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Jordi “Trial” Muñoz: Construyendo un legado sobre dos ruedas

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El piloto chileno combina pasión, técnica y perseverancia para destacar en el trial nacional e internacional, enfrentando desafíos únicos, buscando superarse a sí mismo en cada entrenamiento y competencia, y motivando e inspirando a nuevas generaciones a acercarse a esta disciplina

Desde que tiene uso de la memoria, Jordi Muñoz ha estado sobre una moto. Su padre, un apasionado del trial, fue el primer vínculo que lo acercó a este deporte. “A los cuatro años ya tengo fotos arriba de una moto eléctrica de trial, y hacia los siete u ocho comencé a participar en mis primeras competencias”, recuerda. Su acercamiento inicial fue autodidacta, relata, aprendía técnicas en motos y bicicletas que no eran específicas, hasta que, alrededor de los 12 o 13 años, pudo contar con equipo especializado en ambas modalidades.

Las primeras experiencias competitivas quedaron grabadas en su memoria, no solo por los resultados, sino por el contexto familiar. “Creo que mi primera experiencia importante la definiría en dos planos; uno más emotivo y familiar, y otro más competitivo. Hubo un tiempo en que los cuatro —mi papá, mi hermano mayor, mi hermana menor y yo— competíamos en motos. Mi padre hacía de todo: nos acompañaba, nos cuidaba en la pista, corría detrás de cada uno cuando era necesario y siempre estaba ahí para levantarnos cuando nos caíamos. Mi mamá registraba esos momentos con su cámara”, relata Jordi, evocando el núcleo que formó sus primeros aprendizajes.

“Hoy la competencia es conmigo mismo: ganarle al Jordi de la semana anterior.”

En lo competitivo, recuerda su primera participación internacional en Brasil, con una moto arrendada, donde terminó quinto en la categoría B o sub-18. “No era el resultado que esperaba, pero fue una experiencia valiosa que me enseñó mucho. Desde ahí comencé a competir tanto en moto como en bicicleta, algo que me caracteriza hasta hoy: combinar estas dos disciplinas hermanas”. Ese camino culminó en 2019, cuando se consagró campeón latinoamericano tras una final que se definió al límite. “Ganamos peleando hasta la última zona contra Andres Sandrock. Ese logro representó cumplir un sueño que tenía desde niño”, cuenta. 

El entrenamiento es una parte esencial de su vida, casi una ciencia. Jordi detalla que su rutina comienza de manera suave, con movilidad articular y saltos pequeños, para preparar cuerpo y mente. “El trial exige fuerza, estabilidad y control, casi como si fuese una gimnasia olímpica. Entrenamos mucho la bilateralidad para poder recuperar el equilibrio rápidamente en cualquier situación y sacar la zona dentro del tiempo límite”, explica. Además, destaca la importancia de la mirada externa: “Un mochilero o coach observa desde fuera, corrigiendo posturas y dando consejos que uno no percibe arriba de la moto”.

Obstáculos que marcan el camino

El camino, como la disciplina que ama, no ha estado exento de obstáculos. Jordi reflexiona sobre las limitaciones que impone la región. Así reconoce que “uno de los mayores ha sido tomar conciencia de la enorme brecha que existe entre Latinoamérica y Europa. Allá los procesos son más profesionales, y se cree en los niños desde muy pequeños, se invierte en su formación y se les acompaña hasta que alcanzan un nivel de alto rendimiento. En cambio, en Chile existe la idea de que no se puede vivir del deporte”. Aun así, reconoce que pese a estas limitaciones, los pilotos chilenos han logrado resultados destacados.

“Hoy, en un momento en que hay muy poca competencia de moto trial en Chile, lo que más me llena es esa conexión con las personas. Me motiva saber que para muchos niños soy un referente, que me escriben, me comentan en redes sociales o incluso me reconocen en la calle. Y lo más lindo es que ese reconocimiento no se centra únicamente en los resultados deportivos, sino en lo que transmito como persona: los valores, la motivación y las virtudes que intento compartir en cada experiencia. Creo que eso, al final, es un logro que trasciende lo competitivo”, sostiene Jordi. 

