lunes, octubre 12, 2026
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La Casa de las Diosas: la expedición chilena que abrió una nueva ruta en el Mini Asgard

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Durante 30 días, Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard atravesaron el Penny Ice Cap en Baffin Island, escalaron el Mini Asgard por una ruta inédita y construyeron una expedición donde el proceso terminó siendo tan importante como la cumbre.

En una expedición así, el cansancio no aparece de golpe, se acumula en las horas caminando sobre hielo, en el peso constante del trineo, en los cruces de ríos sobre glaciares y en la repetición diaria de avanzar bajo condiciones que cambian todo el tiempo. Mucho antes de cualquier cumbre, la travesía ya está ocurriendo ahí.

La expedición liderada por Pachi Ibarra, Violeta Sepúlveda y la suiza Celine Jaccard cruzó el Penny Ice Cap, en Baffin Island, durante cerca de 30 días. En ese recorrido realizaron la primera ascensión del Mini Asgard y también escalaron el Monte Asgard, el Monte Loki y el Monte Freya, en uno de los territorios más remotos y expuestos del Ártico canadiense.

La preparación comenzó mucho antes de entrar al glaciar. Pachi Ibarra y Celine Jaccard se habían conocido trabajando como guías en la Antártica y desde ahí empezó a tomar forma la idea de viajar al norte canadiense para explorar nuevas líneas. “Primero nos reunimos en Squamish para escalar juntas y afinar aspectos técnicos. Después fuimos a Ottawa para hacer las últimas compras para un mes completo de expedición. Ya en Baffin organizamos el equipo, armamos los trineos, definimos kits de reparación y partimos hacia el glaciar”, recuerda Ibarra.

El acceso al Parque Nacional Baffin Island tampoco fue directo. La cordada avanzó primero por un fiordo y luego recorrió más de 90 kilómetros sobre glaciares cargando todo el equipo necesario para sostener la expedición durante semanas. Ahí es donde la experiencia empieza a cambiar de escala y el desgaste físico se vuelve parte permanente del viaje.

Para Violeta Sepúlveda, los momentos más complejos no estuvieron necesariamente en la pared. “Los días más duros fueron probablemente las jornadas largas caminando por los glaciares. Solo la aproximación al campamento base del Asgard fueron cerca de 85 kilómetros en seis días, cargando el trineo y cruzando muchos pequeños ríos”, recuerda.

El cansancio se fue acumulando con los días. “El último día de la expedición fue especialmente duro porque ya estaba mucho más cansada. Llevar el trineo en bajada puede sonar más fácil, pero no lo es, porque se viene contra las piernas y golpea fuerte. Para mí era la primera vez tirando un trineo y resultó ser mucho más duro de lo que imaginaba”, cuenta entre risas, alejándose del tono épico que muchas veces rodea este tipo de expediciones.

Ahí aparece una parte importante de la identidad del viaje. Más que una narrativa heroica, lo que atraviesa el relato es la experiencia concreta de convivir con el desgaste, el clima y la incertidumbre en un territorio que obliga a adaptarse constantemente.

La Casa de las Diosas

Aunque la escalada era una de las motivaciones centrales de la expedición, la lógica del viaje nunca estuvo puesta solamente en conseguir cumbres. “Lo principal para nosotras era absorber el entorno, escalar juntas, dejarnos sorprender por lo que Baffin tuviera para ofrecernos y explorar terreno sin ascensos previos”, explica el registro de la expedición.

Durante las primeras semanas, la cordada aprovechó las ventanas de buen tiempo para escalar distintas líneas en el Monte Asgard y el Monte Freya. “La verdad es que hay mucho para escalar aquí. Uno va avanzando por el glaciar y alrededor está lleno de paredes de granito, realmente hermoso”, cuenta Pachi Ibarra sobre uno de los aspectos que más marcó la experiencia.

Motivadas por los resultados que habían conseguido hasta entonces, pusieron también la mirada sobre el Monte Loki. “Eso significaba unos 15 o 16 largos de escalada de alta calidad y muy técnica, pero lamentablemente una lluvia inesperada en la pared no nos permitió terminar la ruta”, explica Pachi. El clima, como suele ocurrir en Baffin Island, volvió a alterar los planes.

Fue después de esos intentos frustrados cuando decidieron regresar al Mini Asgard, una formación que ya habían explorado parcialmente durante los primeros días de expedición. Tras esperar durante jornadas enteras dentro de la carpa por mejores condiciones, finalmente lograron abrir la línea que bautizaron como “La Casa de las Diosas”.

