta poco común donde el deporte deja de ser espectáculo para transformarse en herramienta de conciencia ambiental.
El agua fue siempre parte del paisaje para Coto Salgado. Primero como deportista de nieve, luego como viajera en casa rodante, y ahora como ciclista que pedalea hacia las alturas, buscando esos pequeños parches de nieve que aún resisten en la montaña. Pero cuando visitó la Región de Magallanes en 2022, entendió que la belleza del agua también tiene un punto de quiebre: los glaciares se están derritiendo, y con ellos desaparecen ecosistemas, culturas y formas de vida. Así nació “Glaciers”, un cortometraje que une pedaleo y conservación, paisaje y denuncia, estética y política.

“Sabía que era un tema llamativo por la majestuosidad de estos ecosistemas. Pero también sabía que era urgente”, dice Coto. “Después de hablar con Fundación Glaciares Chilenos y enterarme de que la ONU iba a declarar el 21 de marzo como Día Internacional de los Glaciares, el proyecto dejó de ser una idea y se convirtió en una necesidad”.
“Glaciers” no es un documental tradicional ni un “edit” de mountain bike al uso. Es más bien un híbrido: una pieza visual que aprovecha el lenguaje del deporte outdoor —sus planos espectaculares, su narrativa de esfuerzo, su estética limpia— para transmitir un mensaje ambiental claro. Y esa mezcla, que a ratos tensiona los géneros, parece ser también la fórmula de su potencia.
“Los proyectos audiovisuales tienen una capacidad brutal para llegar a la gente. Después de grabar ‘Chasing Sunrises’, entendí que ese era el camino. Ya no quería solo mostrar aventuras. Quería que tuvieran sentido”, sostiene Coto.
Para esta mujer, deportista chilena, el agua representa uno de los paisajes más hermosos. “Además, tengo una relación especial con el agua como recurso. Viajé durante tres años en una casa rodante, donde el uso de agua debía ser extremadamente medido: lo justo para la ducha, la cocina y el baño. Esa etapa de mi vida me hizo mucho más consciente, y desde entonces intento compartir lo aprendido y educar sobre su cuidado”, explica.

La filmación de “Glaciers” no fue sencilla. El equipo viajó a más de 4.500 metros de altura, en pleno Nevado Ausangate, Perú. Ahí compartieron con la comunidad de Pacchanta, donde el quechua sigue siendo lengua madre y el agua glaciar corre por canales ancestrales que abastecen a familias enteras. Pero esa fuente vital ya no es la misma. Cada año, la capa blanca se retrae un poco más. Cada verano, el caudal se reduce. Y eso no es solo un dato climático, es una amenaza concreta.
“Eloy, uno de los comuneros, nos contaba cómo han tenido que adaptarse. Sin ese hielo, su comunidad no puede vivir”, recuerda. “Escuchar eso mientras grabas, mientras ves con tus propios ojos el retroceso, es imposible no conmoverse”.
Durante el rodaje, las jornadas empezaban a las 4 de la mañana para captar los amaneceres y terminaban con los últimos rayos de luz. En medio, cargar cámaras, empujar bicicletas, y sortear el cansancio de la altura. Pero también, entre todo eso, sopas calientes y fuego encendido al volver. Hospitalidad andina, cicatrices del cambio climático, y una certeza: esto había que contarlo, creando un mensaje sin estridencias, pero con dirección
Coto no se instala como experta en conservación, pero sí como mensajera. Usa el ciclismo para llegar donde otros no llegan. Y desde ahí, habla. No desde la cumbre, sino desde la experiencia.
“Creo que los deportistas tenemos una responsabilidad. Podemos amplificar voces, mostrar lugares, sensibilizar. Hay muchas personas haciendo cosas increíbles en ciencia, en investigación, en activismo. Si nosotros ayudamos a comunicar eso, ya es un aporte”.
Chile: país de glaciares, país sin ley
Chile alberga el 80% de los glaciares de Latinoamérica. Sin embargo, sigue siendo un país sin una ley que los proteja. “Hace más de 15 años que se proponen proyectos de ley y ninguno avanza. Es absurdo. ¿Qué estamos esperando?”, se pregunta Coto Salgado, con frustración. Desde su punto de vista, la solución no vendrá solo desde la institucionalidad: también desde una ciudadanía más informada, más activa y más dispuesta a incomodarse.