Una pieza clave en su desarrollo ha sido César “Chachí” Ramos, amigo de la familia y estratega de primer nivel. “Es un genio, no solo arriba de la moto, sino administrando equipos deportivos. Su manera de planificar competencias, administrar tiempos y potenciar cualidades hizo que mi camino hacia el título latinoamericano fuera posible”, afirma Jordi, reconociendo la influencia del entrenador en su carrera.

Más allá de los títulos, Jordi valora la conexión con quienes siguen el deporte. “Creo que mis logros más importantes están relacionados con la motivación que he podido generar en otras personas. Gracias a mi trayectoria he aparecido en programas de televisión y redes sociales, mostrando el trial a un público más amplio. Hoy, lo que más me llena es esa conexión con los niños, adolescentes y adultos que me consideran un referente. Ese reconocimiento no se centra únicamente en los resultados deportivos, sino en lo que transmito como persona”.

Su motivación actual trasciende la competencia. “Muchas veces me he preguntado por qué sigo entrenando con tanta intensidad, considerando que en Chile prácticamente no hay competencias de trial. Hoy la competencia es conmigo mismo, quiero ganarle al Jordi de la semana anterior. Ya no se trata únicamente de competir, sino de mantenerme en pie y seguir haciendo lo que amo. Y para poder hacerlo, necesito mejorar constantemente”, explica.

Además de la motivación personal, Jordi reflexiona sobre el desarrollo del trial en Chile y la falta de oportunidades para demostrar el nivel alcanzado. “Hemos tenido muy buenos exponentes, incluso en bicicleta, como Matías Alegría, que iba a competir en varias Copas del Mundo fuera de Chile. El problema no es el nivel, sino la falta de espacios y competencias para demostrarlo”, señala. 

Para él, sería clave integrar más a los niños y jóvenes al deporte, consolidando una base sólida que permita que Chile siga creciendo en estas disciplinas. En Europa, la formación temprana y el acceso a competencias son habituales, mientras que en Chile aún falta consolidar esa cultura, lo que limita la proyección de los deportistas a nivel mundial.

Jordi también valora la versatilidad que aporta entrenar en distintas disciplinas. “Mientras más herramientas tengas fuera de la bicicleta, más puedes extrapolar a cualquier disciplina de dos ruedas, y eso es algo que me gusta hacer, el lograr cosas que el resto no puede”, explica. Su enfoque no solo busca potenciar su propio rendimiento, sino generar conocimiento y técnica que puedan inspirar a otros, demostrando que el trial no es solo un deporte competitivo, sino una escuela de habilidades, disciplina y creatividad aplicables a distintas modalidades de motociclismo y ciclismo.

Los planes de Jordi para el futuro combinan competencia y difusión del deporte. Busca renovar campeonatos nacionales y promover shows de trial y bicicleta, acercando la disciplina al público. “Quiero generar emociones en las personas, transmitir el deporte y motivar a niños, adolescentes y adultos. En cuanto a comunicación, shows y redes sociales, quiero llevar eso al máximo”, afirma.

Paralelamente, ha desarrollado su faceta profesional fuera de la competición. Ingeniero industrial de formación, Jordi decidió emprender como creador de contenido y realizador audiovisual freelance, con la idea de abrir próximamente una agencia de marketing o producción audiovisual. “Todo esto lo hago en relación a mi deseo de entrenar en lo que considero no negociable: andar en bicicleta, moto, etc. Con un horario tradicional de oficina sería prácticamente imposible entrenar la cantidad de veces que necesito”, explica.

El trial chileno, su familia, la resiliencia y la pasión por transmitir el deporte se entrelazan en la vida de Jordi Muñoz. Cada entrenamiento y cada competencia representan un avance hacia un propósito mayor, que consiste en mantenerse en permanente crecimiento, inspirar y acercar esta disciplina a nuevas generaciones. Como él mismo afirma, “eso es lo que me mueve hoy; mejorar día a día y compartirlo con los demás”.