La ruta recorre siete largos sobre fisuras, diedros, roca húmeda, techos y secciones expuestas, en una línea sostenida que exigió resistencia física, precisión técnica y mucha confianza dentro de la cordada. Pero para ellas, el significado de esa apertura parece ir más allá del registro deportivo.

Baffin Expedition

“Creo que para nosotras significó aventura, divertirnos en lo desconocido y movernos en un mundo completamente distinto. También fue un desafío deportivo y mental de ir a un lugar donde nadie había estado y usar nuestra propia experiencia para encontrar la ruta”, explica Violeta.

En expediciones de este tipo, la progresión no depende solamente de la capacidad física o técnica. También aparece la intuición. “Me gustó mucho poder usar nuestro instinto para avanzar, sin expectativas más allá de intentarlo y disfrutar el proceso”, sostiene. En un entorno donde las condiciones cambian constantemente y no existe control total sobre lo que ocurre, avanzar también implica aceptar lo incierto.

Explorar sin referencias

Baffin Island ocupa un lugar casi mítico dentro del montañismo y la escalada mundial. Paredes gigantes, glaciares interminables y condiciones extremas han convertido la zona en un territorio asociado históricamente a expediciones masculinas y altamente técnicas. En ese contexto, la presencia de mujeres liderando este tipo de travesías todavía sigue siendo menos frecuente de lo que parece.

Baffin Expedition

 

“Para mí siempre ha sido inspirador ver a otras mujeres haciendo cosas entretenidas en la naturaleza, en cualquier deporte. Personalmente me siento motivada y capaz cuando veo a otras mujeres haciendo cosas que muchas veces pensé que yo no podía hacer”, sostiene Violeta.

Esa experiencia se vuelve todavía más visible en disciplinas como el montañismo. “En un mundo que ha estado dominado por hombres durante muchos años, ver a otras mujeres haciéndolo nos contagia confianza y ganas de salir a explorar con amigas”, reflexiona. El impacto no pasa necesariamente por transformar el deporte de inmediato, sino por ampliar la percepción de quiénes pueden habitar estos espacios.

En ese sentido, la expedición también funciona como representación de una generación que empieza a relacionarse distinto con la montaña. Más horizontal, menos obsesionada con la conquista y más conectada con la experiencia completa del viaje. El registro del proyecto, apoyado por Patagonia, muestra no solo escalada, sino también logística, convivencia, cansancio y exploración cotidiana.

Durante parte de la travesía colaboraron además con un equipo de glaciólogos transportando datos de monitoreo climático a distintos puntos de la isla, en una expedición donde la exploración convivió constantemente con el aislamiento y las condiciones cambiantes del territorio. Incluso, a la salida del glaciar, un encuentro inesperado con un oso polar volvió a recordarles la dimensión salvaje del lugar.

Ese equilibrio entre exigencia y disfrute atraviesa todo el relato. No aparece la necesidad de exagerar la dificultad ni de romantizar el sufrimiento. Lo que queda es algo mucho más cercano a la experiencia real de expedición; avanzar, resolver, cansarse, improvisar y seguir moviéndose.

La primera ascensión del Mini Asgard quedará registrada dentro de la historia de Baffin Island. Pero para ellas, el sentido del viaje parece haber quedado en otro lugar. En la posibilidad de explorar sin referencias claras, confiar en la propia experiencia y construir montaña desde una lógica donde la aventura compartida termina siendo tan importante como la cima.

Felipe Agurto: compitiendo en el límite cuando la ciudad no perdona

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El rider chileno se mueve entre la presión del circuito urbano, la velocidad y una escena que empieza a empujar hacia el estándar global

“La verdad, es primera vez que experimentaba una presión así en Valparaíso. Fue algo muy psicológico de controlar”. Felipe Agurto describe una sensación que no suele aparecer en los tiempos o en las bajadas, pero que define el momento previo a competir. “Me acuerdo estar arriba antes de la final, y por mi cabeza pasaban muchas cosas. Escuchaba a la gente decir ‘Felipe, vas a ganar, este año es tuyo’, y claro, uno está con todo en ese minuto, pero la presión aumenta por tu parte y por la del público. Sin duda, es algo hermoso”, sostiene. Esa mezcla entre expectativa y entorno no es un complemento, es parte de la competencia.

En descenso urbano, ese contexto tiene un peso específico. No es lo mismo competir en silencio que hacerlo con miles de personas siguiendo cada movimiento. “Se vive una vibra impresionante con la gente que se da el tiempo de estar un día completo alentando a los chilenos y a sus riders favoritos. Valparaíso es tremendo y su gente más aún”, explica. La ciudad deja de ser solo escenario y se convierte en un factor activo, donde cada bajada se construye también con esa energía externa.