La pregunta de Coto no es retórica. Entre 2006 y 2021, se han presentado al menos cinco iniciativas para proteger legalmente los glaciares en Chile. Todas han fracasado. La más emblemática fue el Proyecto de Ley de Protección de Glaciares ingresado en 2014, durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, que buscaba declarar a los glaciares como “bienes nacionales de uso público” y prohibir actividades extractivas —como la minería— en ellos y su entorno. A pesar del respaldo ciudadano y del impulso inicial, la presión del sector minero y el lobby empresarial terminaron por desdibujar el proyecto. En 2021, después de siete años de tramitación, la iniciativa fue archivada en el Senado sin ser votada en su forma original.
Durante el actual gobierno de Gabriel Boric, se esperaban avances concretos. En su programa de campaña, se comprometió con una ley de protección de glaciares. Pero en abril de 2023, el Ministerio del Medio Ambiente optó por un camino más “acotado”: retiró el proyecto anterior y propuso incorporar disposiciones sobre glaciares en la futura Ley de Delitos Ambientales. Sin embargo, esta nueva vía tampoco ha logrado establecer prohibiciones claras, ni asegurar una protección efectiva de los cuerpos de hielo.
Coto lo resume de forma simple: “Si Perú ha sido capaz de proteger una zona tan remota como el Ausangate, nosotros también debemos hacerlo. En Chile se ha diagnosticado la situación una y otra vez. Lo que falta es voluntad política”.
Para ella, los glaciares no son un símbolo lejano ni una causa ambientalista más. Son cuerpos vivos que ya muestran signos de agotamiento. “Los glaciares no tienen voz. No pueden decirnos cómo los estamos afectando. Pero sí podemos ver sus síntomas: el retroceso, la pérdida de masa, el colapso de lagunas, los ríos secos en verano. Y si el deporte outdoor empieza a hablar de esto, si nos volvemos más conscientes de nuestros impactos, ya estamos empujando un cambio”.
A falta de ley, queda la acción. Y en ese terreno, la bicicleta puede ser más que un medio de transporte: puede ser una herramienta de educación, un acto de presencia, una forma de decir que algo está mal. “No podemos seguir tratando los glaciares como si fueran escenografía. Son fuentes de agua, de vida, de memoria. Y si no los protegemos ahora, no habrá segunda oportunidad”.
Pedalear como acto de responsabilidad
Coto no viene del mundo audiovisual. Su experiencia es la del deporte, los viajes, la autogestión. En Glaciers, tuvo que escribir el guión, diseñar el mensaje, tocar puertas para financiarlo y asumir la logística en altura. “Al no formar parte de la industria audiovisual, tuve que asumir muchas funciones: desde la creación del guion hasta buscar marcas que creyeran en el proyecto”.
Y no fue fácil. El marketing, dice, prefiere lo rápido, lo medible, lo vendible. Glaciers no ofrecía eso. Era una apuesta a largo plazo, sin retorno asegurado. “Proyectos como este, que entregan valor pero no generan resultados cuantificables a corto plazo, son difíciles de financiar”. A eso se sumó la dificultad física de filmar a esa altitud. Aunque estaba aclimatada, empujar una bicicleta o coordinar tomas en medio del cansancio y el frío extremo exigía más que buena voluntad.

Más allá del rodaje y su historia personal, tiene claro qué busca con Glaciers. “La comunidad mountainbiker debe tomar conciencia de que nuestro deporte también genera impacto. Podemos llegar a lugares remotos, donde muchos no llegan, y eso nos da una responsabilidad: dejar un legado, educar y proteger”. La bicicleta, dice, no es solo medio de transporte ni pasatiempo. Es también un lenguaje.
En ese sentido, Glaciers es una pieza incómoda. No sólo denuncia, sino que interpela: ¿Qué hacemos cuando visitamos la montaña? ¿Cómo nos movemos, qué dejamos atrás? ¿Podemos seguir grabando reels desde la cumbre y callar lo que pasa bajo nuestros pies?
“Este no es un proyecto sobre mí, ni sobre mi viaje. Es sobre algo más grande. Y si logro que alguien se detenga a pensar, aunque sea por unos minutos, ya habrá valido la pena”, concluye.