Viento a favor: La ruta que está transformando la navegación femenina chilena

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El crecimiento de la participación de mujeres en la náutica nacional ya no es una excepción, sino una tendencia que se afianza. La presidenta del Club de Yates Higuerillas y capitana/timonel del velero HDI, Aurelia Zulueta analiza los avances, vacíos y desafíos de un proceso que exige profesionalizar la formación y asegurar continuidad.

La vela femenina en Chile ya no es una rareza en la línea de largada. Lo que hoy vemos en las boyas de partida —tripulaciones mixtas, equipos íntegramente femeninos, niñas que pasan del optimist al barco grande— es el resultado de una evolución sostenida que, sin ser lineal, ha cambiado la fisonomía del deporte. 

Aurelia Zulueta, presidenta del Club de Yates Higuerillas y capitana/timonel del velero HDI, tripulación compuesta solo por mujeres, comenzó hace 30 años y recuerda que casi no había mujeres y en regatas de barco grande muchas veces estaba sola, una realidad que dista del contexto actual. “Existe un auge enorme y las familias integran a sus hijos e hijas por igual (…) hemos avanzado muchísimo y cada vez hay más mujeres en el agua y ya vemos tripulaciones de barcos grandes con presencia femenina muy relevante.”

El crecimiento, detalla la timonel, no ha sido solo demográfico. Hay una ampliación de la cultura náutica que integra a las familias y normaliza la presencia femenina en todos los roles, desde proa hasta timón. Zulueta observa una tendencia virtuosa y a la vez un punto ciego, puesto que “muchas mujeres que se forman en etapas tempranas dejan de navegar cuando empiezan la vida familiar. Es un deporte para toda la vida, que permite cambiar de clase y seguir en el agua, pero ahí se produce un corte. Son pocas las que continúan navegando de forma permanente, pese a que este es un deporte para toda la vida”. 

“Existe un auge enorme y las familias integran a sus hijos e hijas por igual (…) hemos avanzado muchísimo y cada vez hay más mujeres en el agua».

La expansión de la base se explica por una mezcla de motivación y acceso. “Los factores que han impulsado la integración de mujeres a la navegación son la pasión que sale de cada una y que el deporte se está haciendo un poquito más accesible”, dice. Menciona clubes que han abierto sus puertas a la comunidad y un empuje específico. 

“Hemos tomado un rol clave con el Festival Femenino, organizado el evento más grande de Chile, con más de 150 mujeres sin experiencia previa que se animaron a navegar y muchas de ellas siguieron en el deporte. Ese programa, impulsado por World Sailing, ha sido fundamental. Y también ha habido una mayor acogida por parte de los hombres, algo que ha contribuido mucho a este avance”, sostiene. 

El acceso, sin embargo, tropieza con la piedra de siempre. “El mayor desafío es el financiamiento”, admite. En Higuerillas han levantado una escuela “preciosa” que en los últimos años tomó fuerza y produjo historias que iluminan el camino posible. “Desde la experiencia de Renato Brito, que partió con un convenio en su escuela básica y hoy compite por Chile, hasta Iván y Leni Álvarez o Miguel Puño, que salieron de convenios municipales y ya corren Semana de Buenos Aires con apoyo del club. Ves cómo el deporte les cambia la vida”. El objetivo, dice, sería multiplicar esos casos, pero “llegar a estar bien” requiere sostén económico en la ruta, no solo en la foto del resultado.

El HDI, el barco que capitanea, nació con ese espíritu de abrir puertas y mezclar generaciones. “La idea viene de hace casi diez años; en 2026 cumplimos la década. Yo había navegado a cargo del equipo femenino de la Escuela Naval y con mis hermanas decidimos jugárnosla con un barco propio para pasarlo bien. Hoy somos cinco de la familia —mis dos hermanas y mis dos sobrinas— y siempre hemos integrado amigas y chicos que salen del Optimist para que conozcan el trabajo en equipo en barco grande”. 

“Las mujeres podemos liderar grupos donde la mayoría son hombres, hacerlo bien y aportar desde otros talentos”.