“Me acuerdo estar arriba antes de la final, y por mi cabeza pasaban muchas cosas… la presión aumenta por tu parte y por la del público”.

“Siempre faltan cosas para estar al tope, pero sin duda nos preocupamos con el equipo cada vez del detalle”. Agurto no se instala en la idea de estar llegando, sino de estar sosteniendo. “Hoy ya estamos en la élite mundial del descenso urbano, y lo importante es mantenerse siendo constante”, sostiene. La diferencia, en su caso, no pasa por alcanzar un nivel, sino por mantenerse en él en un circuito donde el margen de error es mínimo.

El entrenamiento responde a esa lógica de precisión. “Es bastante similar al de montaña porque ambos son descensos, pero la parte física demanda mucho más. Hacemos harta ruta, sprints, gimnasio y, sobre todo, tratamos de simular carrera en la calle, probando curvas y escaleras”, explica. La preparación no se queda en lo general. “Lo que más entreno es el detalle de presiones y configuraciones de la bicicleta. Ahí se marca una diferencia importante cuando compites”, agrega.

La lectura de línea es otro punto donde el urbano se separa del descenso tradicional. “En montaña tienes muchas variaciones de terreno, roca, barro, raíces, seco. La lectura cambia todo el tiempo buscando agarre y la mejor línea”, detalla. En la ciudad, en cambio, esa variabilidad desaparece. “En descenso urbano es pavimento, el grip no cambia de una bajada a otra. Entonces la lectura se basa mucho más en la confianza. Y estamos hablando de velocidades promedio sobre los 40 kilómetros por hora”, sostiene.

“Hoy ya estamos en la élite mundial del descenso urbano, y lo importante es mantenerse siendo constante”.

Esa estabilidad del terreno no simplifica la bajada, la vuelve más exigente. Menos variables externas implican más responsabilidad en la ejecución. Cada decisión depende del rider, sin margen para corregir sobre la marcha. La precisión no es una opción, es una condición.

“Competir en Chile para mí es todo. Desde pequeño soñé con estar en este evento y espero algún día llevarme la corona”. La relación de Agurto con el circuito local no es circunstancial. “Valparaíso tiene algo especial, no es solo la pista, es la gente, el ambiente, lo que se genera alrededor de la carrera”, sostiene. Esa conexión explica también el nivel de presión que describe al inicio.

La evolución como premisa constante 

Su evolución técnica no se explica desde un cambio puntual, sino desde una acumulación constante. “Me gusta mucho ver cómo mejorar posturas, lugares de frenado, el estilo. Es algo que voy trabajando todos los años”, explica. No hay un salto único que marque un antes y un después. “No podría decir cuál ha sido mi mayor evolución técnica, porque siento que es un proceso continuo”, sostiene.

“El downhill latinoamericano está con todo, tenemos muy grandes exponentes tanto en Chile como en otros países”. La lectura regional no se limita a lo propio. “Sin duda se va a dar que hablar en un tiempo más. Viene una generación de riders muy fuerte, y tengo mucha fe en eso”, plantea. Al mismo tiempo, se proyecta dentro de ese desarrollo. “Por mi lado, sigo construyendo y aprendiendo para en el futuro poder guiar a esas generaciones”, agrega.

“Quiero estar en el top de las series de Red Bull Cerro Abajo, ganar carreras y no bajarme del podio”.

“El riesgo siempre va a ser alto. Nos interesa ganar y dar lo mejor”. En el descenso urbano, esa afirmación no funciona como declaración, sino como realidad constante. La velocidad, el entorno y la exposición hacen que cada bajada se mueva en ese límite, donde la ejecución define todo.

Sus objetivos para la temporada no se diluyen en proyección amplia. “Quiero estar en el top de las series de Red Bull Cerro Abajo, ganar carreras y no bajarme del podio”, sostiene. La meta no es solo competir, es mantenerse en la parte alta del circuito.

A mediano plazo, la mirada se amplía sin cambiar el eje. “Me veo compitiendo, consagrado a nivel mundial, haciendo proyectos en torno a la bicicleta y, claro, seguir ganando carreras”, proyecta. No hay giro en el discurso. Hay continuidad.

En un circuito donde el espectáculo es parte del formato, Agurto mantiene el foco en lo esencial. La ciudad exige, la gente empuja y la velocidad no permite margen. En ese cruce, competir sigue siendo lo único que no se negocia.