El objetivo declarado es simple y contundente: “Mantenerse navegando, pasarlo bien y buscar los mejores resultados posibles. Con el tiempo te das cuenta de que lo más importante es estar en el agua”. También hay un hilo íntimo que sostiene el proyecto. “Somos hijas de un navegante; mi papá murió hace casi dos años. Esto es honrar su legado”.

Liderar una tripulación femenina y presidir un club histórico han sido, para Zulueta, experiencias transformadoras. “Me abrió el mundo. Las mujeres podemos liderar grupos donde la mayoría son hombres y hacerlo bien, quizá con otros talentos y de otra forma. Trabajar en conjunto lleva a buenos resultados”. Esa convicción se traduce en gestión. “Me empuja a fortalecer la escuela municipal, a conseguir más veleros, a construir una cultura amplia. Las cosas no siempre salen cuando uno quiere, pero si lo haces bien, en forma profesional y ordenada, se puede”.

La ruta hacia el alto rendimiento 

En el alto rendimiento aparecen señales y deudas. “La mayoría de los selectivos ya viajan con hombres y mujeres. Vamos un poquito más abajo porque somos menos, pero vamos bien. Hemos tenido mujeres en Juegos Olímpicos y juveniles compitiendo afuera”, repasa Zulueta. El talón de Aquiles está en la transición. “Del optimist a la universidad hay un vacío. En la etapa juvenil falta apoyo de las instituciones y de las propias universidades; ahí se nos pierden deportistas”. 

El “cómo” corregir esa fuga está mapeado. “Primero hay que ampliar la base. Más niños y niñas navegando en escuelas de todo Chile y nivelar la educación entre clubes, ciudades y programas”, propone. Estándares de formación, instructores mejor capacitados y una malla que converse con lo que hace el mundo desarrollado. “Es clave profesionalizar. Y luego invertir en los juveniles de 15 a 20 años con foco. No podemos dispersarnos en muchas clases, porque es caro. Hay que priorizar dos o tres de nivel competitivo, ojalá olímpicas, y darles tiempo y buen entrenamiento”.

“La vela abre puertas reales, pero el desafío es acompañar el camino para llegar hasta ahí”.

La orientación técnica también cambia. “El mundo va hacia el windsurf y la navegación rápida. Podemos tener de todo, pero si queremos competir de verdad, sin financiamiento y sin el barco indicado será difícil que Chile sostenga un nivel olímpico”. La honestidad del diagnóstico evita el triunfalismo y libra a la dirigencia de la tentación del atajo. Apostar por la base, por entrenadores formados y por un calendario que acompañe la curva de maduración de las deportistas no es una consigna; es una hoja de ruta.

Mientras tanto, la escena local se recalibra. La participación femenina ya no es noticia en sí misma y empieza a medirse por calidad competitiva, continuidad de procesos y liderazgo en clubes y equipos. En ese tránsito, experiencias como el Festival Femenino —que acercó a cientos de debutantes— muestran que la masificación puede convivir con la excelencia si existen pasarelas claras hacia programas de rendimiento. La acogida de los varones, mencionada por la presidenta, también importa: la igualdad real se juega en la cubierta y en las comisiones, en la rotación de roles y en el acceso a oportunidades.

La historia del HDI resume muchas capas del cambio. Un barco familiar que recoge un legado, integra generaciones e instala referentes visibles en los muelles y en el agua. Un equipo que entiende el resultado como consecuencia de estar y volver, de sumar horas en condiciones diversas, de atreverse a invitar a quien recién dejó el optimist. Y una timonel que, desde la gestión y la competición, empuja un ecosistema más ancho y mejor articulado.

El desarrollo de la vela femenina en Chile vive un momento fértil y exigente. Hay masa crítica, hay programas que funcionan, hay liderazgos que sostienen y hay evidencia de que el talento aparece cuando el acceso existe. También hay una agenda pendiente que requiere prioridades claras y persistencia. “Si ampliamos la base y cuidamos a los juveniles con foco y profesionalismo, vamos a llegar”, concluye Aurelia Zulueta.